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El Visor de Chus Tudelilla: Archer M. Huntington de viaje por Aragón (II). Huesca

Fragmento de 'La campana de Huesca', de José Casado del Alisal (1880).

A las siete de una mañana luminosa de finales de septiembre de 1892, Archer M. Huntington (1870-1955), fundador de la Hispanic Society of America, dejó Zaragoza con dirección a la provincia de Huesca, en el que fue su primer viaje a España. La selección de notas de su diario y de cartas a su madre que publicaría en el libro 'A Note-Book in Northern Spain... Illustrated' (1898) son el mejor testimonio del enorme interés de Huntington por conocer un país que estudió antes de visitarlo lo que, sin duda, le ayudó en las descripciones de determinados monumentos o en el relato de historias y leyendas protagonizadas por personajes relevantes. Consciente de que la documentación no es suficiente para captar la esencia, Huntington emprendió el viaje para saber y superar tópicos. La cita de Emerson que eligió para abrir su libro deja claras las intenciones: «Un hombre ha estado en España. Los actos y pensamientos que el viajero ha encontrado en este país se asientan gradualmente en un conjunto determinado y no en otro. Eso es lo que sabe y tiene que decir de España. No puede asegurarlo hasta que haya transcurrido un tiempo suficiente para componer las partes». 

Huntington sabía que solo el contacto directo permite conocer los rasgos comunes que identifican a cada país y aquellos que distinguen a las diferentes regiones, e incluso a las distintas provincias. Volvió a comprobarlo, al menos en la indumentaria, en el tren de Lérida que le condujo de Zaragoza a Huesca: algunos campesinos llevaban un traje que era distintivo de los Pirineos. La provincia de Huesca, escribió, ofrece nuevas facetas: aunque menos rica que otras en rarezas y maravillas del arte es famosa por su gente robusta y hacedora de leyes, y por unos cuantos monumentos sólidos y austeros. Un país de montaña árida el de Huesca que conserva gente primitiva en sus pueblos primitivos, y atesora trajes y peculiaridades nativas que están desapareciendo, o que ya lo han hecho en las zonas más transitadas. Entre los lugares donde abundan tipos y tradiciones, cita Barbastro, Benabarre, Boltaña, Fraga, Jaca y Sariñena. Desde su excursión a la ermita de San Jorge, avista la ciudad de Huesca, cuyas casas no están cubiertas con alegres tejas rojas sino que tienen un aspecto amarillento y embarrado. En su paseo por la ciudad entra en una imprenta antigua, con muchos papeles y suciedad en el suelo, impregnada del aroma a tabaco, donde se edita El Diario de Huesca; a continuación visita la iglesia, la catedral y el museo, y queda defraudado por el relato de la Campana de Huesca donde acude en compañía de un guía lisiado.

Catedral de Huesca.

Viaje en tartana hacia Monte Aragón

Tras pasar la noche en una improvisada cama de sillas, en infructuosa tentativa de escapar de los bichos, se levanta al alba y a las 6.40 horas continúa el viaje en tartana hacia Monte Aragón, que encuentra en ruinas y despojado del retablo de Gil Morlanes, que Huntington atribuye por error a Forment. A las 12.00 horas toma la diligencia a Jaca, en compañía de un montañés y un cura enredados en sus denuncias al Gobierno. El paisaje mantiene su habitual aspecto seco y estéril, solo árboles a ambos lados del camino. Tras parar en Ayerbe y Bernués, la diligencia llega a las 20.00 horas a Jaca donde, al día siguiente, Huntington visita Santa Orosia y de regreso a la ciudad, camino de la fonda donde se hospeda, es testigo de la celebración de un bautizo que describe con todo detalle: multitud de niños andrajosos, sucios y poco saludables, pequeños montañeses que, arremolinados, piden y se disputan la calderilla. Siguiendo el consejo que le habían dado en Huesca queda con el Padre Félix, autor de un estudio sobre San Juan de la Peña, motivo de su viaje, que le propone visitar juntos el monasterio. Antes de partir hacia Panticosa, Huntington describe la habitación de la fonda, llena de objetos artísticos: cuadros de delfines azules de lenguas rojas y ojos ardientes, dos retratos de Sagasta y pequeños jarrones en las dos estrechas estanterías colgadas sobre la cabecera del lecho.  

