Se fue la luz y aún nadie sabe por qué: un año del apagón que paralizó Aragón
El fallo a gran escala paralizó la actividad económica y social, dejando a millones de ciudadanos sin suministro eléctrico durante horas
Este martes 28 de abril se cumple un año de uno de esos episodios que se quedan grabados en la memoria colectiva. Durante horas, España entera, también Aragón, se apagó. No fue un corte puntual ni un problema localizado: fue un fallo a gran escala, inimaginable hasta entonces, que dejó sin suministro eléctrico a millones de ciudadanos y paralizó la actividad económica y social en cuestión de segundos. 12 meses después, la pregunta sigue en el aire: ¿qué ocurrió exactamente?
Ni el Gobierno ni la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia han logrado ofrecer una explicación completa. Los informes apuntan a un origen multifactorial, como sobretensiones, oscilaciones en la red y desconexión en cadena de centrales, pero sin un relato cerrado ni responsables claros. La única certeza que quedó fue una promesa: no volverá a pasar.
Aquella jornada comenzó poco después de las 12.00 horas. Una subida brusca de tensión desestabilizó el sistema eléctrico y, en cuestión de segundos, la red colapsó. Entre la una y las tres de la tarde, el impacto fue total: trenes detenidos, semáforos apagados, comunicaciones intermitentes y la actividad económica completamente frenada. A partir de las cuatro, la recuperación fue lenta y desigual. No fue hasta bien entrada la madrugada del día 29 cuando el suministro quedó prácticamente restablecido.
En Aragón, el apagón se tradujo en más de seis horas de desconexión, más o menos. Las consecuencias fueron inmediatas y muy visibles. Unas 4.000 personas tuvieron que abandonar sus trenes y continuar el viaje en autobús. El servicio de emergencias 112 recibió cerca de 900 llamadas y se realizaron un centenar de rescates en ascensores, una de las imágenes más repetidas de aquella jornada.
Zaragoza vivió el apagón con escenas poco habituales. Sin tranvía ni semáforos, la ciudad se sostuvo gracias a autobuses y taxis. La luz no volvió de golpe, sino por barrios… e incluso por aceras. En zonas como Gómez Laguna, una acera podía recuperar el suministro mientras la de enfrente seguía completamente a oscuras. El centro recobró antes la normalidad, mientras en otros puntos, ya entrada la noche, los vecinos seguían sin poder usar el ascensor ni encender una bombilla.
Colas en los supermercados
También hubo estampas que recordaron a otros momentos recientes. El reflejo de la pandemia apareció en los supermercados, donde muchos ciudadanos acudieron a hacer acopio de agua, pilas o papel higiénico. Sin electricidad, los datáfonos dejaron de funcionar y el efectivo volvió a mandar. Algunos pequeños comercios optaron por fiar a sus clientes, que regresaron días después para pagar.
La industria aragonesa cifró las pérdidas en torno a 50 millones de euros. La vuelta a la normalidad laboral fue desigual: mientras algunas empresas pudieron retomar la actividad con rapidez, otras tardaron más tiempo en recuperar el ritmo, dependiendo de su dependencia tecnológica o de sus sistemas de producción.
Los colegios suspendieron las clases, aunque permanecieron abiertos para facilitar la conciliación. Los escolares regresaron a las aulas al día siguiente, en una vuelta a la rutina que contrastaba con la incertidumbre de las horas previas.
El sistema sanitario aguantó
Durante aquel día, muchas personas quedaron atrapadas en ascensores o incomunicadas en edificios, en parte por los fallos en redes móviles e internet. Hospitales y servicios esenciales resistieron gracias a generadores, mientras bares, tiendas y oficinas bajaban la persiana o trabajaban a medio gas.
Un año después, el apagón sigue siendo un episodio sin cerrar del todo. Se conocen piezas, pero no el encaje final. Y quizá por eso, más allá de las cifras o los informes técnicos, lo que permanece es la sensación compartida de vulnerabilidad: la de un país entero que, durante unas horas, comprobó lo que significa quedarse completamente a oscuras.
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