En aquella ciudad de Teruel con las autoridades del régimen franquista omnipresentes en todos los actos públicos... y con el espectro de la guerra civil planeando sobre la conciencia encogida de los adultos, como la encontrara José Sanchís Sinisterra al llegar hace 40 años, se produjo un encuentro de hombres y mujeres de edades y orígenes diversos que abrió las ventanas a una verdadera revolución cultural en la mitad de los 60.

La llamada Generación Paulina, formada en la residencia San Pablo, celebró el pasado sábado su Primer Encuentro en Teruel, con más de 200 participantes y ha puesto en la calle una revista sobre la época. Recordaron la pancarta preparada para la visita del ministro Villar Palasí que iba a ser Queremos las bolas de billar, antes de que interviniera el gobernador.

Sanchís Sinisterra venía en 1967 de la Universidad de Valencia, donde ya estaba asumido, de forma irreversible el Al vent de Raimon; Eloy Fernández Clemente ya había respirado aire fresco en el Madrid universitario de mitad de la década; José Antonio Labordeta traía desde Francia y desde su juventud, toda una pedagogía liberal cuando llegó a Teruel en 1964, además de otros jóvenes profesores, como Jesús Oliver, José María Pérez Calvo, Agustín Sanmiguel... Era gente que explicaba la estructura helicoidal del ADN a muchachos adolescentes que sorprendían a los universitarios.

La Residencia de Estudiantes San Pablo para alumnos del instituto llegados desde todos los rincones de la provincia de Teruel fue el caldo de cultivo que hallaron esos profesores como si fuera un milagro. Florencio Navarrete, su fundador, había recogido el magisterio comprometido de Luis Pinilla y José María de Llanos en el Preparatorio Militar de Madrid.

Desde primero de bachiller a Preuniversitario, el San Pablo alojaba a 150 alumnos. Los mayores eran tutores de los pequeños. Había un reglamento interno que decía: Estas normas no las tomes como una obligación, sino como un consejo. Ninguno llevaba el albornoz recomendado en la lista de prendas, porque no sabían sus padres qué era un albornoz. Magüi Mira, profesora y esposa de Sanchís Sinisterra, introdujo en Teruel la minifalda.

Aunque los chicos, en su gran mayoría becados, hicieron con las libertades "más de lo que se esperaba", la disciplina "funcionaba automática". Lo recuerda Joaquín Carbonell, de quinto curso en el 66 y uno de los principales agitadores culturales del centro. Entonces cantaba con Cesáreo Hernández. "En cuanto tuve noticia de las canciones de Brassens, traídas por Sanchís, compuse mi canción de La beata".

Se editó entonces una revista interna de crítica a los profesores, en la que Federico Jiménez Losantos afilaba la pluma, y se crearon talleres de teatro, de literatura, de periodismo, de cine en los que no sólo intervenían los profesores, sino también alumnos externos, como Gonzalo Tena (ahora pintor), Manuel Pizarro, los primos de Federico Trillo, y chicas como Carmen Magallón o Pilar Navarrete, actrices en las funciones teatrales. Magallón fue La Zapatera prodigiosa, de Lorca, dirigida por Labordeta que se llevó un Segundo Premio Nacional en Orense.

El San Pablo vivió abierto a la ciudad. Tenía asignada una página en el diario Lucha que duró tres meses. La reseña sobre un partido de fútbol contra la Escuela Normal de Magisterio en la que aparecía la pregunta ¿Por qué se llamará Normal? acabó con la página y con el director del periódico, trasladado a Tenerife. Juan José Rubio, actual subdelegado del Gobierno en Teruel recuerda su cargo de alcalde del colegio como "el de más honor que he tenido nunca.

Lo dijo durante el encuentro del sábado pasado, cuando el ingeniero Antonio Aguilar recordó el día que su padre le dijo que no podría seguir en el San Pablo por no poder pagarle el internado y el director, Florencio Navarrete, le dijo que siguiera, que ya pagarían cuando pudieran. Ahora, el San Pablo es una residencia de ancianos. Carbonell ironiza: "Un día volveremos. Ahí acabaremos todos."