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El Periódico de Aragón

ENTREVISTA

Nuria Labari (autora de 'El último hombre blanco'): «El trabajo hace que aceptemos muchas realidades sin cuestionarlas»

La escritora construye una novela en la que cuestiona la igualdad entendida como la asimilación

Nuria Labari en su reciente visita a Zaragoza para presentar ‘El último hombre blanco’. ANDREEA VORNICU

La protagonista de 'El último hombre blanco' (Random House), de Nuria Labari, se ha convertido en un «hombre de negocios» en un proceso de transformación que su autora tiene claro que tiene que ver más con la «asimilación» que con la «igualdad mal entendida».

 –¿Por qué este odio contra el sistema?

–La gente me lo pregunta mucho pero ya sabéis la respuesta, es una pregunta retórica, ¿no? Este libro es para todas las personas que camino del trabajo sintieron un día que se habían perdido. Como yo soy una de esas personas que se perdió y que he sentido que haciendo todas las cosas bien puede uno sentirse cada vez peor, he visto que es una paradoja muy extraña que requería pensar.

 –¿Qué hemos hecho mal?

–Casi todo… No pensar por nosotros mismos. 3.000 años después de la máxima griega de conócete a ti mismo seguimos creyendo que estudiamos inglés porque se nos ha ocurrido. Estudiamos esta carrera en lugar de hacer otra cosa por un montón de prejuicios que tenemos dentro en una especie de tratar de encajar en un sistema al que le van a gustar estas cosas. El Dios del trabajo es la última religión que nos queda y como en toda religión es el lugar donde no nos hacemos preguntas.

«Es un libro contra la igualdad como nos la están vendiendo que es una asimilación»

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  –¿El Dios del trabajo?

–Nuestras madres y abuelas nos explicaban casi con orgullo todo lo que han aguantado en su pareja. De esa clase de relaciones tóxicas parece que nos hemos liberado, pero el trabajo sí es ese lugar donde no vamos a cambiar las cosas ni casi vamos a pensar sobre ellas. Vamos a aguantar lo que nos echen y a no protestar, a aceptar un montón de prejuicios que no nos hemos atrevido a pensar y donde no pensamos no hay folios en blanco, son vertederos de prejuicios. El trabajo hace que aceptemos un montón de realidades sin cuestionarlas, convirtiendo el trabajo en una prisión mental. Vas aceptando todo sin querer ver siquiera la sumisión que te supone.

 –¿Habla de derechos?

–Los hombres aceptaron sin protestar que al nacer su hijo tenían tres días de derecho. Ahora da risa pero esto ha sido hasta hace una década. No es que se aceptara sino que no se pensaba sobre esto, fue casi una demanda de las mujeres. El trabajo está lleno de toxicidad siendo que ya ni nos garantiza el bienestar ni salir de la precariedad ni la sostenibilidad, está aniquilando nuestro planeta. Nuestra manera de producir es dañina en todos los sentidos pero imagino que no lo estábamos pensando, no me preguntes por qué.

«Es el viaje de una mujer que se convierte en hombre sin cirugía y sin hormonas»

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 –Explíqueme eso de que es un libro contra la igualdad.

–Es un libro contra la igualdad entendida como nos la están vendiendo que es en realidad una asimilación. En el mundo laboral lo que ha habido es una aniquilación de todo lo femenino, de hecho, se concibió un espacio donde no podían entrar las mujeres, el cuerpo femenino no podía entrar en el entorno laboral y mucho menos en el poder. Y eso quería decir que en el trabajo no cabía la intuición, era el reino de la decisión racional, ni el llanto ni la empatía ni las relaciones horizontales ni tantos valores… Ni el cuerpo por supuesto.

 –¿A qué se refiere con que no cabe el cuerpo en el trabajo?

–De hecho, los trabajos que se hacen con el cuerpo que tradicionalmente eran femeninos como los cuidados o la prostitución se pagan incluso distinto. El lugar de la autoridad racional era el de los hombres, el cabeza de familia es el que trabaja de la nuez para arriba.

 –Sin pensar en las mujeres, claro.

–Hay una gran aniquilación de lo femenino y lo hemos aceptado como normal. Cuando las mujeres empiezan a trabajar se vive una asimilación, les dicen ‘podéis venir a hacer como los chicos’. Aquí nadie tiene la regla, he visto más rayas de cocaína en mi trabajo que compresas y copas menstruales. Por ejemplo, la conciliación que te venden es congelarte los óvulos y entra como medidas conciliadoras y para fomentar la igualdad. Esa igualdad no ha tenido un camino a la inversa. Nadie le dijo a los tíos que tenían que asimilarse a las mujeres, tareas que siguen recayendo en ellas. A nadie se le ha ocurrido que la igualdad tiene que ser un movimiento circular, no se trata de igualar a las personas sino en igualar a las mujeres convirtiéndolas en igual que los hombres y a nosotras esto nos está costando la vida y la salud.

"Una minoría nunca puede cambiar las reglas, solo cumplirlas o igualarse"

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–Es ambiciosa, dice que tienen que reventar el sistema desde dentro una vez que ya han llegado a él.

–Sí, pero reventarlo juntos, ¿eh? Los hombres que sientan eso son bienvenidos. Una minoría nunca puede cambiar las reglas, solo cumplirlas o igualarse. Ahora las mujeres no estamos en igualdad, hay una brecha salarial grande, solo el 35% somos consejeras en grandes empresas… pero ya no somos una minoría. Creo que cada vez más hay mujeres en el trabajo y en el poder que no quieren conseguir el poder para igualarse al de los chicos sino para cambiarlo, el poder como verbo, hacer cosas y actuar cosas.

 –A pesar de todo esto, ‘El último hombre blanco’ no deja de ser una novela.

–Es un poco Kakfa. Es el viaje de una mujer que se convierte en hombre sin cirugía, sin hormonas y sin vestir como un hombre, es una torsión de la personalidad que plantea qué es ser hombre y qué es ser mujer. No creo que esté vinculado a una genitalidad ni a la forma de vestirse. Transformar un personaje de mujer a hombre a golpe de identidad ha sido un trabajo de ficción muy costoso. 

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