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Postales de Cuba

Howard Sant-Roos y Javier Justiz, jugador y exjugador cubanos del Casademont Zaragoza, se juntan para repasar sus recuerdos de infancia en Cuba, la situación de la isla, sus inicios en el baloncesto y el salto a Europa

Javier Justiz y Howard Sant-Roos posan a las puertas del Príncipe Felipe. ANDREEA VORNICU

En Cuba faltan muchas cosas, pero nunca niños jugando en la calle, una fiesta en cada esquina, una botella de ron. Esa es la esencia que echan de menos Howard Sant-Roos y Javier Justiz, jugador y exjugador del Casademont Zaragoza naturales de la isla caribeña. Sus recuerdos de infancia son felices. «Mataperrear como se dice, jugar en la calle. Eso no nos faltó. Mi mamá, mi abuelita, que fueron las que me criaron, haciendo de todo para tener zapatos, ropa, ropa para entrenarme. Yo tenía el pie más grande del mundo y ellas intentando conseguir dinero aquí y allá. Siempre estábamos jugando en la calle, papalotes, chivichanas, trompos... tengo muy buenos recuerdos», dice Sant-Roos.

«Es una cultura muy diferente. Fui a Cuba hace poco y ver a chicos jugando con chivichanas, al balón, a las canicas, a las dos de la tarde y con 40 grados, es normal. Estamos acostumbrados. Pero me reía porque llevo tres años en España y aquí te asomas a las dos de la tarde en verano y no hay nadie en la calle y allí están los niños jugando a cualquier hora del día», respalda Justiz. «Sin gana ninguna de volver a la casa», confirma Howard.

«Se ponen tristes si están en la casa, haga 40 o 60 grados tienen que estar jugando en la calle. Nosotros no tuvimos móvil», explica el pívot. «Ni internet», recuerda el alero. «Éramos una generación que o salías a divertirte fuera o no tenías nada que hacer. En la televisión había tres canales o dos, no me acuerdo, los tres del Estado y no ponían nada para los niños. Salías a jugar afuera con lo primero que apareciera», remata Justiz con Sant-Roos asintiendo al lado. 

Esa es la esencia, lo que les transporta a la infancia, lo que más echan de menos. «Sí, creo que eso, una botella y se armó la fiesta sin necesidad de organizar nada», dice Sant-Roos. «Eso de que tú te sientas en la esquina de la calle, tú no tienes nada que hacer en tu casa y vas a encontrar a alguien en la calle para echarte un trago, reírte, y se va uniendo uno, otro y otro… no hace falta ir a ningún bar ni a ningún lado. Tampoco es que haya muchos bares», añade Justiz. «Fui en julio y eso sigue igual», indica Sant-Roos. Y así quieren que siga. «Que cambie el país pero no quiero que eso cambie», afirma el alero. «Exacto, que cambie quién nos gobierna y cómo nos gobiernan, pero la cultura creo que se va a mantener», apostilla Justiz.

Los inicios

Y entre tanto mataperrear, también el deporte. El béisbol era y sigue siendo el deporte nacional cubano, aunque todos son amateurs. «Yo diría béisbol, boxeo y voleibol. Esos eran los deportes más queridos. Yo jugaba pelota, es decir béisbol, y voleibol. Pero al final toda la familia es fanática de baloncesto así que me tuve que cambiar», añade. «Yo también hice voleibol. Allá el cubano a esa edad lo hace por entretenerse y por pasión, no hay cultura del profesionalismo, nadie cobra. Ahora en béisbol un poco porque es el deporte nacional, pero fuera de ahí todo es por pasión», subraya Justiz.

Ellos están ayudando a cambiar esa tendencia, a mostrar a los que vienen que es posible otra vida, que el deporte les puede abrir un camino profesional fuera de la isla. Howard Sant-Roos se marchó de casa muy pronto, con 15 años. Su situación familiar le llevó a Italia. «Sales con la idea de un mejor porvenir. Sabemos de la situación en Cuba, de la pobreza que hay, y sales con la idea de gracias a Dios me fui y ahora puedo ayudar a mi familia a salir adelante, por lo menos mandarles dinero, ayudarles. Esa era mi mentalidad. Pero nunca vine pensando de verdad tener que jugar básquet y que me dieran dinero por eso. En Cuba tú juegas pero es una pasión. Sabes que al final vas a ser profesor de educación física o algo de eso, pero no tienes idea de que ese va a ser solo tu trabajo. Cuando vine aquí vi cómo era realmente la cosa, empecé a jugar y así empezó todo», explica.

