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VERANO NEGRO

La memoria de la lucha contra el fuego en los cuatro grandes incendios de Aragón: «Hasta hace dos semanas caía ceniza al soplar el aire»

Las comunidades afectadas encaran la reconstrucción con el dolor de haber perdido su entorno natural, mientras la magnitud de los grandes incendios ha disparado las evacuaciones y dejado al límite a los equipos de extinción

Un grupo de vecinos desplazados por el incendio de Tamarite de Litera.

Un grupo de vecinos desplazados por el incendio de Tamarite de Litera. / Miguel Ángel Gracia

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Los cuatro grandes incendios del verano en Aragón dejan miles de afectados. Es el momento de una reconstrucción del paisaje que se intuye compleja. Estas son cuatro visiones desde la primera línea de las zonas afectadas.

Pilar Buil, vecina de Tamarite de Litera: «Hasta hace dos semanas caía ceniza al soplar el aire»

Han sido meses de sensaciones «indescriptibles» para Pilar Buil. Es vecina de Azanuy, uno de los pueblos que se vio afectado por el primer gran incendio del verano en Aragón, que arrasó con más de 4.000 hectáreas en Tamarite de Litera. «Tardé cerca de un mes en ir a ver cómo estaban los campos y, cuando llegué, me harté a llorar. Hay olivos de más de 500 años que se han ido a hacer gárgaras», comparte.

Pilar trata de explicar cómo aquella sensación desoladora se entremezcló con el «alivio» que sintió al volver a su pueblo tras la evacuación preventiva y ver que su casa «seguía en pie». Aquel revoltijo de emociones era viejo conocido: fue una constante los días del incendio. «Se mezcla todo, no me podía imaginar nunca semejante cantidad de sentimientos juntos», expresa. La vecina cuenta que, cuando se desató el fuego, solo podía pensar en su gata, que también «lo pasó fatal». «Hasta que no volvió a casa no volvió a ser ella», apunta.

Aunque ella no lo recuerda, los vecinos le comentaron que estuvo «muy alterada» el día que se declaró el incendio. Ahora respira en calma aunque reconoce que siempre queda algo de incertidumbre. A raíz del fuego de Tamarite, ha sentido suyo cada incendio de este atroz verano en llamas.

Pilar comparte que, hasta hace dos semanas, en Azanuey «caía ceniza cuando soplaba aire», y aunque ahora ha vuelto a la normalidad, los paseos matutinos por el monte calcinado le ponen «la carne de gallina». El viento movió las llamas en una y otra dirección y mientras redujo a cenizas algunas hectáreas, saltó otras que han quedado intactas. «Es una sensación indescriptible», expresa.

Andrés Picazo, alcalde de Leciñena: «La gente mayor no volverá a ver la sierra como antes»

Un sentimiento general de tristeza y frustración. Este es el rescoldo que queda en Leciñena tras el incendio que este verano ha quemado la sierra de Alcubierre. «Somos un pueblo que está en un ambiente y entorno muy seco con poca vegetación, la sierra era nuestro pulmón», explica el alcalde, Andrés Picazo, que ve los montes quemados como un vacío difícil de reparar. «Me da especialmente lástima la gente más mayor que nos dice que no volverán a ver la sierra como antes», dice.

Dos meses después de las jornadas extenuantes de extinción, denuncia la gestión política de aquellos momentos. «Los agricultores llevaban días sin cosechar y se han sentido señalados como los causantes», dice a la hora de asumir que los representantes políticos tienen derecho a equivorcarse, pero el señalamiento al colectivo fue especialmente injusto en un momento de ánimos caldeados. «Han pasado dos meses y no se ha emitido una disculpa formal», insiste.

El alcalde de Leciñena, Andrés Picazo (izquierda) durante el operativo de extinción.

El alcalde de Leciñena, Andrés Picazo (izquierda) durante el operativo de extinción. / El Periódico de Aragón

También cree necesario aumentar la implicación institucional en las tareas de extinción. «En esos días solo pensábamos en ayudar, no nos preguntábamos en si tenía que hacerlo una administración u otra, pero a toro pasado, creo que el Gobierno de Aragón tiene que hacer mucha autocrítica», señala al recordar que el Ejecutivo autonómico «con toda su infraestructura y capacidad presupuestaria debería ser quien haga los avituallamientos».

