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PUEBLO VIEJO

Memoria democrática: Belchite celebra un emotivo homenaje a 60 supervivientes de la batalla

El consistorio busca relanzar la conservación del recinto histórico, declarado este año espacio de interés turístico de Aragón y en riesgo de desaparición

Una niña de Belchite entrega uno de los recuerdos a un superviviente de la guerra civil, ayer.

Una niña de Belchite entrega uno de los recuerdos a un superviviente de la guerra civil, ayer. / Simón Aranda

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David Chic

David Chic

Zaragoza

La guerra civil sigue marcando la memoria de buena parte de los aragoneses. Un recuerdo que está especialmente vivo en Belchite, escenario de una de las batallas más encarnizadas de la contienda y símbolo del conflicto durante décadas debido a unas ruinas aún tambaleantes. Ayer, el pueblo nuevo acogió el acto anual de homenaje Memoria y paz que se celebra en recuerdo a los supervivientes de aquella etapa y al que asistieron los 60 vecinos censados en el municipio que nacieron en el contexto del enfrentamiento civil o que lo sufrieron siendo niños. Con este acto, que el ayuntamiento impulsa desde 2017, se recuerda a todos ellos y se destaca su importante testimonio de vida.

La batalla de Belchite se produjo entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937, y dejó más de 5.000 víctimas entre población civil y militar. Cada año, a finales de verano y coincidiendo con las fechas en que tuvo lugar este episodio bélico, Belchite reúne a los supervivientes en el teatro municipal para rendirles homenaje. «Queremos agradecerles su inmensa generosidad y solidaridad. Supieron sobreponerse al dolor para sacar adelante a sus familias, demostrándonos con su ejemplo que la convivencia, la paz y el diálogo son el único camino posible», destacó el alcalde, Carmelo Pérez.

El acto también sirve como reivindicación de las ruinas que dejó la guerra civil y que obligó a trasladar a los vecinos a un nuevo pueblo. El recinto histórico, que se encuentra amenazado por la ruina, ha sido declarado este año espacio de interés turístico de Aragón y en el consistorio esperan que la distinción sirva para relanzar los esfuerzos de conservación.

Foto de familia de los supervivientes acompañados por la corporación municipal y los representantes de Oradour-sur-Glane.

Foto de familia de los supervivientes acompañados por la corporación municipal y los representantes de Oradour-sur-Glane. / Simón Aranda

El homenaje contó también con la asistencia de una delegación institucional de Oradour-sur-Glane, formada por Valérie Bichaud e Isabel Milor, concejales de su ayuntamiento, Astrid Cotineau (también presidenta de la asociación del hermanamiento Belchite-Oradour) y del presidente de la Association Nationale des familles des martyrs d’Oradour-sur-Glane, Benoît Sadry. Este municipio francés de Nueva Aquitania está hermanado con Belchite desde 2016, ya que ambos comparten un pasado común: fueron destruidos durante una guerra (en el caso de Oradour, la II Guerra Mundial) y reconstruidos desde cero en las inmediaciones, preservando las ruinas del pueblo original.

El momento central del acto fue la entrega de los detalles conmemorativos a los mayores, que en esta ocasión fue llevado a cabo por los niños de la concejalía Escolar de Belchite: Candela Artigas, David Puji, Alexandra Raita y Daniela Villagrasa. Concretamente, les entregaron una edición especial del libro Cuando se apaga la luz, una recopilación de imágenes nocturnas del Pueblo Viejo realizadas por el fotógrafo Luis Simón Aranda.

La música también estuvo presente en la jornada a través de las actuaciones de Laura Blossom y se proyectó el cortometraje ganador del premio del Público-Aragón TV en la pasada edición de Belchite de Película, que tuvo lugar entre el 13 y el 18 de julio.

En la actualidad, el pueblo está completamente ligado al trágico episodio que vivió durante la guerra civil. Aunque por aquel entonces era una localidad de unos 3.800 vecinos y 1.200 viviendas, su valor estratégico a solo 50 kilómetros de Zaragoza la convirtió en un punto estratégico disputado por los dos frentes. Entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937, más de 5.000 personas perdieron la vida en sus calles, caracterizadas por una notable riqueza arquitectónica que incluía tres iglesias, un convento, un seminario y destacados ejemplos de arte mudéjar aragonés.

Un recinto abandonado

Tras quedar arrasado, el núcleo urbano original fue paulatinamente abandonado y en la actualidad las ruinas corren un riesgo cierto de desaparición, una circunstancia de la que han alertado organismos internacionales como World Monuments Found o Hispania Nostra.

Con el fin de regular el tránsito de visitantes, el ayuntamiento restringió en 2013 el libre acceso a las ruinas e implantó un programa de visitas guiadas. Desde entonces, el municipio trabaja de forma continua en la conservación de la zona histórica. Un ejemplo reciente es la quinta edición del campus arqueológico celebrada este verano, que sacó a la luz la estructura de una sinagoga medieval. Este hallazgo destaca en Europa por su gran estado de conservación y abre la puerta a enriquecer las futuras rutas turísticas. Asimismo, desde principios de este año, la fundación Pueblo Viejo ha habilitado la opción de realizar aportaciones económicas destinadas a su preservación mediante donaciones por Bizum al código 11861.

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