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Discriminación

Un sociólogo analiza el aumento de los delitos de odio en Aragón: “Existe un crecimiento de personas que consideran aceptables comportamientos deplorables”

El incremento puede responder a factores como que existe una mayor conciencia y disposición a denunciar y que hay una radicalización de determinados comportamientos

Tres personas miran sus redes sociales.

Tres personas miran sus redes sociales. / Miguel Ángel Gracia

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Zaragoza

Aragón ha alcanzado su cifra más alta de delitos de odio en los últimos años, con el racismo y la xenofobia como pilares de este aumento. Zaragoza, Huesca y Teruel han pasado de registrar 31 infracciones en 2022 a las 55 de 2025, un incremento del 77%. ¿Qué hay detrás de estas cifras? Jaime Minguijón, profesor del Departamento de Psicología y Sociología de la Universidad de Zaragoza, explica que este incremento responde a dos factores. Por un lado, considera que existe una mayor conciencia social y una mayor disposición a denunciar. “La gente está tomando conciencia de que son un delito y las denuncia. No es necesariamente que se hayan incrementado, sino que también hay una mayor conciencia de que determinadas actitudes no se pueden permitir”, precisa.

Sin embargo, advierte de que detrás de las cifras también existe una realidad preocupante. “Es evidente que hay una radicalización y una polarización que está llevando a coger como objeto de escarnio y de odio determinados comportamientos o colectivos, ya sea por la inmigración, la orientación sexual o la raza. Es un síntoma de los tiempos que corren y no son nada positivos”, señala.

Las conclusiones coinciden con las advertencias lanzadas recientemente por el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, quien aseguró que “hemos ido a peor” y alertó de la normalización de discursos xenófobos en el debate público. El ministro llegó a afirmar que la xenofobia se ha convertido en algunos casos en una condición para alcanzar acuerdos políticos y pidió llamar a las cosas por su nombre.

Minguijón considera que los delitos de odio son la fase final de un proceso que comienza mucho antes. “Primero hay discurso y luego comportamiento. El delito es la última consecuencia de una forma de pensar que se va asentando culturalmente”, afirma. En este sentido, señala el papel que han desempeñado las redes sociales a la hora de conectar a personas con ideas similares y reforzar determinados mensajes. “Antes muchos de estos comportamientos eran aislados y quienes los sostenían podían pensar que eran minoría. Ahora encuentran comunidades donde se retroalimentan y donde sienten que pueden expresarse libremente”.

Ejemplo público

El experto también advierte de la responsabilidad que tienen los líderes políticos y los referentes públicos: “Cuando determinados discursos dejan de generar vergüenza social y se percibe que pueden expresarse sin coste alguno, algunas personas se envalentonan. Cuando se abre la puerta, este tipo de comportamientos se extienden muy rápido”.

A su juicio, la respuesta debe ser amplia y sostenida en el tiempo: “Hay que romper la espiral en la que nos encontramos. Existe un crecimiento de personas que consideran aceptables comportamientos que son deplorables y que constituyen la antesala del delito”.

Para ello reclama actuar desde distintos ámbitos, desde la educación hasta los medios de comunicación, pasando por la responsabilidad institucional. “Los responsables políticos deben asumir que mucha gente se fija en lo que hacen y en lo que dicen. El problema tiene una raíz cultural y eso no se cambia de un día para otro. Avanzar hacia una sociedad más tolerante requiere tiempo, pero cuanto más se tarde en actuar, más difícil será reconducir la situación”, concluye.

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