«La extinción de incendios depende de la voluntad de los afectados y sobretodo del trabajo extraordinario que hacen sus empleados sobrepasando diariamente los tiempos de trabajo que deberían hacer», evidencia.

Javier Áznarez, agricultor de Sádaba: «Las trabas burocráticas no animan. El monte sigue sucio»

«Ha sido un verano magnífico para los incendios», apunta Javier Áznarez, un agricultor de Sádaba que, durante las primeras horas y jornadas del incendio de Orés, estuvo colaborando en todo lo que le dejaron, claro. Además del intenso calor y del bochorno, un viento que «hace remolinos» y ayuda constantemente a avivar las llamas, este hombre de 70 años tiene claro a qué se ha debido este desastroso verano en Aragón: «Las trabas burocráticas nos desaniman y ya no se puede hacer nada. El monte está muy sucio», señala en primer lugar. El segundo factor que falla se da cuando los incendios ya han comenzado: «Hace falta más coordinación, un mando único que gestione a las diferentes brigadas y bomberos de la diputación, no que cada uno reciba sus propias órdenes», indica este experimentado agricultor.

Sobre las afecciones a los campos, Áznarez señala que los suyos no se han visto afectados por las llamas aunque casi lo hubiera preferido, porque así se hubieran limpiado. «Antes hacíamos quemas cada año y ahora no nos dejan. Pues mira lo que ha pasado. Pero para los campos casi mejor. Se han quemado las hierbas y ya no habrá que sulfatar este año. Se podrá labrar y sembrar igual», cuenta. Áznarez lamenta también que durante el operativo que luchó contra el fuego no se dejara participar ni colaborar a los agricultores de la zona y también que se desalojaran los pueblos.

Así, el problema, resume, es «la falta de gestión forestal». «Antes había un ingeniero de montes en cada pueblo. Ahora ya no. No nos dejan hacer cortafuegos porque molestan a la vista. Más va a molestar ahora ver todo el paisaje negro», zanja.

Urbano Ansa, voluntario en la Peña Oroel: «Lloré en silencio durante una semana, no se lo dije a nadie»

Hace siete años que Urbano Ansa vive en Jaca. Al menos siete años desde que siente suyo el Pirineo aragonés. El Prepirineo, también. Por eso, cuando se desató el incendio de Las Peñas de Riglos (Hoya de Huesca) y el ayuntamiento solicitó ayuda a los vecinos, no dudó en ofrecerse voluntario. «Cada vez ardía más, no lo podían parar. Y pasaba un día, dos días, tres días, y nada...», recuerda.

Urbano Ansa  ayudando en el puerto de Oroel.

Urbano Ansa ayudando en el puerto de Oroel. / El Periódico de Aragón

Aunque es periodista de formación, hace tres años que Urbano se dedica a la «limpieza de bosques». Ahora lo hace en el valle de Hecho, donde cuenta que está «todo el día con motosierras y desbrozadoras». Este dominio de las herramientas hizo que sirviera de ayuda en pueblos como Ulle o en el puerto de Oroel, donde trabajó junto a otros voluntarios.

Urbano recalca que el trabajo de los voluntarios no fue apagar el fuego, labor que dejaron para los profesionales, sino colaborar en la prevención. Él desbrozó y taló árboles que generaron las entre «4 y 5 toneladas» de madera diarias que después recogieron con sus tractores los agricultores, también voluntarios. Explica que otros llenaban de agua las piscinas en las que recargaban los distintos medios.

La implicación de Urbano se explica por su amor a la montaña y la urgencia de evitar que esta ardiera. «He llorado en silencio durante una semana y no se lo he dicho ni a mi familia ni a mis amigos ni a nadie. Veía que no paraba y pensaba que no podía ser, y lloraba y lloraba», expresa. Este sufrimiento callado es para Urbano «el carácter de la persona montañesa, a la que le cuesta expresar los sentimientos y ama su tierra de forma silenciosa, sin pregonarlo a los cuatro vientos».

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