The Wave 2026 | De irse fuera a volver a Zaragoza con Amazon: la historia de José y Cynthia que explica la ola tecnológica
Sasha Rubel, directiva de IA generativa del gigante estadounidense, pone a la comunidad como ejemplo del impacto positivo de los centros de datos y reivindica en The Wave la “rasmia” aragonesa como modelo europeo ante una inteligencia artificial que avanza más rápido que su regulación

Sasha Rubel, responsable de políticas públicas en IA generativa de AWS en Europa, Oriente Medio y África, en el escenario principal de The Wave. / Josema Molina
José se fue a Estados Unidos. Cynthia probó suerte en Alemania. Ninguno encontró en Zaragoza el ecosistema tecnológico que buscaba. Años después, ambos han vuelto. No por nostalgia, sino por oportunidad. “Cuando le dije a mi madre que regresaba, lloró”, afirmó convencida durante años de que en España solo había futuro tecnológico en Madrid o Barcelona. El despliegue de los centros de datos de Amazon Web Services (AWS) en la comunidad es el que ha hecho posible el retorno de estos profesionales a su tierra de origen.
La historia de esta pareja ha sido relatada desde el escenario central de The Wave por Sasha Rubel, responsable de políticas públicas en IA generativa del gigante tecnológico en Europa, Oriente Medio y África, una de las ponentes más destacadas de la segunda jornada del congreso que se celebra en el Palacio de Congreso de Zaragoza.
La tesis de fondo de su intervención es que Aragón y, en particular Zaragoza, se ha convertido en un laboratorio real de lo que Europa necesita para no quedarse atrás en la carrera de la inteligencia artificial.
La rasmia como ventaja competitiva
Rubel, que dio su conferencia en inglés, arrancó su intervención pidiendo disculpas por su español, pero dejando claro que había aprendido una palabra aragonesa de gran significado: rasmia. Este concepto, explicó, no solo define el carácter de este tierra, sino una forma de afrontar el cambio. Y en plena aceleración de la inteligencia artificial, ese espíritu -dijo- puede marcar la diferencia entre liderar o quedarse atrás.
Europa, explicó, vive un “momento milagroso”. La adopción de la IA ha pasado del 33% de las empresas en 2024 al 54% en 2026. En términos absolutos, eso supone 4,4 millones de compañías incorporando esta tecnología en apenas un año, a un ritmo de una cada siete segundos. Pero el entusiasmo no es solo empresarial. Más del 80% de los ciudadanos europeos ya se acercan a la inteligencia artificial y un 36% la utiliza a diario. “Lo que hoy es avanzado, mañana será normal”, resumió.
Mucha adopción, poca ambición
El problema, advirtió, no es tanto la velocidad como la profundidad. Muchas empresas siguen utilizando la IA como una herramienta puntual -“como tener un móvil y usarlo solo para llamar a tu madre”- en lugar de situarla en el centro de su modelo de negocio.
Ahí es donde aparece una de las principales brechas, la llamada “economía de dos niveles”. Mientras algunas compañías avanzan rápido, especialmente las más ágiles, otras -sobre todo grandes corporaciones- se quedan atrás, atrapadas entre la complejidad regulatoria y la resistencia cultural al cambio.
El resultado es una oportunidad parcialmente desaprovechada. Según los cálculos expuestos por Rubel, la inteligencia artificial podría generar hasta 600.000 millones de euros adicionales en Europa antes de 2030. Pero una parte sustancial de ese potencial —191.000 millones— depende de que las empresas den un salto cualitativo, no solo incremental.
Los tres frenos europeos
La responsable de políticas públicas de AWS identificó tres grandes bloqueos que explican ese desfase. El primero es el talento. El 51% de las empresas reconoce no tener las habilidades necesarias en inteligencia artificial y tarda de media siete meses en cubrir esos perfiles. Un tiempo que, en palabras de Rubel, equivale a “dos años de evolución tecnológica”.
El segundo es la inversión. A pesar del retorno evidente, el 43% de las compañías europeas aún no tiene presupuesto específico para IA. Y el tercero, quizá el más estructural, es la fragmentación regulatoria. “Tenemos un mercado único para el textil, pero no para la inteligencia artificial”, recordó, citando a Mario Draghi. Hasta 27 marcos distintos —más normativas sectoriales— dificultan la escalabilidad. El 41% de las empresas reconoce que esta complejidad frena su crecimiento.
El riesgo de fuga y la lección aragones
Las consecuencias ya son visibles, según Rubel. Cuatro de cada diez empresas europeas se plantean trasladarse fuera del continente en busca de financiación, mercado o claridad regulatoria. Frente a ese riesgo, Rubel puso el foco en Aragón como ejemplo de lo contrario. La llegada de centros de datos y la inversión tecnológica han cambiado el ecosistema hasta el punto de atraer talento de vuelta, como en el caso de José y Cynthia.
No es un caso aislado. Citó también la implantación de centros de excelencia en inteligencia artificial por parte de multinacionales como DXC Technology o el crecimiento notable logrado por firmas locales como Levitec, que multiplicado su negocio y plantilla con el montaje de instalaciones eléctricas de los centros de datos desplegados por AWS en Aragón. “Esto es lo que ocurre cuando sector público, privado y ciudadanos trabajan juntos”, señaló.
Más allá de la inversión, Rubel insistió en que el verdadero cambio es cultural. Solo el 30% de las empresas tiene una estrategia de inteligencia artificial y apenas el 10% cuenta con una política de gobernanza de datos. Adoptar la IA, defendió, no es incorporar una herramienta, sino asumir una nueva forma de pensar, es decir, verla como un “partner creativo” capaz de redefinir procesos, productos y modelos de negocio. “No todo el mundo será programador, pero todo el mundo trabajará con inteligencia artificial”, resumió.
Lejos de los discursos apocalípticos sobre el empleo, la directiva de AWS recurrió a la historia para contextualizar el momento actual. Desde la imprenta hasta la automatización industrial, cada revolución tecnológica ha destruido tareas, pero ha creado nuevas oportunidades. Su ejemplo final fue personal. Su padre, de 96 años, incapaz de manejar internet durante toda su vida, terminó utilizando un chatbot de inteligencia artificial para acceder a servicios públicos. “Si le ponías delante la web, se perdía. Con la IA, no”, explicó. Ahí, concluyó, está la verdadera medida del impacto como es la capacidad de la tecnología para empoderar a las personas.
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