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La contracrónica del Valencia Basket-Casademont Zaragoza: el inmenso dolor de una puñalada directa al corazón

El desconsuelo de las jugadoras tras perder la Liga en Valencia ejemplificó la dureza de la derrota de un equipo que ha hecho soñar a toda una ciudad y que vivió un final traumático a otro ejercicio de pura fe en el Roig Arena

Ornella Bankolé, tras perder la final de la Liga Femenina contra el Valencia Basket.

Ornella Bankolé, tras perder la final de la Liga Femenina contra el Valencia Basket. / EFE

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Zaragoza

Parece que el deporte aragonés sigue bajo una maldición. Casi nada sale bien y, de paso, si algo puede ser cruel lo es hasta el extremo más duro y de paso con quien menos lo merece. El dolor es inmenso por el cómo, pero sobre todo por el merecimiento, por lo que han demostrado, lo que han luchado y lo que han hecho vibrar. Por enganchar a una ciudad, por ser casi la única luz entre las sombras más oscuras, por la identificación, por la comunión con la grada y el proyecto con mayúsculas, de puro ejemplo a seguir y que algún día recibirá lo que se ha ganado.

El Casademont perdió la final de la Liga Femenina Endesa por segundo año consecutivo, pero esta vez tras ser primeras de Liga, tras una temporada histórica, una participación en la Euroliga para el recuerdo y un playoff impecable hasta la final. Eso de por sí ya es una puñalada directa al corazón. Pero hacerlo en la última décima es un dolor que difícilmente sanará algún día, una punzada directa a lo más profundo del alma.

Y al final la sensación que queda es de un amargor profundo, porque se ha rozado la gloria en todas las competiciones y el bagaje es de una Supercopa. Se suele decir que el deporte siempre pone a cada cual en su sitio, lo cual es mentira. Es cierto que el orgullo quedará por siempre y que la temporada recién terminada ha sido espectacular, pero Mariona ejemplificó a la perfección el sentimiento general todavía con lágrimas en los ojos y con el tortazo todavía caliente. Sí, se ha competido y luchado sin parar y no se ha dejado de creer, pero lo que cuenta es levantar trofeos. Y por eso la capitana estaba tan herida, apenada e incluso cabreada, porque además el deporte es tan caprichoso que nunca se sabe cuándo va a pasar otro tren igual.

Las lágrimas de toda la plantilla del Casademont fueron la canalización de un sentimiento de angustia y de tormento, de ver que estaba muy cerca y que se escapó casi sobre la bocina, de una ilusión rota en mil pedazos sin consuelo posible. Bankolé estaba desconsolada, igual que Hempe, Nerea Hermosa, que sacó toda la garra en el segundo partido, Laia Flores, que vive el Casademont como propio, o Mariona, que se debatía entre la tristeza y el enfado. Y Helena Pueyo, que solo ella sabe lo que ha sufrido por no poder estar con el equipo y que parece que cerró con el peor sabor de boca posible su etapa como jugadora del conjunto aragonés. Todas se derrumbaron al ver que el sueño se había apagado en una décima.

Porque además, durante el partido, el Casademont volvió a hacer un ejercicio encomiable de fe, de creencia profunda y convicción. Por ellas y por Zaragoza, como siempre han hecho. El equipo hizo un partido casi redondo, volviendo a anotar de tres, con liderazgo, personalidad y echando el resto, por ser fino. Secando a Fiebich, a Hillsman y haciendo sufrir en el tiro a Elena Buenavida. Sacando fuerzas de donde ya no las había tras 59 partidos, que se dice pronto.

En el último cuarto, cuando más quemaba la pelota tras haber ido 10 arriba y ver cómo se esfumó la diferencia, la quisieron las capitanas, las líderes. Helena Oma se empeñó en que hubiera tercer partido con canastas clave de pura cabezonería y Mariona se vació demostrando su carácter competitivo y sus agallas. Puro ADN del Casademont, que lo rozó con la yema de los dedos. Pero el destino tenía otros planes.

Lloraban las jugadoras mientras, igual que su afición, esperaban estoicamente la entrega de trofeos, aguantando el chaparrón, la mezcla de emociones y la pena profunda. Cuando Helena Oma y Mariona Ortiz fueron a buscar el trofeo de subcampeonas, ese que nadie quiere levantar, el Roig Arena ovacionó al Casademont. Ese reconocimiento no alivia nada, pero esa honra y distinción son también un premio para un equipo de soñadoras y peleonas. Y esta derrota es la que más duele de la historia del Casademont, pero debe servir para unir todavía más, seguir apostando por el proyecto y por el equipo. Porque lo merecen y porque llegará.

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