Si todo poema surge en última instancia de las vivencias y recuerdos del autor, y de su relación con todo lo que le rodea, el entorno en donde se ha construido Restauro, que ha publicado Zoográfico, es sumamente atractivo: el mundo de la restauración y conservación artística, que su autor Jorge Ortiz Robla conoce profesionalmente muy de cerca y que le ha servido como marco para escribir una poesía que mira al futuro «pero también es pasado, memoria, pequeñas teselas que con palabras vamos encajando para poder completar nuestro propio mosaico», como él mismo dice en la nota final.

Ese paralelismo entre la vida y el arte de la restauración se mantiene muy vivo a lo largo de todo el libro, y le permite a Jorge Ortiz introducir en sus poemas esos gestos que fijan los detalles, los recuerdos, las miradas. Es esa mirada la que le permite decir que el progreso avanza lento, con la delicadeza de quien mima el detalle de una pieza arqueológica que hay que revivir. O la que advierte de que «el mayor peligro se fragua en tu interior», enfrentándose a las carcomas que no solamente amenazan la madera.

Estas reflexiones bajo el barniz de la restauración permiten al autor conversar con el pasado necesario, como cuando apunta que «Cualquier lenguaje / como el árbol, / para crecer necesita su raíz», pero también con su realidad más inmediata, como cuando las piedras oscurecidas del Pórtico de la Gloria en Santiago le traen el recuerdo de lo que pasa «en esta España, / cada vez más grasa, / con menos color».

Estos apuntes de vida que Jorge Ortiz va dejando a lo largo de las páginas constituyen finalmente una galería por la que pasear dejando que la vida refleje sus brillos, como una acuarela que recuerda que no es el sol el que se esconde, sino «la nube quien nos roba su presencia». Y también que «para comprender / hay que aprender a querer». Este Tratado de Conservación, como se subtitula Restauro, es una manera de empezar a hacerlo.