Cuando el ojo de Vox se impone: la ultraderecha le gana el relato al PP en el pacto de Aragón
Tanto en el pacto de Extremadura como en_Aragón, la extrema derecha ha conseguido capitalizar el relato e introducir sus mensajes troncales en unos acuerdos que reflejan a duras penas el reparto de fuerzas que votaron los ciudadanos. La política antiinmigración adquiere un gran peso en una comunidad que necesita población y mano de obra

El líder de Vox en Aragón, Alejandro Nolasco, detrás del presidente en funciones, Jorge Azcón, en su comparecencia para anunciar el pacto, el miércoles. / Jaime Galindo

Hay que reconocerle a la ultraderecha que dirige Santiago Abascal su capacidad para inocular en la sociedad española debates que no existían y que no figuran, ni de lejos, entre las principales preocupaciones de los españoles (y tampoco de los aragoneses). La prohibición del burka o la desregularización administrativa están entre esas medidas. Pero la que se lleva la palma es esa idea de la "prioridad nacional" en la que caben tantas cosas que el mismo sintagma sirve para reconocer en público y sin despeinarse que no se cree en la igualdad de derechos que proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y que esta idea no cambia nada de lo que ya se venía haciendo en la prestación de algunas ayudas sociales en Aragón.
Pero, en el fondo, da igual cómo defienda el Partido Popular una medida que hace solo un año rechazó en el Ayuntamiento de Zaragoza, precisamente en respuesta a una propuesta de Vox. La cuestión es que ya le ha comprado el marco a la extrema derecha, y casi el mensaje. Ahora, todo lo que suponga hablar del tema, desde la óptica que se prefiera, no hará sino engordar a la fiera de la xenofobia y la insolidaridad que, según parece y denuncian organizaciones internacionales y hasta la Iglesia española, subyace de esta nueva medida.
Cuando el debate es quién va primero y no quién lo necesita más, la ultraderecha ha logrado imponer su marco. Como cuando al hablar de delincuencia el debate es quién comete el delito, y no qué delito comete.

Apretón de manos de Azcón y Nolasco, tras firmar el pacto de gobierno. / Jaime Galindo
La "prioridad nacional" supone introducir en la agenda pública y en el debate público un dilema que no existía y que ahonda en la brecha entre los pobres y los más pobres que ellos. Porque el problema, de nuevo, no está –solo– en el origen de los inmigrantes. Está en los inmigrantes pobres que buscan un futuro mejor dentro de nuestras fronteras.
Está por ver, todavía, cómo se concreta negro sobre blanco esa "prioridad nacional" con legislación y medidas concretas del futuro Gobierno de Aragón. Algunos defienden, desde las filas populares, que lo que ha cambiado es la sociedad española y que el PP, que antes renegaba de esta medida, tan solo ha virado con ella. "Ahí están los votos", repiten. Pero el volantazo a la derecha de la formación de Alberto Núñez Feijóo se produjo hace tiempo y, por eso, el PP ha podido llegar hasta aquí y vive ahora entre dos aguas, entre quienes todavía no están atados a los designios de Vox, y quienes no les ha quedado más remedio que tragar con lo que ellos mismos negaban hace apenas unos meses.
La cuestión es que Vox ha ganado la partida del relato al PP en este carrusel electoral que se inventó, precisamente, Génova, y que ha acabado saliéndole muy caro a sus barones. Vox ha capitalizado el relato postelectoral. Lo hicieron en Extremadura y lo han hecho en Aragón. Pocas dudas hay de que lo harán también en Castilla y León.
La ultraderecha ha arrastrado de tal manera al PP que todo el foco mediático y social se queda en sus medidas. La "prioridad nacional", la prohibición del burka, la relajación de la normativa medioambiental, el rechazo frontal a la Agenda 2030, el silencio atronador sobre las medidas para hacer frente a la violencia de género. Cuesta encontrar el sello del PP en un documento que lleva su membrete y que va firmado por su presidente. Es solo reconocible en las políticas de vivienda, el respeto a los centros de datos y una rebaja fiscal en la que no tuvieron que discutir nada con Vox.
No se encuentra en este pacto por Aragón ninguna cuestión sensiblemente aragonesa. No se plantea, claro está, ahondar en las competencias que prevé el Estatuto de Autonomía de Aragón. Ni profundizar en las relaciones bilaterales con el Estado. No ha conseguido el PP arañarle el más mínimo rechazo al trasvase del Ebro a Vox, en una mención a la política hidráulica que solo habla de la ejecución de las obras. El pacto pasa de soslayo por otra de las grandes contradicciones entre ambos partidos: la gestión de las energías renovables. Y no hay ni un solo punto en el que se observe que la formación conservadora ha 'centrado' a la extrema derecha. Quedan por delante ¿cuatro? años en los que el PP sí tendrá la mayoría del Consejo de Gobierno. Quién sabe si así, con el peso de la gestión, logran dirigir el relato y la acción del Ejecutivo aragonés. Eso es, principalmente, lo que votaron los aragoneses el pasado 8 de febrero. A Vox le votaron el 17%.
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