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Adiós al característico chalé de fachada roja en el barrio de Montemolín en Zaragoza

La demolición del chalé de la calle Miguel Servet, abandonado durante años, desbloquea la urbanización de una pastilla de suelo en el distrito de San José

El mítico chalé de Montemolín, en Zaragoza, ya ha empezado a ser derribado

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M. C. L.

Zaragoza

Los vecinos del barrio de Montemolín se despiden estos días de uno de sus edificios más característicos. Una empresa de demoliciones se encarga estos días de echar abajo el conocido como chalé de la calle Miguel Servet, 141, un inmueble que llevaba varios años abandonado y que dejará paso a la urbanización de una pastilla de suelo en la que, presumiblemente, se levantará un bloque de pisos como parte desarrollo del distrito de San José.

La vivienda unifamiliar fue construida en el año 1951, justo antes de que se hicieran las casas de detrás de la fábrica de Giesa. De hecho, la fabricante de ascensores había comprado los terrenos adyacentes y los vendió progresivamente a otras compañías de ilustres familias zaragozanas, como los Blanchard (la primera factoría de Celulosa Fabril (CEFA) estuvo cerca de este inmueble, así como la vaquería de los Quílez.

“Este chalé fue adquirido por un albañil reconvertido en constructor, Pedro Domingo Muñío, que hizo fortuna con la expansión inmobiliaria en la Zaragoza de la posguerra y el inicio de las políticas desarrollistas”, explica el José Ignacio Sauca, vicepresidente de la Asociación de Vecinos Larrinaga-Montemolín e historiador.

Para Sauca, aunque el edificio “no es patrimonialmente interesante”, sí contaba con un “interés afectivo” por parte del histórico barrio zaragozano, cuyos vecinos crecieron en las calles donde se miraba ese unifamiliar donde unos privilegiados se bañaban al sol. “Todo el mundo lo conocía como el chalé porque tenía una piscina, sus palmeras y tenía un gran jardín que casi llegaba hasta lo que ahora es la calle Paulino Sabirón. Para la época era realmente un chalé. En aquel momento estaba a las afueras de Zaragoza, cerca del palacio de Larrinaga, y hasta que no se hizo la finca de Torreluna era casi la única vivienda en la zona”, señala Sauca, que hace referencia a que la casa también servía como oficina de la empresa inmobiliaria que dirigía Muñío, que promovió bloques de viviendas como los de la plaza Utrillas.

La familia del constructor continuó utilizando la casa hasta principios de siglo, y en algún momento de aquellos años terminó por vender el inmueble a Ebrosa, que lo tuvo en cartera durante años. Ahora, la urbanización del área de intervención por parte del Ayuntamiento de Zaragoza ha desbloqueado la demolición de este inmueble que, pese a su valor sentimental, dejará paso al crecimiento de la oferta residencial en Zaragoza. En las parcelas que lindan con el edificio en demolición hay varias parcelas que pertenecen a la inmobiliaria Wilcox, que también proyecta sus propios desarrollos en la zona.

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