Los vecinos realojados en Jaca por el incendio de La Peña: "Dejamos la comida en la mesa y salimos. Solo queremos volver"
El pabellón Monte Oroel recibe a los evacuados con una cooperación ya ensayada en múltiples incendios

Una voluntaria de Cruz Roja, en el pabellón habilitado en Jaca para acoger a los vecinos desplazados. / Miguel Ángel Gracia

Con máxima discreción para preservar la intimidad y garantizar la calma de las decenas de personas evacuadas de ocho núcleos afectados por el incendio de Las Peñas de Riglos, los medios de comunicación no podían acceder al pabellón Monte Oroel de Jaca, que se convirtió en una casa improvisada para quienes no pudieron alojarse con familiares o amigos de la zona. Pero unos y otros salían y entraban del recinto, mirando al cielo pidiendo lluvia, y buscando información con una pregunta clavada en la garganta. “¿Cuándo volveremos a casa?”
Ramón mira también al cielo, sentado en un banco a la puerta del pabellón y apoyado en su bastón. A su lado, su esposa, Patrocinio, que cumple 89 años este año. “No os preocupéis que no lloverá. Si tuviéramos que segar, seguro que se caía el cielo a pedazos: siempre va todo al revés”, sentenciaba. Son dos de los evacuados de mayor edad. Vecinos de Bailo, el último pueblo evacuado este martes, asumían con resignación que tenían que pasar la noche fuera de casa. “Yo me hubiera quedado, cerrando las ventanas y la puerta a cal y canto, pero nos han pedido salir y aquí estaremos”, resumía ella.
La mayoría de los realojados en Jaca, con edades comprendidas entre los 30 y 75 años, sin apenas niños afectados, coincidía en que el trato había sido muy bueno, pero preocupaba tanto el origen de las llamas, como cuándo podrán regresar a sus hogares.

Miguel Ángel Gracia
Todos cooperaron para salir de sus casas. Cuando las llamas o el humo tocan a la puerta, sirve de muy poco discutir. Lo resumía con franqueza Vicente Zamora, vecino desalojado de Ena y concejal en el ayuntamiento. Él pasó la noche en el pabellón de Jaca después de momentos de “angustia” viviendo como las llamas se acercaban a sus casas. “Primero nos dijeron que nos podíamos quedar 4 o 5 personas en el pueblo y luego nos pidieron desalojar a todos. Te da mucha impotencia, pero es una cabezonada querer quedarte cuando los que saben te piden que te vayas. Nosotros no vamos a apagar el fuego” reflexionaba el concejal, que reconoció que en su pueblo no se temía por explotaciones ganaderas ni agrícolas ni por negocios. “Hay huertas, algunas hectáreas cultivadas, pero no hay granjas y nos han dicho que no ha llegado el fuego al pueblo”, comentaba aliviado.
Rosario Castán, vecina del mismo pueblo, llegó al pabellón de Jaca con su perro Canelo. “Él es uno más de la familia y salió el primero, él va siempre por delante”, contó, con los ojos emocionados y el miedo todavía en el cuerpo. “Te vas y no sabes qué va a pasar con tu pueblo, y el susto aún no se nos pasa”, lamentó.
Montse Vicente, vecina de Salinas de Jaca, se quedó impactada por la rapidez con la que se vivió todo. “Dejamos la comida en la mesa y nos fuimos. Era un fuego muy rápido y cambiante, tan pronto se veían las llamas en la cresta de la montaña, al lado del pueblo, como no, y luego volvían otra vez”, explicó.
Para Montse, más allá del trastorno y la incertidumbre por qué pasará en su pueblo, pesaba el “enfado” por el origen del incendio. “Eso nos tiene preocupados y enfadados, muy enfadados, que las llamas empezaran en la zona de las obras de la carretera”, comentó con disgusto. “Ya están viendo lo que pasa por tener los montes así, espero que tomen nota de lo que está pasando y cambien las cosas”, pedía, tras pasar la noche en casa de una amiga y llegar al pabellón de desalojados esta mañana.
El abrazo de los niños
Después del dolor de dejar sus casas, casi cualquier gesto suma para quitarle hierro y pesar a unas jornadas escritas en color negro. Los niños de Jaca que participaban en las colonias de verano en el colegio Monte Oroel, que colinda con las instalaciones para los realojados, sacaron los rotuladores y sus mejores sonrisas y pintaron cartulinas con los mensajes más cariñosos que podían surgir de una tragedia natural como la de Las Peñas de Riglos. “¡Mucho ánimo!” o “Venid a jugar con nosotros” eran algunos de los mensajes que le ablandaron el corazón a más de uno.

Niños en Jaca reciben con carteles de apoyo a los vecinos desalojados en los pueblos cercanos. / Miguel Ángel Gracia
Y a ese gesto de cariño se sumaron las muestras de solidaridad durante toda la jornada. Voluntarios que se acercaban al pabellón ofreciendo sus manos para ayudar. Cruz Roja reunió a tres equipos de diez personas cada uno para cubrir la mañana, la tarde y la noche y dar servicio y asistencia a todo el que llegara. Y, además, los teléfonos no dejaban de sonar.
“La gente nos han ofrecido hasta sus propias casas para alojar a los evacuados si hace falta”, explica una de las voluntarias de Cruz Roja, Lidia, que mostraba su agradecimiento pero recordaba que hay recursos públicos suficientes para atender la situación actual. También restaurantes y bares de Jaca y otras localidades ofrecieron sus servicios. Y todo sigue dispuesto para ayudar el tiempo que haga falta. “El fuego nos marca el paso. Estaremos aquí mientras sea necesario”, decían los voluntarios.
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