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El palacio de Zaragoza que nació de una historia de amor hace más de un siglo y hoy es todo un referente para la arquitectura

La monumental residencia zaragozana del Palacio de Larrinaga se inspiró en los palacios renacentistas aragoneses para convertirse en el hogar familiar de Miguel Larrinaga y ahora es uno de los mayores espacios culturales de la ciudad

Palacio Larrinaga

Jaime Galindo

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Zaragoza

En pleno barrio de Montemolín, entre el crecimiento de Zaragoza y las huellas de un pasado industrial, se conserva un edificio que guarda una historia mucho más bonita de lo que puede parecer a simple vista. El Palacio de Larrinaga nació de una promesa de amor, aunque su historia terminó con un final muy distinto a la que su propietario hubiera podido imaginar.

A comienzos del siglo XX, Miguel de Larrianaga, era un naviero de Vizcaya que quiso construir en Zaragoza una residencia para el momento en el que se jubilaran él y su esposa, Asunción Clavero. La historia cuenta que ambos se conocieron en la Basílica del Pilar durante una misa, y que después se marcharon a Liverpool donde crearon su familia y tuvieron tres hijos. Sin embargo, Zaragoza seguía teniendo un significado muy especial para el matrimonio.

Por ello, en 1901, Miguel Larrinaga le encargó al prestigioso arquitecto Félix Navarro la construcción de una gran residencia ubicada en las afueras de la ciudad, cuyo nombre fue Villa Asunción, en honor a su esposa. La intención inicial era que aquel palacio se pudiera convertir en el lugar donde ambos disfrutarían juntos de su retiro tras sus años de trabajo, en un lugar cercano a la tierra dónde había nacido Asunción.

Imagen de Archivo del Palacio de Larrinaga

Imagen de Archivo del Palacio de Larrinaga / Gran Archivo de Zaragoza Antigua

El destino, sin embargo, tenía otros planes para ellos. Asunción enfermó y terminó falleciendo en 1939, antes de que el matrimonio pudiera disfrutar de aquella casa como tenía previsto. El palacio que había sido levantado como una declaración de amor, jamás llegó a convertirse en el hogar familiar para el que fue diseñado. A pesar de ello, su construcción dio lugar a uno de los edificios más singulares de la Zaragoza de comienzos del siglo XX, ya que Félix Navarro recurrió al historicismo y tomó como referencia los grandes palacios renacentistas aragoneses. Tras su muerte, en 1911, las obras continuaron bajo la dirección del arquitecto madrileño Fernando de Escondrillas.

El resultado final fue un enorme edificio de cuatro fachadas y cuatro torres en las esquinas, con una construcción que ocupa unos 676 metros cuadrados y alcanza los 14 metros de altura. En él, la piedra, el mármol y ladrillo se mezclan con materiales modernos para aquella época, como el acero, el hierro o el vidrio. En el interior, las dependencias se organizan alrededor de un espacio central cubierto por una cúpula. Además, el edificio contaba con sótano, planta baja, planta superior y un ático, lugares en los que se repartía el despacho, comedor principal, el salón francés, las habitaciones, la capilla o los espacios destinados al servicio.

Imagen de archivo del interior del Palacio de Larrinaga

Imagen de archivo del interior del Palacio de Larrinaga / Jaime Galindo

La decoración convierte el Palacio de Larrinaga en algo más que una residencia monumental. Sus interiores combinan elementos platerescos, barrocos y rococós, junto con grandes chimeneas de piedra que incorporan motivos renacentistas y la antigua capilla decorada con vidrieras y cuidados pavimentos de madera. Pero es en el exterior donde la historia de Miguel Larrinaga aparece con mayor claridad, ya que la profesión del naviero quedó representada en distintos elementos decorativos. La fachada principal se encuentra presidida por un gran mural cerámico inspirado en el comercio naval, cuyos azulejos y piezas de piedra completan una decoración en la que intervino el escultor Carlos Palao.

Las cuatro torres, las galerías abiertas por arcos y la cúpula convierten al edificio en una obra difícil de pasar por alto. En el momento de su construcción se encontraba alejado del centro urbano, pero hoy, más de un siglo después, forma parte completamente de la ciudad. Tras la muerte de Asunción, el destino de la Villa cambió radicalmente, y en 1942 Miguel Larrinaga vendió el palacio junto a la finca y su mobiliario a los responsables de Giesa, empresa que instaló allí sus oficinas y levantó una fábrica en los alrededores. Cuatro años más tarde, el inmueble pasó a estar en manos de los Marianistas, que lo utilizaron como colegio y residencia.

Escaleras del interior del Palacio de Larrinaga

Escaleras del interior del Palacio de Larrinaga / Jaime Galindo

Con el paso de las décadas, el edificio fue sufriendo distintas intervenciones y problemas de mantenimiento, para finalmente en 1993, adquirir el palacio Ibercaja y poner en marcha una restauración integral. Los trabajos permitieron recuperar gran parte de las maderas, cerámicas, yeserías y otros elementos ornamentales para devolver al edificio buena parte de su aspecto original. Desde entonces, el Palacio de Larrinaga ha dejado atrás su función residencial y se ha convertido en un espacio cultural, en el que actualmente se encuentra el Patronato Cultural de Ibercaja y el Centro de Documentación de Ibercaja Zaragoza, además de distintas bibliotecas y fondos documentales. Además, también recibe visitas de escolares e incluso ofrece sus espacios para acoger celebraciones o bodas.

El edificio está reconocido como Bien Catalogado del patrimonio Cultural Aragonés desde 2008. Su valor, sin embargo, va más allá de la arquitectura, ya que el palacio conserva la memoria de una época en la que las grandes residencias privadas todavía podían levantarse en las afueras de Zaragoza. Y, sobre todo, mantiene en sus muros la historia de un hombre que quiso construir un futuro junto a la mujer que amaba pensando en una vida que nunca pudo llegar. Más de un siglo después, aquel palacio sigue en pie como testimonio de ese amor y de una promesa que el tiempo no consiguió borrar.

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