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Casademont Zaragoza

El Casademont Zaragoza invita a los más pequeños a entrenar con ellos: "Mi favorito es el más alto, el nuevo"

La sesión a puertas abiertas del equipo se convierte en un campo de juegos en el que se mezclaron los jugadores con los niños

Los jugadores del Casademont Zaragoza entrenan con niños por Navidad

Pablo Ibáñez

Arturo Pola

Arturo Pola

Zaragoza

No llegaba en el mejor día ni en el momento en el que afición y equipo están más unidos, pero como en las relaciones de amor hay que estar en las buenas y en las malas, la Marea Roja quiso estar en el entrenamiento a puertas abiertas que el Casademont organizó este lunes con motivo de las fechas navideñas. Seguro que la afición hubiera preferido como regalo un triunfo ante el Manresa, pero como eso no fue posible en una tarde que será difícil olvidar, los jugadores y el cuerpo técnico del equipo aragonés quisieron que, por otros motivos mucho más felices, esta jornada no caiga en el olvido.

Para ello, la cercanía entre el equipo y la grada fue máxima. Tal fue esa simbiosis que, si no fuera por la altura, en algunos momentos hubiera costado diferenciar a los jugadores de los aficionados. Porque allí estuvieron, todos mezclados en una sesión de trabajo que fue más un espectáculo que un entrenamiento en los que los protagonistas fueron los niños.

Porque la faena de verdad la hicieron por la mañana, la tarde estaba dedicada a intentar hacer feliz a una Marea Roja a la que su equipo masculino le da más disgustos que otra cosa. «La verdad que podían hacer más de lo que están haciendo, yo creo que tenemos plantilla para mucho más», relata Daniel, que acudió al entrenamiento, como el 95% de las alrededor 250 aficionados que se dieron cita en el Príncipe Felipe, para que su hijo viera de cerca a los jugadores. «Mi favorito es el alto, el nuevo» , dijo el pequeño Hugo. «Koumadje», puntualiza el padre. Entre el gigante de 2,24 recién llegado y el capitán Santi Yusta se disputaron el título del más querido del equipo.

Los niños, intentando encestar canastas en el Felipe

Los niños, intentando encestar canastas en el Felipe / Pablo Ibáñez

Nada más salir a la cancha del pabellón, los jugadores del Casademont ya saludaron a los niños que allí se habían dado cita y que no sabían que ellos también iban a poder jugar a ser deportistas de élite. Algo que dejó caer Jesús Ramírez cuando cogió el micro. «Gracias por venir en estos días tan señalados. Vamos a hacer un entrenamiento lo más normal posible para que veáis cómo trabajamos», señaló el técnico. «No os despistéis, porque igual en algún momento necesitamos vuestra colaboración. Estad preparados», advirtió Ramírez.

Dicho y hecho. Las caras de los críos cuando les dijeron que podían bajar a la pista, calentar con los jugadores y tirar a canasta las veces que quisieran eran una mezcla de ilusión y de incredulidad. Obviamente, como todos los niños a la vez hubiera sido un caos, se fueron haciendo turnos y en cada ejercicio iban entrando y saliendo pequeños como si de los cambios de un partido se tratase.

A los niños ya los tenían ganados. Los padres, aunque disfrutaban viendo a sus hijos al lado de sus referentes, seguían siendo críticos desde la grada. «Pasan los entrenadores y los años y la historia siempre es la misma», decía Juan José. «Yo creo que la temporada aún tiene solución, pero hay que fichar al menos dos jugadores y concentrarnos en Europa. En Liga veo imposible meternos entre los ocho primeros», analizaba. Mientras tanto, los jóvenes ya eran miembros de todo derecho del Casademont Zaragoza.

Hacían carreras y eran los mejores ayudantes en juegos cooperativos en los que las risas eran más importantes que los ganadores. Los que llegaban a tirar desde el tiple lo intentaban desde la larga distancia, los que no probaban desde el tiro libre y los más pequeños eran aupados por los jugadores para que no se fueran sin meter una canasta del Príncipe Felipe. Al finalizar el entrenamiento, el sueño de ser compañeros se acabó y volvieron a ser jugadores y aficionados. Eso sí, fotos y autógrafos no faltaron para recordar el día en el que se sintieron como gigantes.

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