Elisa Victoria (Sevilla, 1985) acaba de publicar El evangelio (Blackie Books), su segunda novela tras Vozdevieja, que la confirma como una sólida voz narrativa. El evangelio es una novela sobre el tránsito hacia la vida adulta y sus dificultades a través de las vivencias de una joven maestra en un colegio católico. Hace pocos días lo presentó en Zaragoza, en un acto organizado por la librería Antígona.

-‘El evangelio’ transmite un poso de frustración de que todas las perspectivas que ofrece la vida adulta son decepcionantes.

Quería representar cómo para adaptarse al engranaje del sistema van confluyendo muchos frentes. Parece que tienes muchas opciones, pero al final todas conducen a lo mismo: adaptarte al mercado laboral y ser obediente con los mandatos. Hay poco espacio para la improvisación. Quería representarlo de una forma no muy obvia, hay muchos tentáculos diferentes del mismo monstruo.

-En su primera novela,‘ Vozdevieja’, nos adentra en las inquietudes y la visión del mundo de una niña de 9 años. En ‘El evangelio’ también hay niñas, y una veinteañera que bien podría ser la protagonista de su primer libro unos años después.

-No es intencionado, pero me doy cuenta de que ambos funcionan como un espejo. En Vozdevieja se mira el mundo con ojos infantiles, con temor y esperanza, con la ilusión de que el mundo adulto será apasionante. En El evangelio se responden las preguntas que se hacía la protagonista de Vozdevieja. Nos preguntamos cómo va a ser el mundo, pues mira, bastante decepcionante. No puedo evitar que haya temas que me obsesionen un poco y trate de explorarlos.

-Lali, la protagonista, da clases en un colegio religioso en 2006. ¿Sigue pesando tanto la religión ?

-Hay un escenario central que es un colegio católico y ahí confluyen de una forma intensa todos los tentáculos de los que hablábamos antes. En todos los colegios los hay, pero uno religioso es especialmente rígido a la hora de conducir la psicología de los niños. Sí creo que sigue teniendo peso. Hacemos como que no, pero hay una tradición que aún tiene mucha influencia. Hay una mayoría de niños que siguen atravesando esos ritos de paso que psicológicamente siguen siendo muy importantes. Te preparan dos años, la mayoría de editoriales pertenecen a órdenes religiosas y puede que no haya un mensaje evidente, pero sí hay uno que subyace.

"Quería representar cómo para adaptarse al engranaje del sistema van confluyendo muchos frentes. Parece que tienes muchas opciones, pero al final todas conducen a lo mismo: adaptarte al mercado laboral y ser obediente con los mandatos"

-Es inevitable encontrar paralelismos con ‘Las niñas’, de Pilar Palomero. ¿La ha visto?

-La he visto y me encantó. Cuando se estrenó la película el libro estaba casi hecho. Hay puntos que conectan y me parece muy interesante la perspectiva costumbrista e intimista de la película.

-Dentro de ese sistema que resulta hostil, queda bien patente también la importancia de la clase social en el porvenir.

-Es frecuente que te imagines el futuro más amable y con más posibilidades, y luego no hay tanto margen. También está muy relacionado con los recursos y las posibilidades económicas para cumplir lo que se llama "tus sueños". Esos eslóganes de que puedes conseguir todo lo que te propongas, que al final lo que vienen a decir es que los pobres son pobres porque no se esfuerzan lo bastante.. Es una falsedad. Es un milagro que alguien ascienda a esa esfera de riqueza desde abajo. Hay que ser muy hábil y hackear el sistema, porque no está hecho para que sea así. Descubrir esto es doloroso.

-Su novela es también una revisión al sistema educativo.

-Hay muchos profesores que te preparan para esa vida dura, y es injusto, porque la labor de esta gente responsable debería ser dar herramientas para sobrevivir a este mundo e intentar adaptarnos a él con cierta chispa, sin creernos del todo este cuento.

"Me parecía interesante explorar las experiencias carnales, sexo-afectivas o el conocimiento de tu propio físico y relacionar ese resultado con el origen de la educación que se da en este sentido a los niños"

-Frente a Lali, está su amiga Gloria, que es el contrapunto a ese mundo oscuro, su sostén...

