Los cristianos viejos suelen contemplar con cierta conmiseración a sus amigos de religión musulmana cuando rechazan ese apetitoso plato de jamón. Y en no pocas ocasiones, más antes cuando eran escasos, la conversación deriva hacia lo triste que resultan las prescripciones religiosas derivadas del Islam, especialmente sobre la prohibición de comer carne y derivados de cerdo. Pues no son tantas. Similar mirada -menos frecuente pues son menos entre nosotros- hacia quienes profesan la religión judía sobre quienes sí caen cientos de normas y ritos a la hora de alimentarse. Y bastante más complicadas de cumplir; baste recordar que en sábado no se puede cocinar. O el vegetarianismo de muchos orientales, los hindúes y su pavor por la carne de ternera. Y nosotros nos ufanamos ante nuestra universalidad en la mesa, olvidando nuestra más reciente historia. Quien haya pasado de los cincuenta recordará sin esfuerzo aquellos viernes en que para la merienda el bocadillo de chorizo de Pamplona se sustituía por chocolate o simple margarina con azúcar; como todos los viernes se comía pescado, eso sí en función de las posibilidades económicas de cada cual, fuera un entonces humilde abadejo o el lujoso marisco.

Y eso que para entonces, la segunda mitad del siglo pasado, los ritos católicos a la hora de comer ya se había relajado bastante en este nuestro país. Así que nadie se propase. Especialmente las tres religiones monoteístas surgidas de Oriente medio son largas en prescripciones alimentarias, surgidas de la necesidad, la racionalización de los recursos y la búsqueda de la higiene, entre otras. E impuestas al personal de la manera más sencilla posible, a través del poder de la religión. Hoy bastaría -basta en realidad- con la publicidad y la televisión, que ya se encarga de la necesidad de que consumamos hamburguesas, yogures, quesos, suplementos nutricionales, platos preparados, panes infumables, etc. Precisamente lo que elaboran ellos, aunque si pensar en necesidades o racionalidades de la población.

Menos risas ante quien no come jamón.