VERANO NEGRO EN ARAGÓN
Bitácora de una mañana de voluntariado para proteger Navasa del fuego: la fuerza del trabajo vecinal
EL PERIÓDICO comparte en primera persona cómo centenares de personas ayudan a hacer cortafuegos ante la amenaza de que el incendio de Las Peñas de Riglos se extienda todavía más

Voluntarios en Navasa, el sábado 15 de agosto. / Pablo Ibáñez
Se siente impotencia cuando el fuego corre entre montes y quita vida verde a lo que es tu refugio. Es una sensación compartida que sufren de primera mano los profesionales que combaten las llamas y que se extiende a los que estamos familiarizados con el territorio. Por eso, cientos de vecinos de La Jacetania y la Hoya de Huesca y otros tantos forasteros nos hemos puesto a disposición de quienes reclamaran ayuda para proteger el entorno de la Peña Oroel de una posible llegada del incendio de Las Peñas de Riglos, que después de haber calcinado 17.500 hectáreas infunde el miedo en pueblos como Ulle, Navasa, Barós o Binué, además de en el corazón natural de Jaca. EL PERIÓDICO comparte la bitácora de una mañana haciendo cortafuegos en la que fue fundamental la colaboración de todos.
El día empieza en Jaca. En el párquin del colegio Escolapios está Lucía Guillén, concejal en el Ayuntamiento de Jaca. Desde las 9.00 horas del domingo recoge los datos de todos los voluntarios. Necesita un nombre y el material que lleva cada persona, que va desde desbrozadoras y/o batefuegos hasta guantes de trabajo. Sonríe para confirmar que con ellos también podemos ayudar. En el grupo somos cinco y solo uno lleva motosierra, condiciones que esa mañana de domingo nos hacen más útiles en Navasa que en Ulle o Binué. Los pueblos han trasladado a esta coordinadora qué necesitan.
Así, mientras otros cooperantes se acercan a Lucía para explicarle cuántos son y agruparse en coches o furgonetas -el objetivo es que vaya el menor número de vehículos posibles para favorecer los trabajos-, el "convoy" del que formo parte se dirige a Navasa. Allí abunda la gratitud. El primero en recibir es un hombre mayor que con su chaleco amarillo y el cartel de "voluntario" indica dónde aparcar. Con la misma vestimenta nos reciben después otras tantas mujeres, que anotan nombres y dirigen a los grupos a una de las cinco zonas en las que han sectorizado el pueblo.

Pablo Ibáñez
Guantes puestos y pantalón largo, el terreno me recibe lleno de zarzas y árboles que duele echar abajo pero que se deciden talar porque su proximidad a las viviendas podrían hacer llegar el fuego el núcleo urbano si la situación empeora. Los chalecos amarillos ejercen de figuras coordinadoras, pero las decisiones las tomamos hablando unos con otros: esto de aquí sí, esto de allá no, esto mejor aquí, esto mejor allá. Pasadas las dos primeras horas de la mañana, el ruido de los tractores es ya familiar y me he hecho con un rastrillo -allí todo es de todos- que me sirve de aliado.
Hablando nos vamos entendiendo para escuchar a quienes más conocen el pueblo. De ellos solo recibimos -yo y todos los demás- palabras de agradecimiento desde primera hora de la mañana. Sobre las 11.30 horas nos llaman la atención: han preparado almuerzo en el bar, es una parada imprescindible. Aviso a quien tengo al lado, que poda y poda y poda para que yo desbroce. "Pues si hay que almorzar, se almuerza", me dice. Y así nos reciben, con gazpacho casero, con bocadillos, con fruta, con agua fría, con un qué tal.
Pasan veinte minutos hasta que vuelvo a trabajar, después de un momento de dudas porque también han pedido ayuda en el puerto de Oroel. Esta otra mitad de mañana la dedico a cargar en las palas de los tractores los troncos cortados, la broza y maleza. Son decenas y decenas de personas las que ayudan en esos trabajos, muchos de ellos de la zona y otros de esta u otras comunidades vecinas.
La mañana termina con trabajos bajo un sol intenso y los primeros síntomas del cansancio empiezan a aparecer. Pero hay muchos que llevan así días y acumulan horas de arduas labores. Nadie se queja, solo preguntan: ¿última actualización del incendio? Parece que la impotencia se hace más llevadera si se actúa juntos. De vuelta a casa me explican lo que es auzolan, una práctica del País Vasco y Navarra que se entiende como trabajo vecinal, ese que a veces solo sale a relucir si amenaza la tragedia. Y mientras pienso en lo vivido, otros siguen trabajando en los pueblos y montes. En ellos, y en los cientos de profesionales que combaten el fuego, está el valor.
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