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EL FENÓMENO ASTRONÓMICO

El día en que la búsqueda de un planeta durante el eclipse abrió la senda al Moncayo

Un libro sobre la observación del eclipse en 1860 en Tarazona documenta los preparativos de Eduardo Novella y su equipo para colaborar con Le Verrier y Foucalt en el estudio del firmamento. La senda a la cumbre fue abierta con este fin

La cumbre del Moncayo, en julio de este año.

La cumbre del Moncayo, en julio de este año. / M. C. L.

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Zaragoza

Ataviados con las mejores ropas del París decimonónico y la última tecnología astronómica, un grupo de científicos europeos liderado por el descubridor de Neptuno, el afamado matemático Urbain Le Verrier, acompañado por otros gigantes como Léon Foucalt, partió de la capital del mundo rumbo a las faldas del Moncayo. En la cumbre del monte de las ánimas, una expedición de primerísimo nivel buscaba el lugar idóneo para observar el eclipse total de sol del 18 de julio de 1860, un evento que revolucionó los entonces paupérrimos pueblos del somontano.

Ante la noticia de que la delegación parisina había elegido la montaña zaragozana para estudiar el fenómeno, el Observatorio de Madrid encomendó a Eduardo Novella, un astrónomo español que después fue rector de la Universidad de Zaragoza, realizar los preparativos necesarios para la misión científica. Hasta allí se fue Novella, que decidió ascender a la cumbre, donde comprobó las excelentes condiciones de visibilidad que ofrecía, a pesar de estar expuesto a las inclemencias meteorológicas. Aunque recomendó cambiar el lugar elegido, Le Verrier insistió, así que el científico español se puso manos a la obra y, junto a un sargento de ingenieros y dos soldados de artillería, comenzó a reclutar a las gentes de los pueblos para abrir una senda que conectara el santuario de la Virgen del Moncayo (ubicado a 1.620 metros de altura) con el pico San Miguel (a 2.315 metros), a quienes también se les mandó construir una caseta de piedra seca con un techo de madera en la cima que sirviera como almacén de los equipos para estudiar el firmamento.

"Por los agradecimientos que después hizo Novella, deducimos que los trabajos los llevaron a cabo vecinos de Litago, Litüénigo, San Martín de la Virgen del Moncayo y Tarazona. Fue un trabajo muy manual, quitando y poniendo piedras, que dio lugar a la senda que hoy se utiliza para la ascensión", explica Miguel Ángel Santa Cecilia, autor de 'Bajo el sol eclipsado', una reciente publicación sobre aquellos días en los que el Moncayo se convirtió en el centro mundial de la observación astronómica.

La cumbre del Moncayo, en julio de este año.

La cumbre del Moncayo, en julio de este año. / M. C. L.

"La delegación, formada por franceses, un egipcio, un alemán y un suizo, viajaba en tren hasta Bayona, donde tomaron una diligencia hasta Tudela que después los llevó hasta Tarazona. Allí subieron sus equipos a unas mulas y llegaron al santuario, donde les esperaba Novella. Fue la colisión de dos mundos culturalmente opuestos. Imagínate a los pastores viendo llegar a esos tipos vestidos de maravilla, cargados de un telescopio que medía 3,80 metros", relata Santa Cecilia, subrayando la "miseria" que en aquel momento se vivía en aquellos pueblos. "Hasta la desamortización de Mendizábal, las gentes habían estado sometidas al Antiguo Régimen, personada en el abad del Monasterio de Veruela. De repente se encontraron con científicos de la capital del mundo que les contaban que unos días después se iba a hacer de noche a las tres de la tarde. Es normal que creyeran que era magia en vez de ciencia", destaca el autor turiasonense.

Todo estaba preparado para el gran momento, pero una fuerte tormenta dos días antes del eclipse echó por tierra los planes de los científicos. La caseta quedó destrozada y la humedad provocó que el 18 de julio amaneciera con una niebla espesa, por lo que la expedición tomó la decisión de dividirse en dos equipos: unos se quedarían en el santuario con los equipos más pesados y otro, comandado por Le Verrier, Foucalt y Novella, buscaría un terreno elevado en el valle para ver el sol. Lo encontraron en Tarazona, en un paraje detrás del cementerio municipal conocido como La Luesa.

"Le Verrier tenía un gran interés en el eclipse porque buscaba un hipotético planeta entre Mercurio y el sol. Había descubierto Neptuno por unas distorsiones en la órbita de Urano que él atribuyó a la existencia de un cuerpo. Creía en la misma teoría para Vulcano, pero no podía observarlo sin un eclipse por el deslumbramiento del sol", apunta Santa Cecilia.

La observación fue un éxito para ambos equipos, que lograron visualizar la interposición de la luna entre el sol y La Tierra, aunque Le Verrier no pudo certificar la existencia de Vulcano. Varias décadas después se desestimó la existencia del citado planeta gracias a la teoría de la relatividad de Einstein, que justificaba las aberraciones de la órbita.

Mientras los investigadores estudiaban el firmamento, los campesinos tenían su propio objeto de estudio. "Los científicos recogieron en sus diarios que ellos mismos y sus equipos les causaron más interés que el eclipse, a excepción de una señora que, al ver cómo se oscurecía el cielo, se puso a rezar a la virgen del santuario y no se levantó hasta que la luz se hizo de nuevo", cuenta el autor turiasonense sobre aquellos días de verano en la que dos mundos colisionaron en las faldas del Moncayo.

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