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El Periódico de Aragón

El Visor de Chus Tudelilla: Los Ballets de Diaghilev en Zaragoza

La compañía de los Ballets Russes.

El 31 de enero de 1914 el diario Justicia de Calatayud incluyó en su primera página, bajo el título Curiosidades artísticas, una reflexión sobre la danza en la historia de la humanidad: «En los momentos actuales, dos tendencias completamente diversas marcan la marcha progresiva del arte coreográfico: una, las tendencias individuales de Isadora Duncan, la bailarina de los pies descalzos, la que pretende resucitar las danzas griegas; la otra la que personifican los bailarines y bailarinas de los bailes rusos, tan en boga en todas partes, y que en el mismo París tanto entusiasmaron al público». 

El estallido de la Primera Guerra Mundial, en julio de 1914, disolvió la compañía itinerante de los Ballets Russes hasta que su director, Sergei Diaghilev, pudo recomponerla tras el contrato firmado, en enero de 1916, con el empresario norteamericano Otto Kahn. Sabedor del regreso a los escenarios de los Ballets, el conde de Cazal, encargado de la Comisaría Regia del Teatro Real de Madrid, con el apoyo de Alfonso XIII, les invitó a España. El 26 de mayo el Teatro Real de Madrid acogió el estreno que sorprendió gratamente a un público deseoso de novedad; pero los resultados de taquilla no se correspondieron con el entusiasmo que los Ballets Russes suscitaron en crítica y público, sobre todo en la primera temporada, lo que influyó negativamente en las siguientes con los mismos programas, sin apenas figuras importantes y el cuerpo de baile muy reducido. De modo que, a pesar de las palabras de Ortega y Gasset: «Toda una generación le debe las únicas horas de pleno goce estético que le han sido concedidas», y de su decidido impulso a la configuración de los lenguajes de vanguardia en España, Diaghilev se vio obligado a programar una gira por diferentes ciudades entre abril y junio de 1918, junto a los empresarios teatrales Arturo Serrano y Méndez Vigo. En Zaragoza actuaron en el Teatro Principal la noche del sábado 20 de abril, el domingo 21 en sesión de tarde, y de noche el martes 23; para evitar sorpresas, la publicidad empezó a comienzos de febrero en casi todos los diarios y una semana antes, se aseguraba que las localidades casi estaban agotadas. Del éxito de la compañía, que nunca actuó en Rusia ni todos sus integrantes eran rusos, el público estaba al tanto por las noticias publicadas en la prensa zaragozana. En junio de 1917 coincidieron dos reseñas: el Diario de Avisos se hico eco del gran éxito de los bailes rusos en el Teatro Real, con la asistencia de la familia real; y en el comentario a la Exposición Nacional de Bellas Artes para La Crónica, José García Mercadal mencionó su asistencia a «los justamente afamados bailes rusos».

