COMEDIA EEE

Aragonia, Augusta, Grancasa, Palafox y Yelmo.

Hay algo premeditado y calculador en La boda de mi mejor amiga. Ha sido minuciosamente diseñada para 1. Proporcionar una respuesta femenina a Resacón en Las Vegas; 2. Erigirse en la vanguardia de una nueva revolución feminista en la comedia de Hollywood, donde hasta ahora las mujeres eran marginadas o tratadas como cretinas o personajes de segunda clase, y 3. Dejar sin argumentos a quienes atacan al productor Judd Apatow por abanderar esa misoginia. Asimismo, el director Paul Feig trata de contentar a los hombres del público ofreciendo grandes momentos de comedia basada en lo escatológico y lo humillante, y de complacer a las mujeres con un tratamiento más sutil de la amistad y la crisis de mediana edad femeninas.

Aun así, pese a su desesperación por demostrar que las chicas pueden ser tan soeces como los hombres, y a la falta de sutileza con la que enfatiza las inseguridades y miserias de su protagonista a fin de que su eventual triunfo romántico resulte mucho más catártico, La boda de mi mejor amiga funciona como un adecuado correctivo de todas esas azucaradas comedias románticas sobre noviazgos y matrimonios que uno muchas veces se arrepiente de estar viendo. Y huye de eso porque construye a sus protagonistas en base a su relación entre sí y no de su dependencia de los hombres; porque lo que dramatiza de ellas no son simplemente su sensualidad o su recato sino su competitivo sentido del éxito en lo personal o lo profesional; y porque escenifica la tradición de las damas de honor no como un festival de amor y alegría sino como un teatro de la crueldad dominado por la envidia.