Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

La desolación del Casademont y una grada de diez: quiéreme cuando más lo necesite

La afición vuelve a demostrar su amor por el equipo desde el recibimiento y hasta después del partido, esperando a las jugadoras para animarlas, en otra exhibición de cariño y orgullo hacia ellas

Varias jugadoras del Casademont, desconsoladas tras caer en semifinales de la Euroliga.

Varias jugadoras del Casademont, desconsoladas tras caer en semifinales de la Euroliga. / Jaime Galindo

Zaragoza

Es encomiable y digno de alabar día sí y día también. La comunión que rodea al Casademont Zaragoza femenino llega a niveles tan sorprendentes que incluso llegan a ser irreales e inverosímiles. Pese a la derrota contra el Galatasaray, la Marea Roja volvió a ser determinante. No para la victoria, ya que aunque fue la jugadora número 13 el poderío turco fue demasiado para un equipo aragonés nervioso y precipitado, pero sí para volver a demostrarle al mundo que difícilmente hay una hinchada mejor y que más esté con su equipo en otro mensaje, de paso, para la FIBA, que acertó de pleno eligiendo Zaragoza.

Y el mérito de dicha comunión no se le puede achacar a la Euroliga ni a su evidente atractivo. La Final Six simplemente volvió a ser otra demostración más de ese amor mutuo que se tienen el Casademont y su afición, tanto en las buenas, cuando es lo fácil; como en las malas, cuando el equipo va 27 abajo y celebra como si fuese la canasta decisiva una buena acción en ataque.

Porque, entre las muchas virtudes de la hinchada del Casademont, quizá la mayor de ellas es que sabe reconocer el esfuerzo, el mérito y la rasmia de un conjunto de chicas que no paran de hacerles disfrutar e ilusionarse, algo de lo que carece por desgracia una ciudad más acostumbrada a que el deporte le dé más amarguras que caramelos.

Por eso, al final, la hinchada rojilla volvió a ovacionar a su equipo mientras trataba de digerir el polémico, por ser suave, final arbitral, que cabreó a una grada que se fue muy enfadada porque, tras verlo perdido, creyó en una remontada imposible para todos… salvo para el Casademont.

Precisamente por eso, porque en el fondo todos tenían la esperanza y la creencia de que sí que se podía y que no era un sueño inalcalzable, las caras de la grada eran de circunstancias y las de Mariona, Fingall, Gueye o Vorackova estaban llenas de lágrimas de tristeza, pero seguramente más incluso de rabia.

Desde el minuto 0

Volvió el equipo aragonés a ser recibido con honores a su llegada al Príncipe Felipe, con alrededor de un millar de personas dando el primer aliento a un equipo que bajaba con cara de concentración en algunos casos, como el de Leite, y en otros con una sonrisa de oreja a oreja, como Fingall o Gueye.

Así ha sido la llegada del bus del Casademont y el recibimiento de la afición para las semifinales de la Euroliga

Jaime Galindo

La presentación de las jugadoras volvió a ser un momento de locura absoluta y, desde el salto inicial, la afición quiso convertir el Felipe en un infierno para las turcas, a las que solo animaban los franceses del Landes que se quedaron tras caer el miércoles, quizá por rencor o quizá por Johannes. Con el paso de los minutos pareció que más por ánimo revanchista.

Ni el 8-0 para el Galatasaray de salida ni llegar a ir 27 abajo amedrentó a una hinchada que en cada ataque y defensa no dejó de apoyar a su equipo y, sobre todo, de creer. La primera explosión del pabellón llegó con la tardía primera canasta rojilla, de Bankolé y la segunda cuando el Casademont bajó de 20 puntos. Entre gritos de sí, se puede, el equipo aragonés fue soltando los nervios y fluyendo. Nerea Hermosa y Leite dejaron el marcador en 17 abajo y la reacción del pabellón fue la propia de ver a su equipo ganar sobre la bocina.

El triple de Carla Leite que bajaba de 10 puntos la diferencia fue el éxtasis y el de Hempe a 1.17 del final era el grito final de la resistencia, aunque todavía la empresa apuntaba a heroicidad. No pudo ser, pero entre las lágrimas desconsoladas, sabedoras de que la oportunidad estuvo al alcance de la mano, el Casademont se llevó un merecido pero triste aplauso de 10.828 personas, rivales o no, y que fueron las mismas que el pasado miércoles.

El Príncipe Felipe, enloquecido en la presentación de las jugadoras del Casademont Zaragoza

Jaime Galindo

Pero la Marea Roja, por si acaso, se quedó también al final del encuentro a esperar a sus heroínas. Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite, aunque es injusto hablar de merecimiento. Hubo casi las mismas personas que en el multitudinario recibimiento dando el último apoyo del día, cuando más toca, y eso habla maravillas de la afición.

Ahí estaba, en primera línea de fuego, Vega Gimeno, la capitana que, sin ya estar, sabe que debe estar, como siempre lo ha hecho. Apoyando, animando y arrimando el hombro. cuando más falta hace. Fuera del pabellón lamentaba las oportunidades perdidas y la pena que le daba por el Casademont, porque lo sigue viviendo como suyo, y reconoció que «sufro más desde fuera de la pista».

«El principio nos ha perjudicado durante todo el partido y al final las situaciones arbitrales también. Ahora mismo, que hace minutos que hemos perdido, gana la pena, pero en un rato el orgullo por haber llegado hasta aquí va a dominar», decía un joven aficionado del Casademont.

Otra mujer en el exterior del Príncipe Felipe no tenía dudas tras la derrota: «Pesa más el orgullo». «Se ha notado que estaban nerviosas y creo que presionadas. Nos hemos volcado con ellas porque son unas luchadoras y lo han demostrado hasta el último segundo», resaltaba.

Una joven seguidora afirmaba que «lo han hecho genial aunque han empezado mal y lo han intentado», así que por eso está «muy orgullosa». Y un niño también lamentaba que no pudiera ganar el Casademont el día de su cumpleaños «para disfrutarlo más» ya que «iba a ser el regalo perfecto». Cabeza alta, que queda la Liga.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents