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El calvario de Mónica, colombiana en Zaragoza, hasta conseguir los papeles: "Nos pagaban 3,5 euros la hora, era un robo"

La migrante de 50 años llegó hace cuatro a España junto a su familia, un período en el que ha pasado por todo tipo de penurias, desde los abusos laborales hasta la discriminación y los problemas de salud

Una mujer migrante entra en la Casa de las Culturas de Zaragoza, durante el proceso de regularización extraordinaria, en mayo.

Una mujer migrante entra en la Casa de las Culturas de Zaragoza, durante el proceso de regularización extraordinaria, en mayo. / MIGUEL ÁNGEL GRACIA

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Alberto Arilla

Alberto Arilla

Zaragoza

Mónica (pseudónimo) tiene 50 años. Es colombiana y llegó a España hace cuatro, cuando se vieron obligados a huir del país por las presiones políticas y amenazas a su marido, que era un prestigioso auditor en el país sudamericano. Acabaron en Zaragoza, donde residía una familiar. Desde el principio, su historia refleja a la perfección la dureza de quien tiene que abandonar por obligación su hogar. Solo en Zaragoza, hay más de 13.000 colombianos (más de 3.000 llegaron entre 2024 y 2025), el segundo país con más población extranjera, tras Rumanía. En España, también ha habido un repunte y ya son más de 670.000, también en segunda posición, en este caso después de Marruecos.

El pasado año, el marido de Mónica consiguió los papeles por la vía ordinaria. Para ello tuvo que renunciar al asilo y quedarse sin trabajo durante tres meses, hasta que fue reinsertado en la misma empresa de transporte en la que estaba. Su hijo se fue a vivir con su novia y también puso en regla su situación, pero ella decidió seguir trabajando mientras su esposo conseguía los papeles, para mantener el hogar. Y ahora Mónica y su hija están, gracias al proceso de regularización extraordinaria, en las últimas fases antes de poner su situación al día. Mientras, siguen en asilo político.

Pero para llegar a este punto el camino no ha sido de rosas, provocando un desgaste psicológico y físico que pone los pelos de punta. Al otro lado del teléfono, prefiere no dar su nombre real. Se emociona en varias ocasiones y rompe a llorar, sobre todo recordando sus inicios y las consecuencias que ha tenido, para ella en concreto, a nivel de salud.

Filas en el proceso de regularización de migrantes, en Zaragoza.

Filas en los primeros días del proceso de regularización de migrantes, en Zaragoza. / MIGUEL ÁNGEL GRACIA

El primer obstáculo lo encontraron nada más llegar. "Tardamos casi tres meses en conseguir una cita para pedir el asilo. Luego nos enteramos que las había reservado todas una mafia y las revendía", recuerda. Sin poder trabajar, una vez solventado ese primer y enorme bache fueron acogidos, ya con la tarjeta roja en su mano, en una residencia de una de las fundaciones especializadas.

"Nos trataron muy feo"

En este hogar de acogida, en la acepción más generosa del término, la cosa solo empeoró: "Nos trataron muy feo. Nos discriminaban, nos ponían hora de entrada, la comida era muy mala. A mi hija hasta le negaron la tarjeta del transporte, que en Accem, donde siempre se han portado muy bien con nosotros, nos dijeron que nos correspondía. Y tenía que ir a estudiar". Es en este momento de la charla donde Mónica rompe a llorar por primera vez.

Fueron más de siete meses en la residencia, coincidiendo con el primer trabajo que lograron desde que habían aterrizado, varios meses antes. "Entramos a trabajar en el sector de la limpieza, mi marido como cristalero y yo en varios pisos. Nos pagaban 3,5 euros la hora. Era un robo, y encima, cuando empezamos a ganar dinero, desde la fundación nos presionaban para que abandonásemos la residencia", rememora.

Varios migrantes, en la Casa de las Culturas de Zaragoza durante el proceso.

Varios migrantes, en la Casa de las Culturas de Zaragoza durante el proceso. / MIGUEL ÁNGEL GRACIA

Así, hasta que lograron salir de ese laberinto. "Conseguí empleo en una ETT, con mejor sueldo, y gracias a ese contrato pudimos alquilar un apartamento en Zaragoza, cuando ya nos estábamos planteando irnos. Era una oportunidad tan buena y económica que algunos conocidos nos dijeron que sería una estafa. Por suerte no lo fue. Dios nos abrió una puerta muy grande", explica Mónica.

La salud, enésimo problema

Y, cuando parecía que su futuro se despejaba, llegaron los problemas. Esta vez, de salud. "El pasado verano, cuando mi marido fue a regularizarse, lo hablamos y decidí seguir trabajando, porque teníamos que mantener el hogar", comienza narrando, para después llegar a una de las partes más duras de su historia: "Llevaba dos años encontrándome mal, creo que influyó todo lo que habíamos pasado. Cuando mi marido se reinsertó en el trabajo, fui al médico y me detectaron un cáncer".

Fue entonces cuando tuvo que dejar de trabajar para centrarse en su recuperación. Hace unas semanas, cuando se abrió el proceso de regularización extraordinaria de inmigrantes, Mónica vio por fin una luz al final del túnel. Comenzó los trámites junto a su hija. Pese a que sigue en fase de recuperación del cáncer que aún sufre, admite que "quería trabajar".

Desde la semana pasada, tiene un empleo a media jornada que le sirve para reincorporarse al día a día laboral. Lo hace con más certidumbre, a punto de obtener los papeles. La historia de Mónica es, en esencia, la de la inmigración en España. También de la que en algún momento lleva aparejado el apellido irregular.

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