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La contracrónica del Casademont Zaragoza-Valencia Basket: ese extraño remolque

El Casademont, acostumbrado a ser el equipo dominante, se encontró con la fortaleza de un Valencia Basket que dirigió los tiempos del partido, supo forzar pérdidas, cortar el ritmo y provocar faltas que fueron lastrando las opciones de un equipo aragonés poco acostumbrado a sentirse inferior a su adversario

Vorackova se lanza a por un balón suelto con Hillsman, en el primer partido de la Final de la Liga Femenina Endesa en el Príncipe Felipe.

Vorackova se lanza a por un balón suelto con Hillsman, en el primer partido de la Final de la Liga Femenina Endesa en el Príncipe Felipe. / Jaime Galindo

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Zaragoza

El Casademont Zaragoza perdió mucho más que un partido por su extraordinario significado. Un primer duelo de toda una final de Liga y el factor cancha ante un Valencia Basket que, con su velocidad de crucero durante todo el año y con el mantenimiento de sus piezas clave sin el dulce de la WNBA, está volviendo a ser la bestia naranja que tenía domada el conjunto aragonés. Primero, Tarragona; y segundo, el tortazo de este jueves.

La temporada del Casademont es, a todos los efectos, sobresaliente. Eso nadie se lo va a arrebatar a estas alturas. La matrícula de honor llegará si se logra darle la vuelta a la final en los dos siguientes partidos, sin red y sin margen de error, con más épica que nunca. El Casademont terminó líder de la temporada regular, ha hecho de su casa un feudo prácticamente inexpugnable, protagonizó una Euroliga enorme finiquitada con un tercer puesto y alzó la Supercopa, que quizá puede parecer menor pero cada día el baloncesto femenino español se empeña en demostrar que eso de levantar trofeos es más difícil de lo que parece.

El conjunto zaragozano ha sido dominante en todas las facetas del juego, consistente, duro en lo físico y en lo mental y ha alcanzado un grado de madurez y de maquinaria engrasada que le ha permitido ir cumpliendo hitos. Por ello, resulta muy extraño ver al Casademont siendo inferior y topándose una y otra vez con un muro. El Valencia es un señor equipo y logró lo que casi nadie ha conseguido este año, que es ser un martillo percutor y controlar en todo momento al equipo aragonés. La tortilla se está dando la vuelta otra vez.

Esa sensación de jugar peor que tu rival, de no tener respuesta y de ser castigado al mínimo atisbo de reacción es una sensación extraña para un Casademont hasta ahora triunfal y al que se le notó incómodo en el partido. Y apenas hubo respuesta.

Todo influyó, hasta el más mínimo detalle. La calidad del rival lo principal, por supuesto, pero empezar con cuatro triples fallados seguidos mina la moral y provoca que, quizá de forma inconsciente, no se elija la mejor opción para atacar.

Pero además, el Valencia, aparte de dominar los tiempos del partido, el juego interior y la búsqueda de las ventajas, también fue muy superior en lo intangible del baloncesto. Supo provocar muchas faltas de tiro (21 tiros libres lanzó el conjunto taronja), quizá alguna regalada por cierto, forzó 15 pérdidas al Casademont que no solo hay que contarlas como un número, sino ponderar los momentos y los réditos, con canastas fáciles en casi todos los casos; supo hacer faltas en desventajas y, sobre todo, paró el ritmo del encuentro cuando lo requería.

El Casademont, cuando le vienen mal dadas, suele sacar su comodín, que es el factor Príncipe Felipe, ese pabellón que aprieta hasta ahogar, pero el Valencia supo bajar el suflé con faltas, robos de balón o canastas clave. Y eso lo tendrá que mejorar el conjunto aragonés si quiere remontar. Ante un adversario como el Valencia solo vale la excelencia.

El único momento en el que al Valencia le temblaron las canillas fue cuando el Casademont tuvo un arreón marca de la casa, poniéndose a 6 a falta de 2.30 y con decibelios en la grada. Y ahí, Raquel Carrera logró silenciar enseguida el Príncipe Felipe con un triple casi sin posesión y punteado. Fue el último ejemplo de un encuentro en el que, ante cada capotada, llegó una estocada del Valencia.

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