VERANO NEGRO EN LA COMUNIDAD
El 'retén' de Santa Cilia, listo para servir: "Ese fuego es el infierno que viene hacia nuestro pueblo"
EL PERIÓDICO acompaña a los vecinos durante la orden de confinamiento mientras una brigada de voluntarios desbroza y limpia el entorno de la carretera N-240
En imágenes | Los vecinos de Santa Cilia haciendo frente al incendio de La Peña / Miguel Ángel Gracia
David Baraza y Manuel Jiménez observan desde la carretera "la forma del infierno llegando al pueblo". "Es horroroso. Nos podemos poner a limpiar y a desbrozar, que es lo que llevamos haciendo cuatro días, pero ahora no hay forma de pararlo. Yo no me esperaba que saltara esa ladera detrás de lo que llamamos el monte Cuculo, pero se la ha comido en una mañana", dice uno de los dos jóvenes vecinos de Santa Cilia de Jaca, uno de los pueblos amenazados por el incendio originado a principios de esta semana en Las Peñas de Riglos.
Los móviles de todo el pueblo acaban de romper a pitar con un nuevo aviso de confinamiento por el denso humo que emite uno de los flancos del incendio. Andrés, un joven concejal, reúne a los vecinos en la calzada de la nacional N-240 que atraviesa el municipio. "Lo mejor ahora es tener preparada la maleta y estar listos por si dan la orden de evacuar. Nos dicen que puede haber voluntarios con tractores y cubas de agua, pero el resto, mejor, a casa", expresa ante medio centenar de vecinos, todos ellos voluntarios, que llevan días labrando y desbrozando el entorno de la carretera para cortar una potencial llegada de las llamas.
El cabo primero Sigüenza, del BIEM I de la Unidad MIlitar de Emergencias, llega unos minutos después. "Estamos todos tranquilos. Nos metemos en casa, cerramos persianas y apagamos el gas y el aire acondicionado. Encedendemos los aspersores y quitamos de los jardines cualquier objeto que pueda servir como combustible, desde toldos a sillas. Vamos a esperar a que pase el impacto, pero esto está superprotegido, así que tranquilos", les dice el militar a tres vecinas, junto a la piscina municipal.

Una vecina de Santa Cilia, este viernes. / Miguel Ángel Gracia
Allá que se van obedientes los vecinos, que empiezan a retirar las mallas de las rejas, las sombrillas o las sillas mientras refrescan sus propiedades con mangueras o aspersores. Mar Avilés, junto a dos vecinos, va casa por casa en la urbanización que queda a los pies de la carretera. "Tengo las llaves de varias de las familias vascas y hemos podido quitar todo lo que puede arder. El césped artificial no nos va dar tiempo, pero es ignífugo", señala, mientras uno de los pastores del pueblo saca su rebaño de ovejas de una nave y las conduce hacia el norte atravesando el pueblo.
"Aquí el retén de Santa Cilia", bromea Jesús Alemán, carpintero de profesión, cuando la reunión se disuelve para dejar paso a un enorme convoy de camiones de bomberos, tractores con cubas de agua y retroexcavadoras que suben hacia el monte. "Quiero que se valore lo que están haciendo los voluntarios, sobre todos los tractoristas. A las 2.30 de la madrugada estaban hoy limpiando todos los campos para que el fuego no se acercara al pueblo", destaca. El humo generado por los fuegos técnicos (creados por el operativo para quitarle combustible al incendio) se confunde con el del incendio. Pero las lenguas de fuego saltan por las laderas y las gentes de Santa Cilia se echan las manos a la cabeza.

Un vecino vigila inquieto a su rebaño de ovejas. / Miguel Ángel Gracia
Adrián Graña llegó hace unos años desde su Galicia natal para emprender una nueva vida en el Prepirineo aragonés. "Nadie quiere dejar su casa así, de cualquier manera. Mi mujer lleva con las maletas preparadadas desde ayer. Si tenemos que salir, nos iremos a un piso de Jaca que nos han dejado unos amigos. Pero hasta que no podamos más aquí nos quedaremos. Han venido muchos tractoristas, que son amigos de la cuadrilla de cazadores. Puede que haya más de 150 voluntarios en esta zona", dice Graña.
Una patrulla de la Guardia Civil empieza a ordenar a los vecinos que se metan en sus casas. Durante un momento, caen unas gotas. "¡Llueve por fin!", dice una mujer. Pero lo que llueven son unas gotas negras mezcladas con ceniza, una falsa esperanza ante la necesidad de lluvia.
Lluvia de cenizas
El fuego se ha puesto demasiado fiero y los profesionales recomiendan a los voluntarios, menos equipados, que se pongan a resguardo en la localidad. Con la paleta vuelve, por ejemplo, Chema Alcaire, teniente de alcalde de Santa Cilia, pueblo al que llegó hace 25 años para trabajar como bombero forestal, profesión que dejó tiempo después.
"Necesitamos que llueva. En Sabiñánigo está cayendo un chaparrón, pero lo necesitamos aquí" explica el responsable municipal, mientras dos jóvenes se prestan raudos para echar una mano "en lo que se pueda". Alcaire lo agradece, como a tantos otros voluntarios, mientras les explica que arriba han labrado todo lo que podían, pero que los cambios de viento lo hacen dar vueltas incontrolables. "Tengo esperanza de que el fuego no llegue al pueblo, y creo que no lo hará, pero también pensábamos que no cogería la ladera que ahora se está quemando", señala.
Los vecinos de Santa Cilia se meten poco a poco en sus casas mientras las lenguas de fuego centellean entre el humo, no muy lejos del casco urbano. El humo acompaña las cenizas, que tiñen de gris las lunas de los coches y la piel de los jacetanos, mientras el viento coge fuerza y cambia de dirección. Ese viento que, con cada volantazo, pone un clavo en el ataúd de las sierras donde nació Aragón.
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