El cambio cultural fue muy grande, sobre todo por ese espíritu del barrio y de la calle que no hay en Europa. «Para mí lo fue. Yo me fui con 15 años estando todo el día en la calle y cuando llegué a Italia era más de comer en la mesa», recuerda Sant-Roos. «Salías a la calle y decías, dónde están los chicos aquí», le apunta Justiz. «Sí, no salía nadie, todos te miran un poco extraño, fue un choque grande», responde Howard.

Justiz y Sant-Roos, en el exterior del Príncipe Felipe. ANDREEA VORNICU

El camino de Justiz fue diferente porque empezó en Argentina. «Por suerte fui a Argentina primero y tampoco existía eso. Tenías un día libre y encerrado en casa y pensabas qué hago. Con la selección estábamos mucho en La Habana, pero cuando tenía día libre salía con mis primos y ya conocía a la gente del barrio. En Argentina decía, y ahora qué hago. Ahora sí me he adaptado un poco pero antes me costaba».

Ahí, en los viajes, fuera de Cuba, es donde empiezan a descubrir otro mundo, el del profesionalismo. «Allá lo haces porque te gusta y por defender tu provincia. Si tú eres prioridad en tu provincia no te dejan ir así te llamen de otro sitio, así que tú a defender a tu provincia a muerte», recuerda Justiz. «Yo empecé a salir de Cuba con la selección, íbamos a torneos y nosotros éramos amateur, no nos daban dinero por ir a jugar, y otros jugadores de Puerto Rico, Mexico, nos regalaban ropa, zapatillas. Tuve suerte de que hasta dinero me regalaron un par de veces. Gustavo Ayón en un torneo nos pagó a toda la selección un par de zapatillas. Supo que yo tenía el pie más grande y me regaló tres pares de zapas y unas chanclas. Me quedaba así como diciendo, y estos tienen tanto dinero que nos lo regalan. Tendría 20 años».

Sin luz ni alimentos básicos

La situación en Cuba no mejora y ahora lo ven con otros ojos. El pívot ha estado tres semanas en casa después de tres años sin poder viajar y ha visto la realidad. «Vi una situación complicada pero al menos me alegré de estar en el barrio. Se extrañaba y la pasé bastante bien. Extrañé esto también, tengo que decir. Más que todo por comodidad, el primer mundo, que tienes todo a mano. Ahora mismo allá eres millonario y por mucho que quieras...»

Ni el dinero soluciona las cosas. «Por mucho dinero que tengas, no hay productos. Por mucho que sea millonario, si me apetece un chuletón y una paella, es imposible, no hay. Era como estar en la misma situación de cuando era niño. Por mucho que tú vayas con el dinero ahí no venden chuletón. Ahora faltaba hasta el huevo, no sé qué pasa en Cuba que no hay. La electricidad la quitaban cada cinco horas, cinco sí, cinco no, la semana pasada estuvieron tres días sin electricidad, mi madre se estaba volviendo loca en la casa. Son cosas raras que están pasando, que solo saben lo que está pasando los que lo dirigen, al pueblo le toca aguantar como ha aguantado tantos años y a ver qué día logramos salir un poco», anhela Justiz.

El pívot sigue vinculado al Casademont y buscando la manera de seguir ayudando a su familia en Cuba mientras confía en que el equipo levante el vuelo con la ayuda de Sant-Roos. «Al equipo le va a venir bien, ha sido el jugador que ha estado empujando del carro. No están saliendo las cosas y no están cayendo las bolas, queda mucha Liga. El porcentaje está siendo muy bajo, la anotación del triple, del tiro libre, nos está matando, pero espero que nos levantemos porque si no la Liga se va a complicar. Creo que el equipo se levantará y Howard aportará mucho, un jugador con mucha potencia, que da tanto atrás como adelante y con experiencia en Europa. Ha jugado todas las competiciones y las ha ganado todas, ha vivido muchas experiencias, es un jugador centrado y se adaptará bastante rápido», vaticina. 

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