NOVILLOS DE PILAR MARTÍNEZ, TOTALMENTE INVÁLIDOS Y COBARDONES. FUERON PRECISOS HASTA TRES SOBREROS. ALEJANDRO ENRÍQUEZ, SILENCIO EN AMBOS; IMANOL SÁNCHEZ, OVACIÓN TRAS AVISO Y PALMAS; DAMIÁN CASTAÑO, OVACIÓN Y SILENCIO. UN TERCIO DE PLAZA. DOS HORAS Y MEDIA DE DURACIÓN.

La novillada que ayer cerró la temporada taurina en Zaragoza resultó un auténtico fiasco debido a la manifiesta inutilidad del encierro de la señora cónyuge del torero retirado Julio Aparicio.

Si hay añoranza del toreo del madrileño por aquellos que ya peinan canas, no serán legión los que echen de menos a los novillos de la ganadera. O por mejor decir, de sus herederos, que así se anuncian. ¡Pues vaya herencia!

Más que de lidia, el cargamento tuvo comportamiento lanar. Cobardones, a la defensiva y de continuo por los suelos si no estaban huyendo de las telas.

Si el bendito público que ayer se dio cita en La Misericordia para echar el cierre hubiera sido el de los tiempos de Beltrán o de Patón y su gente, quizá el estruendo se hubiera oído en la plaza de España (aunque, a veces, parezca insonorizada). Porque fueron protestados todos los novillos, se devolvieron por baldados tres y podían haber sido más.

Así que la lidia fue casi siempre irrelevante. Algunas veces un ejercicio de infamante persecución, como cuando Enríquez intentaba echarle la caña al cuarto alrededor de las tablas y otras como cuando prendió con alfileres a la piltrafilla primera, un animalillo muerto en pie.

Más trabajó Damián Castaño, que paró con el capote hasta cuatro novillos: el segundo, su sobrero, el sobrero de aquel y el quinto. Venir de Salamanca para eso. Ahora, que si no lo frenan, se marca una vuelta al ruedo. Iniciativa propia tenía el muchacho.

Completaba Imanol Sánchez, que también despachó a sus dos, lo comprometido en contrato. Y nos dejaron dos pares fetén Carlos Pacheco y José Fuentes en el cuarto, dizque la pedrea.