“Así no se puede aguantar”: el campo aragonés pone voz a la nueva crisis del gasóleo provocada por la guerra
Ganaderos y agricultores relatan en primera persona el impacto del encarecimiento de carburantes y fertilizantes tras el conflicto bélico en Oriente Próximo, que ha convulsionado el mercado energético a nivel mundial

El Periódico de Aragón
La protesta agraria celebrada este viernes en Monzalbarba, a las puertas de la empresa encargada del transporte y el almacenamiento de hidrocarburos (Exolum), ha servido para escenificar el malestar del sector primario, pero también para poner rostro a una crisis que se cuela ya en el día a día de las explotaciones. Tras el estallido del conflicto en Oriente Próximo, impulsado por la cuestionada estrategia exterior del presidente estadounidense Donald Trump, el encarecimiento de la energía ha golpeado con especial dureza a agricultores y ganaderos, que ven cómo sus costes de producción se han disparado de un día para otro mientras sus ingresos permanecen estancados.
El gasóleo agrícola ha experimentado una subida drástica. Desde el inicio del conflicto bélico hace tres semanas, su precio se ha incrementado más de un 50% de medio, pasando de rondar los 90 céntimos por litro antes de los bombardeos sobre Irán a situar entre 145 y 150 céntimos actualmente. Ante esta deriva, el Gobierno de España anunció este viernes que dará una ayuda directa de 20 céntimos de euro por litro para este combustible.
La "puntilla" para un sector en crisis
Juan García, ganadero de 47 años del zaragozano barrio de Miralbueno, lo resume con una mezcla de resignación y preocupación: “Estamos día a día, luchando mientras se pueda o nos dejen”. Con tierras de secano y un rebaño de ovejas que mueve entre Garrapinillos y La Muela, asegura que la situación actual ha cruzado ya una línea crítica. “El gasóleo y los fertilizantes están disparados. No sé cuánto tiempo vamos a poder aguantar porque esto no es asequible ni para agricultores ni para ganaderos”, explica.
En su caso, la guerra ha sido “la puntilla” a un modelo que ya arrastraba problemas estructurales. “Pagamos justos por pecadores”, lamenta. El cereal, denuncia, mantiene precios de hace dos décadas mientras los costes no han dejado de subir: “Gasoil, simientes, mecánicos… está todo por las nubes”. Solo el autoconsumo de forraje le permite resistir por ahora, aunque advierte de que lo poco que necesita comprar “está disparado”. Sobre posibles soluciones, se muestra desalentado. “No sabemos por dónde cogerlo. Hay tantas cosas que habría que arreglar…”, afirma.
Desde Binéfar, Eduardo Castillo, titular de una explotación agrícola de regadío y ganadera, comparte ese sentimiento de hartazgo. Ha acudido a la protesta para denunciar lo que considera una cadena de crisis que siempre acaba golpeando al mismo eslabón. “Venimos de la guerra de Ucrania, que nos ha costado mucho dinero, y ahora tenemos esta otra. Al final, los únicos paganos somos el sector primario y los consumidores”, afirma.
El también portavoz de la plataforma Huesca es Ganadería y Agricultura (HEGA), que se ha sumado a la protesta convocada por UAGA, Asaja, UPA y Araga, describe el momento actual como “dramático y caótico”. Considera que la movilización no es un gesto simbólico, sino una necesidad. “No estamos aquí por gusto, ni mucho menos”, concluye.
Más al sur, en los Monegros, Sergio Aguilar representa a una generación que intenta abrirse camino en un contexto cada vez más incierto. Este joven agricultor y ganadero de Alcubierre trabaja principalmente en secano, donde el margen de error es mínimo. “La rentabilidad ya era bastante justa y esto lo complica aún más”, explica. La subida de carburantes y fertilizantes, ligada a la crisis energética desatada por la guerra en Oriente Medio, le sitúa ante un horizonte difícil: “No sé hasta qué punto podremos aguantar así”.
Tres testimonios, tres realidades distintas, pero un mismo diagnóstico. El campo aragonés se enfrenta a una tormenta que combina factores estructurales y geopolíticos, un fenómeno que amenaza con acelerar un proceso de desgaste que ya venía de lejos. Además de la preocupación por la viabilidad económica de sus explotaciones, los tres comparten la sensación de estar atrapados en decisiones que se toman muy lejos de sus tierras, pero que determinan su futuro inmediato.
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