El premio Planeta le ha dejado 601.000 euros (antes de Hacienda), dos horas de sueño y la pupila alelada de tanto flas. Pero Álvaro Pombo estaba feliz estaba feliz tras su concesión. Y la editorial, también, por el peso literario que el santanderino opone a un par de livianos precedentes. La fortuna de Matilda Turpin, que saldrá en noviembre, desentraña la estructura de la pareja en tiempos en los que la mujer ya no es la que era. Su eterno editor, Jorge Herralde, se ha quedado sin el favorito de su escudería.

--¡Ha traicionado a Herralde!

--¡Eso es una estupidez!

--Es posible, pero es cierto.

--Herralde ha editado mi obra de 23 años. ¡Tiene todos los derechos! Además, a ver qué pasa con esta... Igual es un fracaso horrible y solo vendo 50 ejemplares.

--Como publicidad, no es la mejor.

--Es una suerte haber ganado el Planeta. Un experimento muy divertido, muy divertido.

--Parece divertirse con todo. Con la Real Academia, con los premios...

--Yo soy un payaso al que le gusta la filosofía. Eso sí, en las épocas de trabajo, no voy a ninguna parte. No salgo. Quizá el secreto de que me divierta tanto es que hago poquísimas cosas.

--Pues prepárese, porque el tour del Planeta no lo aguanta ni Estopa.

--Tengo muy buena salud. Y cuando acabe la promoción desapareceré del mapa y no me encontrarán.

--Esta novela suya, dice, es una novela psicológica.

--Se le puede llamar así, sí.

--Pero a usted le aterraba lo psicológico hace un tiempo, ¿no?

--Eso es propio de alguien asustado. Y yo no me siento así. No me siento así. Creo que el análisis del alma, de la conciencia más bien, es algo que tenemos que hacer todos. Yo describo un mundo de relaciones interpersonales muy cerradas, que parte de la idea del conflicto de pareja.

--¿Matilda Turpin es usted?

--Creo que no. No.

--¿Tampoco tiene algo de su abuela, mujer emancipada por demás?

--¿De mi abuela Anita? No, no. ¡La abuela Anita nos dejó tirados! ¡Era una egoísta! Se largó a París para hacer arte y le molestaba la pesadez de los niños con pañales. Y mi Matilda es una buena mujer. Hay mucha diferencia entre emanciparse y hacer lo que te sale de las narices. Yo admiro a las mujeres que se emancipan, pero que al mismo tiempo cuidan a su prole. ¿Sabe qué hay de personal en la novela?

--No, señor.

--Un cierto ajuste de cuentas, a través del personaje de Juan Campos, con la actitud complaciente de los académicos. Con ese empeño de reproducirse a sí mismos, de escribir libros sobre libros. Están tan alejados de la realidad... Y yo defiendo la acción. La acción nos hace libres y hace al mundo inteligible.

--Hablemos de acción. ¿Qué ha echado en su guiso literario?

--Está Heidegger, y está Sartre. Pero esos siempre están... Yo nunca he salido del existencialismo. Me eduqué en él y en la lectura de poetas como Rilke, que le gustaba a Heidegger.

--Espesos ingredientes de cara a las amas de casa.

--¿...?

--Las amas de casa son, o parece ser, el público natural del premio Planeta, ¿no?

--¿La muchacha de las bragas de oro, de Marsé, es para las amas de casa? ¿Lo es Lituma en los Andes, de Vargas Llosa? ¿Y El huerto de mi amada, de Bryce Echenique?

--No se me vuelva a enojar.

--¡Yo defiendo a las amas de casa! Yo mismo lo fui durante cinco años en Londres, ja, ja... Y defiendo a la mujer lectora, que es una criatura muy interesante. En cambio, el perfil del hombre lector es tan complicado... ¡Y hay tan pocos!

--Pero, ¿ha hecho o no concesiones en función del premio?

--Mi único imperativo es el relato. Ni Herralde, ni Planeta, ni nada. ¡Solo importa el libro! Luego viene el gran guiñol de la posproducción.

--A un hombre afable como usted tampoco le disgustará.

--Soy más simpático hacia fuera que hacia dentro, ¿eh? Soy colérico. Muy solitario. Autárquico. Tengo un punto de alejamiento de la gente. Soy cáncer. Complicado, ya sabe.

--En cambio, siempre habla de afectos. Hasta los reclama.

--Prefiero que me lluevan lectores que afectos, porque los afectos tengo que tenerlos yo, ¿no? Pueden ser una plasta, si uno no quiere. En cambio, los lectores responden y corresponden a una intención narrativa que yo me he puesto. Verá, yo soy apasionado, pero no sentimental.

--Entonces, no guardará en su casa un pelo o una miga del Príncipe en una caja.

--No. Pero me pareció agradable. Cuando subí a recoger el premio, yo, que soy hipercinético, le pregunté: "¿Hacia dónde miro?". Y el Príncipe, orientándome, me aseguró: "Siempre nos acaban cazando".