Lucía Fumero, 30 años, hija del excelente contrabajista argentino afincado en Barcelona Horacio Fumero, tiene el mundo en el piano. Y en su voz, hermosa y matizada, que se desenvuelve en varias lenguas. Sus canciones, unas con letras y otras instrumentales, participan tanto de la vanguardia como del folclore, el jazz y la música clásica. Como instrumentista, además de poseer un amplísimo conocimiento de géneros y estilos, su toque es sinuoso, limpio y rotundo, de técnica depurada, diferenciando bien lo que tocan ambas manos. Un lujo. El jueves, ante un público escaso (lástima) pero entusiasta, abrió en Zaragoza la nueva edición del ciclo 'Piano Piano'.

Abrió con Quisiera ser un robot, de su disco Universo normal, siguió con una pieza de ambiente argentino y entró en materia brasileña con dos piezas propias: La noche y el día, inspirada en un ritmo choro, pero repleta de referencias que iban del son al swing, y Tokiski y los demonios cubanos, basada en un baião, del nordeste del país, por la que transitó el espíritu de Heitor Villa-Lobos. Extraterrestre, también de Universo normal, dio paso a Pequeño vals venezolano. Una espléndida nana nos paseó por los rincones de Albéniz y sus contemporáneos, antes de abordar una milonga del compositor argentino Carlos Aguirre. Después recreó a Duke Ellington y, brillantemente, a Egberto Gismonti, pronunciando unos obstinatos que parecían sacados del mismísimo Keith Jarrett.

Con Sonhos, de Peninha, basada en la versión que realizó Caetano Veloso, Lucía nos llevó hasta Carancho, arreglo personal de una composición de su padre. Y cerró en tiempo de bolero con Mi amor fugaz, un tributo a Benny Moré, sobre la conveniencia de no marear un amor que no tiene futuro: «Para qué perder el tiempo / Para qué volvernos locos / Si tú sabes que nosotros / No nos comprendemos ya».

Salimos con buen ánimo del concierto de Lucía, quien creo que, contrariamente al amor del bolero, ella y su piano tienen un futuro artístico espléndido. ¡Bien por ella!