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El Periódico de Aragón

Guardando las distancias: De tiburones y peces pequeños

La precariedad intrínseca al sector tiene también un componente cultural educativo

El Jardín de Invierno de Zaragoza se ha recuperado como escenario. ANDREEA VORNICU

Vuelven los grandes festivales, los eventos, las celebraciones colectivas sin mascarillas mediante y parece que todo se llena de brotes verdes. Este mismo fin de semana, en Zaragoza La Romareda ha vuelto a abrirse a la música (al final, a pesar de las dudas, se llenó el estadio prácticamente) y la Noche en blanco ha regresado a su cita anual ya sin restricciones demostrando una vez más su poder de atracción. Pero, además, ahí tenemos el festival Música al raso en el Jardín de Invierno o el propio Príncipe Felipe que hoy debuta con una batalla de gallos que tiene previsto congregar a miles de personas.

Creo que es evidente, los grandes recintos (teniendo en cuenta los conciertos que, de momento, se quieren detener en Zaragoza a la espera de ese nuevo campo que, de momento, es futurible y no presente) no son el problema. De hecho, con el paso de los años se han ido recuperando espacios y han ido funcionando (más o menos, esto es cultura) bien. Pero... ¿y qué está pasando con los recintos de mediana o baja capacidad? Al principio de la pandemia, cuando el sector sufrió el parón obligado y la preocupación por su futuro parecía instalada en la mayoría de la población, en este mismo espacio, ya planteé que la verdadera preocupación habría que tenerla por las empresas y propuestas que no llegaban al gran público. Era obvio que el gran artista no solo iba a tener el gran público detrás esperándole sino que tenía un gran colchón económico al que agarrarse.

La pandemia no es pasado pero las restricciones han ido desapareciendo y el sector cultural ha vuelto por todo lo alto, con una gran actividad y, las cosas como son, quizá con menos bajas que las que se podían pronosticar (nunca hay que subestimar la resiliencia que tienen los que trabajan en la cultura). El resultado está siendo una sobreoferta de programación y, básicamente, que los grandes festivales (adaptando el término a la comunidad aragonesa) se están comiendo al pez chico. No hay que pecar de alarmistas pero yo sí creo que, a día de hoy, corre peligro todo ese ecosistema de pequeñas salas que se están encontrando en un buen número de casos como su programación no está teniendo la respuesta necesaria para mirar hacia adelante con optimismo.

Desacostumbrarse a ir a conciertos en las salas de música tenía un peligro mucho más profundo que el que se estaba planteando en ese momento

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La respuesta sencilla a esta cuestión sería que todo el problema pasa porque no hay público para tantas citas y que, al final, los grandes escenarios, acaban atrayendo más gente (también por los artistas) y estrangulando el resto de la oferta.

No creo que solo haya una causa para todo esto, no debemos dejar de lado las cuestiones económicas (con la inflación disparada y los precios creciendo) ni otros aspectos, pero tampoco hay que dejar de lado que la precariedad intrínseca al sector tiene también un componente cultural educativo que, hasta el momento, no parece que haya mucho interés en combatir de verdad.

En plena pandemia, cuando las salas fueron las últimas en poder programar con normalidad (cosas de las autoridades sanitarias), se alertaba también del peligro de que lo que no se ve, no existe, y desacostumbrarse a ir a conciertos en las salas de música tenía un peligro mucho más profundo que el que se estaba planteando en ese momento. ¿Hemos llegado a ese punto? ¿Estamos simplemente ante un ajuste de oferta y demanda o ante los últimos coletazos de la pandemia que hace que todavía cierta parte del público se quede en casa? Pregunten a su alrededor cuándo fue la última vez que han ido a una sala de conciertos. 

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