El alcalde de Alastuey, sobre el incendio de Las Peñas de Riglos: "Las decisiones se toman en Bruselas, Madrid o Zaragoza y no saben ni dónde estamos"
Enrique Lloro, que ha permanecido en el pueblo todos los días, asegura que el fuego ha sido “muy gordo” y “no hay familia que pueda sostenerlo”

Enrique Lloro, alcalde de Alastuey, en su pueblo. / Pablo Ibáñez
En Alastuey se escucha el silencio. Se escucha el silencio y se ve la ceniza. El incendio de las Peñas de Riglos ha quemado el monte que lo envuelve y deja unas vistas “tristes” y “desoladoras” en los pocos vecinos que han vuelto al pueblo, hasta este miércoles evacuado por el fuego. Le duelen a Enrique Lloro, que como alcalde se negó a abandonar su tierra y critica la gestión: “Se decide desde Bruselas, desde Madrid, desde Zaragoza, y algunos no saben ni dónde estamos. Somos los de aquí los que tenemos que estar al pie del cañón”.
Enrique ha permanecido en Alastuey desde que se declarara el fuego el pasado lunes 10 de agosto. “He estado noches sin echarme a la cama”, cuenta. También otros vecinos se quedaron para ayudar a combatir el fuego desde el pueblo, al que también acudieron poblaciones vecinas y cientos de profesionales. Para todos ellos tiene palabras de agradecimiento porque, asegura, juntos han hecho “mucha labor”. “Hemos labrado, y ha habido colaboración de todos. En estos casos es cuando la gente se une”, sostiene.
El alcalde de Alastuey explica que el de las Peñas de Riglos ha sido “un fuego muy descontrolado” y a él hay puntos de la gestión que no le han gustado. Enrique se asoma a una barandilla que permite vislumbrar una casa a las afueras del pueblo. Está en lo alto, entre monte y monte quemado, y aislada. “A esa le fue por los pelos. Tenía árboles y los cortaron, porque el fuego la rodeaba”, relata. En ese momento estaba vacía y logró salvarse. No lo hicieron las laderas que la rodean, ahora espolvoreadas de ceniza.
El incendio también cercó una pardina situada en la carretera que une Santa Cilia con Alastuey. Cuenta con dos casas, de las cuales una está derruida y la otra en buen estado. Los jardines de ambas, sobre todo de la primera, son de color negro. También el paisaje que los rodea, que desprende un fuerte olor a quemado, sello del que es ya el peor incendio de la historia de Aragón.
Rampa abajo, Enrique señala otro punto. “El fuego estaba controlado en otras zonas, pero iba a subir por ese campo al día siguiente. Pedí que hicieran una trinchera de un lado a otro del barranco, pero no nos dejaron hacerlo”, critica. Aquella prohibición enfureció al alcalde, que en ese momento estaba en otra zona del pueblo y que asegura que una vez el fuego se dé por extinguido va a ordenar limpiar el barranco. “Voy a pedir que se limpie hasta arriba, hasta el puente que sale del pueblo para el monte”, sostiene. Está en desacuerdo con las políticas medioambientales actuales, que en este fuego voraz le han hecho “sufrir”.
“Ha sido muy gordo… Esto no hay familia que pueda sostenerlo. No se puede”, remarca. El regidor defiende que se tendrían que haber tomado medidas antes, “haberlo machacado antes, no después de que se haya extendido por todos lados, porque ha llegado hasta Botaya”. Muestra su agradecimiento profundo a todos los profesionales que se han dejado la piel combatiéndolo y siguen haciéndolo, así como también a todos los voluntarios. Defiende que el trabajo de unos y otros ha puesto a salvo Alastuey, a excepción de un corral de gallinas que se ha quemado.
Ante esta situación, Enrique reclama un cambio en las políticas medioambientales y asegura que también lo hacen otros vecinos del pueblo, que “están que echan humo por la boca”. “Los cortafuegos no hay que hacerlos cuando llega el fuego, hay que hacerlos en invierno, y anchos. Después, en el mes de mayo, cuando está todo verde, los repasas con un bulldozer”, apunta. Enrique comparte su malestar y tras su voz vuelve el silencio al pueblo. Es una ausencia de ruido que se hace notar.
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