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El Periódico de Aragón

GUARDANDO LAS DISTANCIAS

Guardando las distancias: Lo más perfecto posible

El tiempo ha dejado en el imaginario que la democracia ateniense era casi perfecta

Una recreación ateniense de la época.

Una recurrencia habitual en ciertas conversaciones de política y, sobre todo, cuando se quiere minusvalorar (si no despreciar) el actual sistema, es soltar la frasecita de «es que se debería hacer como en Atenas». Como la democracia ateniense de los siglos V y IV aC, que ha llegado a nuestros días como el mejor ejemplo de democracia directa en contraposición a la representativa que es la que vivimos en la actualidad en la mayoría de países del mundo, entre ellos España. Pero, ¿cuánto sabemos realmente de aquel sistema de gobierno?

La editorial Capitán Swing acaba de publicar en castellano La democracia ateniense en la época de Demóstenes que Mogens H. Hansen ya sacó a la calle en 1991. Una obra absolutamente abrumadora en cuanto a los datos que ofrece, las fuentes en las que bucea y, quizá lo más interesante para el lector y el público al uso, en cuanto a una explicación pormenorizada de lo que era y lo que no era la democracia ateniense, sin esquivar las cuestiones de cuánto de perfecto era un sistema del que mucha gente habla.

La realidad es que era una democracia directa a través de una Asamblea (era la que, por simplificar, aprobaba las decisiones que se tomaban en la ciudad) en la que podían participar todos los hombres ciudadanos, mayores de 20 años y que fueran libres. Es decir, no toda la población podía formar parte de esta democracia directa, aunque sí es cierto que dentro de la Asamblea no había impedimento ni para dar tu opinión ni para votar.

El tiempo ha dejado en el imaginario que la democracia ateniense era casi perfecta. No, no lo era pero sí que es cierto que sí que es sin mucho lugar a dudas la democracia directa más perfecta conocida hasta la fecha. Intentos ha habido más a lo largo de la Historia, alguno reciente, con casos concretos como la Constitución que Islandia propuso construir entre toda la población, pero el de Atenas es el que ha trascendido por motivos que el propio Mogens H. Hansen (el libro, por cierto, llega con la traducción realizada por Andrés de Francisco que también es el autor de la introducción) explica con detalle.

Acercarse a este sistema política exige una reflexión más profunda que lleva directamente a la realidad de quién marca las líneas de poder y quién decide en la legislación. Algo que quizá podría plantearse en el sector cultural y que entronca directamente con la ley de derechos culturales de la que se está hablando últimamente.

Nueva manera de concebir la cultura

Es evidente que la política cultural viene marcada por los sucesivos gobiernos que están al frente de cada una de las instituciones pero quizá sea el momento de construir un sector que esté más cerca de la perfección. Puede que haya llegado el momento de que la voz empiece a ser compartida y aunque las líneas vengan marcadas desde un programa concreto, se le dé voz no solo a los creadores y a los espectadores sino que también se les dé la oportunidad de generar sus propias políticas con los apoyos justos y necesarios.

Quizá de todo eso, de buscar un sistema más perfecto, e intentar implicar a buena parte de la sociedad surgió la democracia ateniense. Y, probablemente, de estar en un periodo de cambios y en un siglo XXI convulso debería salir una nueva manera de concebir la cultura acorde con los tiempos que se están viviendo y que ya se está empezando a imponer en buena parte de Europa. Sin duda, no es el momento de quedarse a medio camino ni de decisiones volubles. 

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