UN PALACIO PARA EL REY

AUTORES: Jonathan Brown y J.H. Elliot

EDITORIAL: Taurus

PAGINAS: 304

PRECIO: 49, euros

Algunos años de fidelidad mercenaria después, el capitán Alatriste se las ve con su rey, Felipe IV, en El caballero del jubón amarillo , quinta entrega de la serie que protagoniza. El mutuo encaprichamiento por una actriz de comedia pone en un brete al insigne espadachín. Probablemente era un enfrentamiento inevitable dada su singular vinculación con el monarca: "A falta de viejos dioses en los que confiar, y de grandes palabras que vocear en el combate, siempre era bueno para la honra de cada cual tener a mano un rey por quien luchar y ante el que descubrirse, incluso aunque no se creyera en él" (Iñigo de Balboa, portavoz del capitán y narrador de la serie en El oro del rey ). Mientras el soldado sobrevive a este nuevo lance editorial, una biografía, revisada y ampliada, de Felipe IV llega a las librerías: Un palacio para el rey , de los hispanistas Jonathan Brown (norteamericano) y John H. Elliott (británico). Semejante duelo literario pide, más que un cruce de espadas, un cruce de currículos.

NACIMIENTO Y DECESO

A pesar de su estrecha vinculación profesional, la diferencia de edad entre ambos es evidente. Felipe IV nació en Valladolid en 1605 mientras que Diego Alatriste lo hizo en un pequeño pueblo de Castilla la Vieja en 1582. Si en algo coincidieron de niños es en que tuvieron que espabilarse rápidamente. Al rey lo casaron a los 10 años con Isabel de Borbón, aunque no se consumó la boda hasta que cumplió 14; mientras que el labriego se alistó a los 13 como tamborilero en los tercios de Flandes.

El futuro mercenario sirvió primero al abuelo y al padre de Felipe IV. Pero la serie de Alatriste centra sus peripecias durante la corona de éste último, quien supo de la existencia del espadachín, directamente o a través de su valido, el conde-duque de Olivares. Con la dimisión de éste en 1643, se inició una etapa oscura en la vida del monarca. En 1644 falleció su esposa, y en 1646 el príncipe heredero Baltasar Carlos. La aparición de una nueva consorte en 1649, Mariana de Austria, le alegró la década de los 50, hasta que falleció en 1665. De la muerte de Alatriste habla la nueva entrega.

La residencia oficial de Felipe IV era el Alcázar Real, al oeste de Madrid. Pero durante su mandato construyó el Palacio del Buen Retiro: una segunda residencia que costaría tres millones de ducados. Según Brown y Elliott, su mantenimiento mensual era de 80.000 ducados frente a los 120.000 de El Escorial. Pocas ocasiones tuvo Alatriste de visitar el Alcázar; la más destacada, al final del primer título, donde se vio con el conde-duque de Olivares, que le entregó un anillo del príncipe Carlos, a quien le salvó la vida. Naturalmente, la residencia oficial de Alatriste era más modesta: una habitación encima de la taberna del Turco, esquina con las calles de Toledo y del Arcabuz, regentada por Caridad la Lebrijana: "Una de las cuatrocientas donde podían apagar su sed los 70.000 vecinos de Madrid" (El capitán Alatriste ).

Al joven Felipe IV le tocó asumir responsabilidades demasiado pronto. Se puso la corona del Imperio español el 4 de mayo de 1621 con tan sólo 16 años. Y lo hizo en un país en bancarrota, ya que los gastos de la Corona ascendían a nueve millones de ducados al año y el descenso de las remesas de plata americana impedía conseguir créditos de los banqueros. Por otro lado, el poderío militar imperial estaba en horas bajas. Más temprano que tarde la capacidad bélica española se vería puesta a prueba y los augurios no eran muy buenos. Y es que al joven monarca le iba la guerra, aunque desde detrás de la barrera, tal como contó Iñigo, futuro capitán de la guardia del rey, en la cuarta entrega, El oro del rey: "Tenía valor personal, aunque nunca pisó un campo de batalla salvo muy de lejos y más adelante, cuando la guerra de Cataluña".

De esta forma fue como desde 1621 España estuvo en guerra ininterrumpida contra los holandeses y, desde 1635, con los franceses, con los que selló la paz de los Pirineos en 1659: "...para consumar la humillación de entregar a su hija en matrimonio a un rey francés y firmar el acto de defunción de aquella infeliz España a la que había llevado al desastre, gastando el oro y la plata de América en festejos varios" (El capitán Alatriste ).

Pero hubo buenos años durante el reinado de Felipe IV, como el de 1625, cuando Ambrosio Spinola, comandante en jefe de las tropas españolas, puso las cosas en orden en Breda, lo que dio pie a la conocida pintura de Velázquez Las lanzas, donde algunos creen haber visto el rostro de Alatriste a un lado del cuadro. Con todo, los años posteriores aceleraron la decadencia del imperio, con las rebeliones de Cataluña y Portugal.

En todos esos conflictos, y en otros, participó el capitán Alatriste, de los que da cuenta Iñigo en toda la serie. En dos ocasiones, el espadachín de ficción y su rey se vieron las caras de cerca. La primera fue en 1626, cuando tras asaltar la urca flamenca Niklaasbergen en El oro del rey, el monarca le regaló su cadena de oro en agradecimiento. Y la otra, en esta nueva entrega. Primero para intentar salvarle la vida aun a su pesar: "Voto a Dios y a quien lo engendró, que sería no poca justicia que aquel boquirrubio, aficionado a gozar lances sin riesgo y mujeres ajenas, le viera los colmillos al jabalí... que pagara el precio que, tarde o temprano, pagaban todos" (El caballero del jubón amarillo ).