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El Periódico de Aragón

El Visor de Chus Tudelilla: Archer M. Huntington de viaje por Aragón (I). Teruel y Zaragoza

Imagen de Huntington en su viaje por España. EL PERIÓDICO

El 18 de mayo de 1904 se formalizó en Nueva York el acta fundacional de la Hispanic Society of America, una «biblioteca con museo» para fomentar el estudio de las lenguas, la literatura y la historia españolas y portuguesas. El deseo que su fundador, Archer Milton Huntington (1870-1955), había expresado en su diario, el 12 de julio de 1882, se hizo realidad el 20 de enero de 1908, cuando la Hispanic se inauguró oficialmente. «Estuve leyendo el catálogo hasta que ya no veía nada y luego me fui a la cama. No creo que haya una cosa tan espléndida como un museo. Me gustaría vivir en uno». El catálogo al que hacía referencia pudo ser el de la National Gallery de Londres o quizás el del Louvre de París. En cualquier caso, en aquel primer viaje a Europa, Huntington adquirió en Londres un libro que determinó su pasión por la cultura hispánica: 'Los Zincali (los gitanos de España)', editado en 1941, de Georges Borrow. Quizás más que el libro lo que llamó la atención de Huntington fue la personalidad de su autor, un viajero inglés que permaneció en Portugal y España entre 1835 y 1840 como vendedor, traductor y editor de biblias protestantes, lo que motivó su encierro en la cárcel de Sevilla donde escribió, animado por Richard Ford, 'La Biblia en España' (1842), un exitoso libro de viajes que difundió la imagen medievalizada de España en la España del Romanticismo. Inspirado por Borrow, Huntington comenzó a planificar el proyecto de crear un museo dedicado a la cultura española. 

Primer viaje a España en 1892

En junio de 1892, Archer M. Huntington realizó por fin su primer viaje a España en compañía del profesor William I. Knapp, de la Universidad de Yale. Resultado de su experiencia es el libro 'A Note-Book in Northern Spain... Illustrated' (1898) que recoge una selección de las notas escritas en sus diarios y de las cartas que envió a su madre, aliada y cómplice de todas sus inquietudes, ilustrado con dibujos, grabados y fotografías. El viaje comienza en Galicia y finaliza en Roncesvalles, siguiendo diferentes etapas: La Coruña y Santiago, Plasencia, Madrid, Calatayud, Teruel, Zaragoza, Huesca, Jaca, Panticosa, San Juan de la Peña, Leyre, Pamplona y Estella. Pudo llegar a Calatayud en torno a septiembre y salir hacia Leyre en octubre. De sus primeras impresiones en España cabe señalar su convencimiento de que solo el contacto directo permite conocer los rasgos comunes que identifican a cada país y aquellos que distinguen a las diferentes regiones, pues España «es, en más de un sentido una nación compuesta y, como tal, resulta más difícil de ver y de conocer en su totalidad (...) Cataluña, Aragón, Castilla y Andalucía no son meros términos geográficos. Cada uno presenta su distintivo carácter nacional y especial. La tradición, las costumbres, los deportes, la indumentaria, tienen su peculiar expresión y diferencia local». De entrada, escribió, en España no hay tanto color y romance del que se habla, en comparación con su ambiente extraño y sombrío; no le pasó inadvertido el desinterés del país por las opiniones ajenas; y muy pronto captó la ausencia absoluta de carácter comercial, de consecuencias tan negativas para la proyección de España en el mundo, así como la precaria y atrasada red de comunicaciones ferroviarias que, sin duda, se fortalecería con una línea interior y otra en la costa mediterránea que uniera Cádiz con Barcelona. De ferrocarriles sabía mucho por la experiencia de su padre adoptivo, Collis Potter Huntington, constructor de las principales líneas norteamericanas. Casualmente Archer M. Huntington viajó en el mismo compartimento del tren que le condujo de Madrid a Calatayud, con el ingeniero jefe de la línea de ferrocarril Huesca-Canfranc, que iba a convertirse en la ruta más corta a París. La conversación derivó de los múltiples problemas financieros a las vivencias personales del ingeniero, natural del Sobrarbe. A Calatayud, ciudad de torres y gráciles espadañas, llegaron a la hora de la cena. Al día siguiente, jornada en Teruel ante los amantes momificados, sostenidos en pie mediante artilugios y vestidos con ligeras faldas de gasa. Una leyenda que, opinó, acaba en escaparate y disparate. No faltan en las notas de Huntington la cita al drama romántico 'Los amantes de Teruel' (1837) de Juan Eugenio Hartzenbusch, y la fotografía que ilustra el lamentable estado de conservación de los amantes.

Imagen de Anselmo Coyne de El Pilar en el año 1892. EL PERIÓDICO

El Pilar, "iglesia gigante y fea"

De Teruel a Zaragoza: una ciudad romana, cristiana, musulmana y aragonesa, donde la Iglesia ha puesto su sello, escribe. Procesiones, olor a incienso en cada esquina, rezos y cánticos. Visita a La Seo y al Pilar. No le gustan, pese al valor de las reliquias que atesoran, las más importantes de la Iglesia española: La Seo demasiado severa y nada hermosa, al contrario que su torre afilada y delicado enladrillado; y el Pilar iglesia gigantesca y fea, de estructura pesada y techumbre decorada con tejas acampanadas, cuyo frío interior de gran clasicismo solo queda redimido por el maravilloso retablo mayor de Forment. Al salir del Pilar se fija en las mujeres que venden tiras de pastelería junto a la Lonja, uno de los lugares de mayor interés, y en las muchachas que cogen el agua de la fuente que hay en la plaza, una escena pintoresca que se repite en el norte de España. El Ebro es fangoso y amarillo, un buen río después de la lluvia, que ofrece al viajero excelentes vistas a lo largo de su extenso curso. La mejor vista de Zaragoza, estima, es desde el puente con el río fluyendo por debajo, y la ciudad desplegándose al frente con las catedrales a ambos lados, y las torres de la Magdalena, de San Pablo, de San Gil y tantas otras, alzándose al fondo, e incluso «el gran Pilar, grabado en masas más audaces, pierde su baratura de oropel en la grandeza delineada de sus altas cúpulas y pináculos elevados».  

Plaza de la Seo (1895). La Lonja y la Fuente de la Samaritana en uso. EL PERIÓDICO

Amantes de las artes y las letras

Considerando todos los atractivos de Zaragoza, Huntington sospechó que los viajeros no pasarían mucho tiempo en la ciudad; el justo para contemplar sus monumentos, la arquitectura mudéjar, el río y la gente que pasea por el Coso. Solo se detendrán el arquitecto y el historiador. En cuanto a los aragoneses de hoy, señala, son amantes de las artes y las letras, son fuertes, luchadores y vigorosos, bebedores de vino puro y aguardiente. En su opinión, no se corresponden con el tipo español, en el sentido castellano. Su lenguaje es menos puro, sus modales más rudos, sus bromas toscas y directas, pero son buenos, íntegros y serios y se puede confiar en ellos. En el comercio han aprendido más que los castellanos, menos que los catalanes, mantienen ligera esencia de la tradición árabe, y algo han recibido de los vascos y de los franceses. Coincidió la estancia de Huntington en Zaragoza con el proceso de demolición de la Torre Nueva que observó desde la altura de varios edificios. En su archivo queda para el triste recuerdo la fotografía que de la famosa torre inclinada de Zaragoza hiciera Clifford, en torno a 1860.

A las siete de una mañana luminosa de finales de septiembre de 1892, Archer M. Huntington dejó Zaragoza con dirección a la provincia de Huesca. 

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