El Teatro Principal de Zaragoza. EL PERIÓDICO

El 4 de febrero de 1918 el Diario de Avisos informó de la gira organizada por Arturo Serrano, «un espectáculo único en el mundo» que «supera a todo lo conocido hasta el día»; para disfrutarlo en Zaragoza solo se precisaba el acuerdo con el Sr. Romeo, gerente del Teatro Principal. A mediados de marzo se confirmó el contrato para una representación el 20 de abril. Muy pronto comenzó a gestionarse la posibilidad de una segunda función para el día siguiente por la tarde; al tiempo que se anunciaba la dirección musical de Joaquín Turina, a propuesta de Falla, y la participación de 162 músicos del Teatro Real, de la Sinfónica y de la Filarmónica de Madrid. El 21 de abril, los periódicos incluyeron los primeros comentarios al programa del día anterior. «Con extraordinaria brillantez se celebró anoche la primera representación (...) Carnaval sirvió para presentar la compañía al público de Zaragoza. Carnaval es una de las obras más conocidas de Schumann y para llevarla al teatro ha sido preciso que los grandes compositores rusos la orquesten, con lo cual la obra si pierde en finura, gana en brillantez. Fokine ha dado vida al Carnaval, componiendo unas escenas románticas, mitad danzas y mitad mímica, de tal sutileza y galanura, que se asemeja a una porcelana de Sèvres. Sherezade es una de las adaptaciones más afortunadas de los Bailes Rusos. Lo verdaderamente admirable de la obra, es la unidad de ambiente entre la música y la parte mímica. Cada momento de la admirable partitura de Rimsky-Korsakov está maravillosamente subrayado por la pantomima, dando verdadera sensación oriental, ya sensual en la danza de las tres odaliscas, ya de bacanal frenética en las danzas de conjunto, ya dramática en la muerte en la muerte de la favorita. El festín es puramente de virtuosismo coreográfico. La primera danza, tomada de una ópera inédita de Músorgski tiene ambiente popular. La segunda, menos interesante como música, es un paso a dos dificilísimo como baile y solo los grandes artistas pueden danzar este trozo erizado de dificultades. ¿Quién no conoce Las danzas del príncipe Igor? Estas danzas constituyen uno de los trozos más luminosos y vibrantes de la escuela rusa. Toda su luminosidad, su fiereza y su salvajismo están aun aumentados con la coreografía de Fokine, verdadero alarde de arte, modelo de danza viril y al mismo tiempo de finura en la intervención de las mujeres. Se creería uno, al ver esta obra, transportado al pleno ambiente popular ruso. La sala estaba brillantísima, ofreciendo un aspecto deslumbrador, ocupando en su totalidad todos los palcos y plateas y buen número de butacas y localidades altas, todo el Zaragoza amante del buen arte. (...) Es verdaderamente espléndida la presentación de estos Ballets, no sabiendo qué apreciar más si la riqueza artística de sus trajes, del decorado, verdadera revolución en el arte escenográfico, la gran combinación de luces o los movimientos» (Diario de Avisos). 

Una actuación de los Ballets Russes. EL PERIÓDICO

Al éxito de la primera función, siguió el de la segunda, con el programa: Les Sylphides, de Chopin; Sol de la noche, de Rimsky-Korsakov; Espectro de la rosa, de Von Weber; y Cléopâtre, de varios compositores; lo que animó a programar una tercera actuación, a precios reducidos, para la noche del 23 con las obras Thamar, de Balakirev; Papillons, de Schumann; y de nuevo Sol de la noche y Cléopâtre. El 11 de mayo, la revista Aragón aludió a la pobreza de los espectáculos que se habían visto en Zaragoza. Si en los escenarios de Madrid o de Barcelona «se movían 60 bailarines de ambos sexos y más de 200 comparsas», aquí «apenas si figuraba la cuarta parte entre verdaderos bailarines y meros figurantes» aunque «bastantes para demostrar lo insuperable de su arte mágico». «Massine, la Lopokova especialmente y los demás también, parecían en algunos momentos emancipados de la ley de gravedad». No trascendió en prensa el accidente que sufrió el bailarín Gavrilov cuando en uno de sus saltos traspasó con el pie la madera del escenario.  

La Voz de Aragón publicó el 19 de noviembre de 1930 el artículo de Julián Laínez dedicado a la exposición de maquetas y decorados de los Ballets Russes en París. Tras lamentar la muerte de Diaghilev, en 1929, y la dispersión y pérdida de muchos de los decorados, elogió su decisiva aportación a la danza y su vinculación con el resto de las artes. En 1944, Turina recordó la gira con los Ballets Russes por España: «No, nunca se verá nada parecido, pues será muy difícil reunir, no ya los elementos, sino la organización y dirección de un Diaghilev» (...) «Y aquel racimo de seres, tropa errante, sin ninguna cualidad aparente, se transformaba completamente por la varita mágica de Diaghilev y por el reflejo luminoso de los focos, haciéndonos estremecer en el trágico episodio del cruel Thamar; nos descubría todo un mundo fantástico, en la deslumbrante Sherezade; nos llevaba al más puro romanticismo en el Carnaval de Schumann; nos hacía soñar en poética noche al ver las evoluciones ingrávidas, cual figurinas de porcelana, de las chopinescas Sílfides; y nos restituía a los tiempos de Cleopatra con bulliciosa bacanal».  

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