-Gloria es una fuente de energía. Lali es un personaje principal muy atormentado y lleno de sentimientos contradictorios y me parecía cargante que no hubiese un personaje más amable que acompañara a la protagonista para que el libro no fuera todo el rato tortuoso. Le da un toque de humor para que el libro no sea todo el rato tan oscuro. Porque en el libro también hay luz.

-En ‘El evangelio’ las relaciones sexuales y con el propio cuerpo son una parte esencial. Hay mucho placer narrado de forma explícita, pero en muchos casos es un placer atormentado. ¿Por qué?

-Era necesario explorar ese ámbito si quería completar todo ese entramado de la problemática que nos acompaña a la hora de conocer el mundo. Suele haber muchos conflictos con la relación con el cuerpo y cómo nos relacionamos con los demás a través de él. Me parecía interesante explorar las experiencias carnales, sexoafectivas o el conocimiento de tu propio físico y relacionar ese resultado con el origen de la educación que se da en este sentido a los niños. Está por debajo de cero. También nos dan pocas herramientas, se aprende poco y afecta después. Quería tratarlo con el mismo tono que tiene el resto de la narración, natural y explícito. Sin caer en la contradicción de hacerlo yo también misterioso.

-En su novela aparecen otros tránsitos cotidianos y temporales que tienen un peso importante, como los viajes en bus urbano de la protagonista, de su barriada a la tienda de pizzas a domicilio en la que trabaja. ¿Qué importancia tienen esos trayectos?

-La periferia condiciona, y suele estar relacionada con la condición económica. También hay gente en la periferia que vive en mansiones, pero no va en transporte público. Se alcanza cierto estado de trascendencia tantas horas en un autobús. Si se hace un viaje en barco o se da la vuelta al mundo parece algo épico, pero hora y media en bus urbano parece algo de poca monta. Me parecía interesante darle otra categoría, porque todo el mundo reflexiona en ese tiempo, y además ese cálculo de las horas que te pasas en esos trayectos te hace dar cuenta de que esas pequeñas cosas tienen importancia.

-Forma parte de una generación literaria de escritoras jóvenes de gran calidad. Ana Iris Simón, Sabina Urraca, Andrea Abreu, Cristina Morales, María Fernanda Ampuero... ¿Tienen relación?

-Todas las escritoras, igual que todos los escritores, no son amigos. Me identifico de manera casual e intuitiva con Sabina Urraca o Adriana Abreu, pero también con Jorge de Cascante, por ejemplo. Ampuero es otra generación, pero su estilo me parece muy inspirador y me motiva mucho, es extremadamente expresivo y personal. Aunque haya puntos en común, cada una tiene su estilo.

"Se alcanza cierto estado de trascendencia tantas horas en un autobús. Si se hace un viaje en barco o se da la vuelta al mundo parece algo épico, pero hora y media en bus urbano parece algo de poca monta"

-¿Ha sido muy difícil escribir su segunda novela después de un debut tan aplaudido?

-Se escribe con más presión una novela después de otra que tuvo cierto éxito porque las circunstancias cambian. Escribí Vozdevieja con mucha más libertad, esperando que gustara, pero sin que hubiese nadie esperando. Saber que ahora hay gente que espera te indica que las cosas van bien, pero sentir que alguien te está mirando por encima del hombro cuando escribes da vértigo. Tuve que luchar contra esa sensación, intentando quitarme esa mirada ajena, que era una cosa nueva para mí.

-Tras un inicio tan fulgurante, ¿ya piensa en la tercera novela? ¿Se siente escritora?

Estos tiempos de presentación son intensos, difíciles de compatibilizarlos con la escritura, y más después de tanto tiempo encerrados. Al final de la promoción de Vozdevieja empecé a tomar notas para El evangelio y tengo fe de que algunas de las notitas que estoy cogiendo ahora me sirvan durante el verano que voy a descansar un poco más. Me siento escritora, disfruto mucho y tendré que volver a conjurarme para centrarme en la escritura pensando que nadie me lee.