Los voluntarios "se dejan la vida" en el entorno de la Peña Oroel: "No paramos de hacer cortafuegos para contener el avance de las llamas"
Cientos de vecinos del entorno de Jaca pasan todo este domingo protegiendo las localidades vecinas y desarrollando el operativo para evitar que el incendio avance hacia los núcleos de población

Un grupo de voluntarios en Jaca recoge datos para organizar el operativo. / Rubén Ruiz
Son más de trescientos. Casi cien con desbrozadoras o motosierras, muchos más con guantes y tijeras de podar. Lejos de Jaca, centro del operativo voluntario que "se deja la piel y la vida" por defender a tantas localidades del fuego nacido en Las Peñas de Riglos, hay otras tantas decenas trabajando en municipios más pequeños, "con cortafuegos para que las llamas no lleguen hasta los pueblos". Hay cansancio, pues muchos llevan varios días sin parar en la naturaleza, y hay rectitud: cumplen las órdenes y elaboran las tareas que marcan los mandos del operativo. Todos miran al cielo esperando la lluvia que llega a primera hora de la tarde y una ligera bajada de temperatura que ellos, y el monte, agradecen.
Desde primera hora de la mañana, el aparcamiento del colegio Escolapios de Jaca se ha convertido en una suerte de plataforma logística. Llegan coches cargados de gente, de herramientas y de utensilios necesarios para enfrentar al monte. Llegan furgonetas con comida, "bocadillos o platos de pasta, para coger energía", y otras tantas con botellas "aún frías" de agua para remojar las gargantas de los voluntarios. Son las 11.00 horas del domingo y muchos se juntan en los coches. "Hay que llenar los vehículos, para que haya pocos en la zona de trabajo", recuerda Lucía Guillén, concejal en el Ayuntamiento de Jaca y trasmisora de órdenes a los voluntarios. Insiste en que manda lo que le piden desde el Puesto de Mando Avanzado los altos cargos de los servicios de emergencia.
Antes del mediodía, contabilizan los voluntarios que se dedican a preparar maleteros cargados de avituallamiento, "casi 100 habrán salido con motosierras". "Apunta lo de las motosierras", concreta Javier, porque sin herramientas de calibre han ido "muchos más, con tijeras o guantes, para arrancar hierbas y seguir apoyando". Lo cuenta apoyado en el morro de un coche que desde hace horas es mesa de oficina: sobre él, una decena de folios con cientos de nombres, apellidos, DNIs y números de teléfono. Llegan más voluntarios: "¿Es aquí, verdad?". Suenan sus teléfonos: "Te metemos en el grupo de WhatsApp y desde ahí vamos organizando, en función de si tienes herramienta o de lo que necesitan en cada lugar".
Dejan algunas bandejas de pasta, algunos bocadillos y bastante agua para estos encargados de la logística. Justo aparecen Fermín y Marta, una pareja que ha estado por la mañana en la zona de Guasa. Sus brazos están llenos de arañazos y cortes provocados por las hierbas. Ella pide unos guantes nuevos, que le ceden desde una caja: "La mano derecha se me ha roto por completo, la izquierda aún aguanta". Él detalla que han dejado parte de lo desbrozado en Guasa en el centro de un campo, lejos de cualquier riesgo: "Os aviso para cuando pueda el camión de Jaca que vaya a quitarlo, porque el pastor me ha dejado ponerlo ahí, pero que no se lo dejara para siempre". Una carcajada en medio del cansancio.
"No paramos de hacer cortafuegos para contener el avance de las llamas"
Fermín y Marta aprovechan la pausa para comer una ensalada de pasta. Sentados en un bordillo, cuentan lo que llevan haciendo "desde hace un par de días" sin apenas descanso. "Estamos haciendo fuegos para perimetrar los pueblos y contener el avance de las llamas", resumen los dos, mientras recuentan el número de municipios en los que han estado: "Santa Cilia, Santa Cruz de la Serós, Atarés y luego al monte Oroel, pero tuvimos que volver a Ulle. Pasamos antes por aquí, para reorganizarnos".
Fermín cuenta que "el fuego no dejaba de cambiar", lo que les obligó a reorganizar sus tareas y "volver a otros pueblos, hacer cortafuegos y seguir arando campos para proteger esas casas". Reconoce que "hay que poner un poco de conocimiento", porque cuando se entra en acción no hay final. "Acabamos tirando estos chopos", bromea sobre los árboles del aparcamiento, por lo que admite que siempre viene bien "parar y coordinar".

Fermín y Marta, dos voluntarios en la zoña de Peña Oroel, en un breve descanso en el aparcamiento de Escolapios de Jaca. / Rubén Ruiz
Sobre Oroel, la joya natural que concentra tantos esfuerzos, dice que "se trabajaba cerca del fuego, lo tenías al lado". Pero que la lluvia, la deseada lluvia, actuó diez minutos y "lo frenó un poco". También, a fuerza de pasadas de helicóptero y avioneta, "se ha conseguido parar, pero por la noche se veían las llamaradas".
¿Hasta cuándo este esfuerzo?: "Este lunes empezábamos vacaciones, pero no nos vamos a ir ni dejar la casa estando así. Estaremos hasta que haga falta".
"Crear una línea de defensa"
En Navasa no cesa la actividad. Decenas de voluntarios de este y pueblos vecinos trabajan sin descanso, y mientras algunos hacen talas para evitar que las copas de los árboles contacten unas con otras y el fuego se propague, otros cargan en los tractores la maleza antes desbrozada.

Momento para el descanso entre los voluntarios de Navasa, este domingo. / Rubén Ruiz
“Nuestro objetivo es crear una línea de defensa que nos pueda proteger”, explica una vecina de Navasa que está coordinando los trabajos y a los voluntarios. Según indica, Navasa tiene “tres caras dentro del monte” y “no hay campos para labrar como en otros pueblos porque está dentro del monte”. De ahí que ahora centren esfuerzos en realizar cortafuegos.
Son tareas de prevención que realizan entre los voluntarios para los que los vecinos de Navasa solo tienen palabras de agradecimiento. “No tenemos palabras, es impresionante”, expresa esta vecina
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