Las notas sobre el paisaje ocuparán el diario de Huntington durante su trayecto hasta el balneario; parada en Biescas para dormir, después de compartir conversaciones en el Casino, donde conoce a través del periódico el avance de la epidemia de cólera en Europa y la historia del Gigante Aragonés, y discusiones sobre la ingeniería inglesa y norteamericana, hasta que el cuarto se llena de humo y los vasos se vacían. Al alba, cuando las campanas tañen a misa, Huntington sigue viaje hacia el pueblo de Panticosa, un lugar pequeño y bonito con noventa o cien casas, apelotonadas encima de la iglesia. El frío obliga a que los caballos sudorosos no permanezcan mucho tiempo parados, y continúan hasta el Balneario, solitario ya, una vez finalizada la temporada. Hay que haber visto los Pirineos, escribe, para darse cuenta de su influencia en el carácter y la historia del pueblo español. Huntington deambula por el lugar desierto durante una hora. En la fachada de la Fonda Española y Francesa lee que se encuentran a 1637 m de altura sobre el mar. Y como indica el reloj de la Casa de Inhalación, a las 11.00 horas salen hacia Biescas para almorzar; saluda a sus nuevos amigos del Casino que siguen enzarzados en la discusión de la noche anterior.  

Santiago Ramón y Cajal, claustro del monasterio de San Juan de la Peña.

Camino de San Juan de la Peña

De Biescas a Jaca, para acudir a San Juan de la Peña. Incluso la mula parece impresionada por la grandeza natural del paisaje, escribe Huntington, llevado por la atmósfera romántica de la mañana, y la quietud y la luz singular, hasta que su chófer Leopoldo rompe la ensoñación del momento cuando le informa que han olvidado el almuerzo en Jaca debido a las prisas por llegar al monasterio. A las 8.30 horas encuentran una pequeña venta, quitan los aparejos a la mula, y habiendo alcanzado los límites del camino de carros siguen a pie hasta el llamado Nuevo Convento donde vive una familia. Ansioso por ver el monasterio, Huntington decide no almorzar y sigue al muchacho que tiene las llaves del monasterio. «Allí estaba, agazapado y colgando de una repisa rocosa, vigilando las paredes del valle, solemne y silencioso, el lugar del último descanso de los antiguos reyes de Aragón». Huntington considera, y así lo escribe, que el interés histórico asociado al monasterio ha podido ser sobreestimado, pero cuando las vidas de las personas que allí están enterradas se estudien en profundidad y se pongan sus detalles al descubierto, quizás ese montón de huesos reales atraiga la atención que merece. Como así ha sido. La descripción del monasterio se enreda con detalles de su historia en las notas que Huntington tomó, como es lo habitual en su diario y cartas. De regreso a Jaca, dos horas después, prepara la subida al monte Oroel para el día siguiente, martes 4 de octubre, donde visitará a la Virgen de la Cueva, lugar en el que, según la tradición, se proclamó la independencia del Sobrarbe. En el fondo de la cueva encontró una zona amurallada para formar la iglesia, en cuyo interior se había colocado un altar con «los habituales adornos de mal gusto»; solo medio visible a la luz sombría, y cercada por una reja, una fuente de agua clara y fresca que cae en un cuenco empotrado. Aunque apenas son suficientes unos cuantos minutos para ver la cueva, Archer Milton Huntington se concedió una hora para contagiarse de la energía que emana del lugar donde los cristianos aragoneses se reunieron para planificar la defensa del reino de Aragón ante los musulmanes e iniciar la Reconquista. La admiración por la cultura árabe permitió a Huntington reconocer y celebrar el legado islámico a diferencia de sus contemporáneos con quienes compartió, señala Patrick Lenaghan, la visión de la Edad Media española en el sentido de la Reconquista. 

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