UN LUGAR LLAMADO NADA.

AUTOR Amy Tan.

EDITORIAL Planeta.

PÁGINAS 528.

PRECIO 21,50 u

No hay necesidad de una larga presentación de la autora de esta novela, Amy Tan (Oakland, EEUU, 1952), pues la escritora californiana de origen chino es hoy en día una más que reconocida novelista, gracias al éxito que supuso su primera obra, El club de la buena estrella (1989), y a los otros seis libros que la siguieron, uno de los cuales, La hija del curandero (2201), se está convirtiendo actualmente en un libreto de ópera.

Su última novela, Un lugar llamado nada, es una compleja narración que encierra dos relatos diferentes, aunque sabiamente conectados. Abre y cierra el volumen la historia de Bibi Chen, la dueña de una tienda de antigüedades de San Francisco muerta en extrañas circunstancias cuando estaba a punto de conducir a un grupo de turistas por los caminos de Yunnan y de Birmania. Esta sección de la obra es sin duda la más lograda de las dos, por el propio hallazgo de tan sugestivo personaje, por la modulación intimista de la voz de Bibi Chen (que habla desde el limbo en que se halla tras abandonar su vestidura carnal), por la penetración psicológica en la evocación de sus años infantiles al cuidado de su madrastra y por la acertada construcción y ensamblaje de las piezas de la intriga.

El cuerpo de la narración cuenta las vicisitudes sufridas por el grupo de turistas que continúan su proyecto pero ahora desasistidos de la experiencia de su guía desaparecida, que solo puede acompañarlos en espíritu pero sin comunicarse con ellos. Y aquí es donde la novela deja de ser convincente debido a la yuxtaposición de dos tonos contrapuestos que no acaban de llegar a una convivencia feliz en ningún momento. Por un lado, el lector se encuentra con el relato de las desventuras del grupo de expedicionarios, cuya conducta se caracteriza por el atolondramiento y la ignorancia que los lleva a cometer contínuas torpezas y a sufrir sus consecuencias, todo dentro de un aire de comedia que recuerda las divertidas obras de David Lodge (El mundo es un pañuelo), pero eso sí, con mucha menos gracia. Y, por el otro, se topa con la irrupción del incidente fortuito que coloca al grupo en una situación extrema, utilizada sobre todo como instrumento para la denuncia de las atrocidades cometidas por la dictadura militar que gobierna Birmania, aunque tal alegato contra una realidad auténticamente estremecedora que se diluye también en el clima de gran guiñol que preside la extensa sección central del libro.

En resumen, se trata de una novela que, si se beneficia en muchos momentos de la indudable habilidad y sensibilidad de la autora, no acaba de convertirse en una obra redonda por la excesiva acumulación de elementos (paisajes exóticos y relaciones humanas, discurso político y crítica de costumbres) y por el difícil maridaje entre la tragedia (del lado birmano, del lado de la represión) y la frivolidad (del lado estadounidense, del lado de la inconstancia de una sociedad satisfecha). Aunque habría que añadir que esa tal vez sea la combinación más frecuente en el mundo actual.

CARLOS MARTÍNEZ SHAWcmshaw@elperiodico.com