Los dos responden al mismo nombre: Alejandro. Y nacieron en el mismo lugar, Chile. Amenábar (1972) y Jodorowsky (1929) coincidieron en Sitges por un tercer motivo, La Máquina del Tiempo, denominación que recibe el premio --idéntico-- que les concedió ayer el festival de cine fantástico. La diferencia es que Amenábar quiso pasar lo más desapercibido posible, evitando declaraciones y cámaras, y Jodorowsky no puso el más mínimo reparo para convocar al mediodía un Cabaret místico, un singular encuentro al que asisten seguidores, la mayoría incondicionales, por el puro placer de escucharlo hablar.

Ángel Sala, director del certamen, al entregarle el premio lo definió con exactitud: "Representa todo lo fantástico". A lo que Alejandro Jodorowsky, entre risas, respondió: "Me siento como Drácula saliendo del ataúd". Desde luego, su imaginación es desbordante. Además de escritor, conferenciante, cabalista, mago, tarotista, guionista de cómics y dramaturgo, es un director de culto.

Sus películas, rodadas hace más de 30 años, son veneradas por su personal estilo narrativo, pero sobre todo por la maldición que cayó sobre ellas cuando el productor Allen Klein prohibió su exhibición, escondiendo los negativos originales. Él poseía los derechos, entre otras, de El topo y La montaña sagrada.

"Tardamos tres décadas en hacer las paces. Ese día se me alargó la vida. Reconciliarse con el enemigo es algo divino", contó. Le bastan un micro y un taburete para llenar el auditorio. "Me ofreció dirigir Historia de O. Me subí al primer avión. Huí. Ese fue el motivo del enfado".

Jodorowsky reconoció que sufrió a raíz de las malas críticas que recibió Fando y Lis, basada en un texto de Fernando Arrabal. "Solo duró tres días. Anduve desesperado por las calles de Nueva York. Esos recortes de periódicos me pesaban sobre los hombros". La vida, para él, es caminar al borde de una piscina llena de cocodrilos. "Yo no me atreví a cruzarla. Me empujó un maestro zen, y así nadé sobre mis miedos". Los obstáculos son necesarios, y las parábolas para amenizar la charla también. Contó varias, entre ellas la del campesino que se queja a Dios de que al plantar trigo o se enfrenta a vientos, o tempestades o a la temida sequía. "Dios le promete que ese año nada de eso sucederá. Y las semillas como no tienen contra quien luchar, se secan y no crecen. Para avanzar necesitamos vencer nuestro yo limitado".