Algo más de 25 años lleva el grupo granadino Eskorzo en danza. En marcha sobre los escenarios se entiende; no practicando el plié, el relevé y el elancé. Facturando siempre unos conciertos vigorosos e incendiarios, derramando mixtura, que diría Chabuca Granda, de rock, música caribeña y negritud pura y dura. El sábado, Eskorzo actuó en el Centro Cívico Delicias, dentro del ciclo De la Raíz, y dadas las restricciones impuestas por la pandemia (espectadores sentados y bailes no permitidos), el grupo tuvo que bajar un poco su nivel de fuego escénico, no fuese que en una de estas el público se pusiera a bailar en plan zulú y diese al traste con el concierto.

Pero no crean que esa mencionada contención restó interés y brillo a la actuación de Eskorzo, máquina de ritmo y engranaje de detalles. Guitarras, bajo, batería y percusión, voces y vientos trabajaron al unísono para dar sentido a unas canciones que, si bien perdieron algo de su viveza natural, ganaron en fluidez y elocuencia. 'Cumbia caníbal', 'La pena' y 'Amenaza fantasma' formaron la trinidad de apertura. Siguieron 'Los besos que me dabas', un bullerengue colombiano con un ritmo algo más sureño; 'Ojalá estuvieras aquí', con cierre a lo Calexico; 'Paraísos artificiales', con aires de psicodelia sesentera a la española, escorada en los puentes instrumentales hacia 'Cerca de las estrellas', de Los Pequeniques, y 'Sé feliz', con más arreglos de la escuela Calexico. Y en el último tramo del concierto sonaron 'Herida abierta o cicatriz', con demasiados puntos de contacto con '¡Vente pa’ Madrid!', de Ketama; 'Camino de fuego', con ecos de la descarga 'Cómo mi ritmo no hay dos', de Cachao’; la reciente 'Siete vientos' y 'Déjame que te devore'. Y de bises de despedida, 'El que tenga el amor', suerte de vals chatarrero a lo Waits y 'Suave'.

Y el viernes, en el mismo escenario, pero como parte del festival Flamenco Zaragoza, el gaditano (Chiclana de la Frontera) Antonio Reyes despejó su cante largo y su repertorio corto, que no escaso, pues limitó mucho la variedad de sus cantes. Vino acompañado por Antonio Higuero a la guitarra, excelente instrumentista más proclive al concierto en solitario que al acompañamiento del cantaor. Antonio Reyes (¡Antonio!, le jaleaba constantemente un espectador de las primeras filas, probablemente el mismo que derrochaba olés a destiempo) inició faena por soleá, siguió por alegrías y seguirillas, entró por tangos en terrenos varios (desde el patrón canción al dramatismo de Bambino, pasando por la culebrilla valderramera), se arrancó por bulerías y dijo adiós por fandangos.

Bien, certificado queda que Reyes tiene una voz bonita y llena de posibilidades, que se nutre de lo más florido del cante (de Caracol a Morente). Pero hay que reprocharle un par de cosas: que no salga de los cantes básicos y que no renueve las letras de esos cantes; sus conciertos no solo son un sinvivir de desgracias amorosas y familiares; es que el siglo XXI exige nuevos y contemporáneos argumentos y la forma de decirlos. Entiendo que antaño, tiempo de idiolectos nacidos de la pobreza y la falta de escolarización, se cantase audencia en lugar de audiencia, pero hoy no son necesarios esos arcaísmos; sobre todo si se quiere ampliar para el flamenco el espectro de los aficionados. ¡Antonio!