Es medianoche y estoy escuchando buena música. Hace apenas tres horas me encontraba en el cine disfrutando de una estupenda película y hace apenas diez minutos he terminado la lectura de un gran libro. Abrumado por tantas emociones hermosas, me siento un privilegiado. Acaricio el volumen con mis dedos y comprendo que es imposible no caer rendido cuando se escribe desde la verdad. Es como si Eva Puyó lo contara aproximándose al oído del lector y lo susurrara, con la naturalidad de quien sabe que cada palabra está bien escogida. De que es esa, y no otra, por mucho que a tenor del contexto pudiera servir como sinónimo. Y eso hace que su libro se lea sin paradas obligadas, sino más bien como una partitura sobre la que una mano se desliza rauda y veloz sin perder delicadeza ni ocultar ninguna nota.

Las historias narradas en primera persona duelen un poco. Más de un poco, seguramente. Y supongo que tanto al que las escribe como al que las lee. Las emociones saltan por los aires, estallan y regresan renovadas, como si para poner orden fuera necesario un nuevo desorden. En esas etapas en las que el horizonte se divisa lleno de dudas y la fragilidad parece el único recurso para combatirlas, las palabras se descubren como el mejor salvavidas. Algunos episodios que quedaron grabados a fuego en la memoria son, sobre el papel, comprendidos y digeridos sin dejar de ejercer de espejos para el lector, que en ellos se mira y a los que incluso gustaría de atravesar, si se terciara. Se reconocen las presencias y se añoran las ausencias, y en ambos casos los vínculos no acaban de cerrarse, como si no fuera posible conocer de verdad a nadie, en su esencia, en sus miedos, en sus vanidades, en sus renuncias, ni siquiera a aquellas personas que continuamente actúan según lo esperado, sin salirse jamás del guion. No importa, en efecto, lo cercanas que sean: hay vida más allá de lo que los afectos cotidianos muestran.

Este texto está escrito con mucha sensibilidad, pues la autora dibuja cada situación con la mirada puesta página tras página en el conjunto de los personajes, a los que protege y cuida en su totalidad desde la calma y la templanza aun cuando los acontecimientos no dejan de golpearles y de fragmentarles. Recuperando jugosas anécdotas y frases o monsergas que ha escuchado innumerables veces, se sirve del presente para viajar al pasado, siempre teniendo a Zaragoza como principal, y casi único, escenario. De esta manera la narración de los recuerdos del ayer es clave para entender cómo quienes habitan el hoy se obstinan en continuar alejados, víctimas de una distancia que se empeña en permanecer. Sin embargo, son numerosos los elementos con los que no resulta difícil reconocerse, cosa que ocurre aun sin perder la sonrisa.

La pasión de Eva Puyó por escribir le llevó a tomar notas al comprender que algo se estaba fraguando. En lo que veía fuera y en lo que sentía dentro. Su contacto con los libros viene de atrás, porque ella siempre ha sido de las que escuchan. Y acompañada de volúmenes a los que en su trabajo de bibliotecaria les encuentra su lugar, comprende que entre cautivarse y cultivarse hay una línea muy fina, apenas una letra de más y otra de menos. Ya publicó un volumen de relatos en su día, personales, humanos, certeros, y no tardó en interpretar algunas de las reacciones generadas, en concreto las que lindaban con el silencio, el mejor cómplice cuando el pudor asoma la cabeza. Ha repetido editorial, así que es Xordica la que nos invita a disfrutar de Todos mis anhelos, título que nace de la frase que poco antes de morir pronuncia el padre y cuyo significado está abocado a tomar múltiples direcciones.

Esta es una novela que se lee con la mirada puesta en los gestos, como si en realidad todos sus protagonistas trataran de guiarse por pequeños códigos que ninguno de ellos quebranta. El lenguaje utilizado inunda de emociones cualquier hecho que a priori podría ser irrelevante, pero nada tan lejos, porque cuando el relato es minucioso y exquisito, hasta la rutina sabe escapar de las repeticiones. Me habían dicho una y otra vez que había que leer a Eva Puyó. Pues ahora soy yo el que lo dice, y también seré yo el que vaya a reafirmarse en ello una y otra vez.