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Guardando las distancias: La realidad que sí importa

Me invade la sensación desde hace un tiempo de que la cultura ya no interesa demasiado

Los grandes eventos no acusan la pérdida de público. MIGUEL ANGEL GRACIA

La Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales que publicó hace dos meses el Ministerio de Cultura en colaboración con el Instituto Nacional de Estadística dejaba datos sorprendentes para Aragón. Sorprendentes, pero aclaro, positivos. La comunidad, de repente, había pasado a encabezar la mayoría de las categorías de asistencia a los actos culturales por delante de las tradicionales comunidades líderes. El dato, sin dejar de ser positivo, escondía también su trampa. Y es que la causa de que esto sucediera es que en Aragón había caído menos que en el resto la movilización del público cultural pero no escondía que todavía se está muy lejos de alcanzar las cifras prepandemia.

Una sensación que se tiene en el sector desde hace tiempo, acostumbrado a los malos tiempos no es la primera vez que miran de reojo a Madrid y Barcelona (donde los números no engañan y la asistencia sobre todo al teatro se ha desplomado hasta límites inauditos) y piensas que nos quedemos como estamos por lo menos.

Acostumbrada a los malos tiempos económicos, la cultura ha mostrado mucha capacidad de resiliencia a lo largo de los tiempos y parece que le vuelve a tocar adaptarse y tratar de recuperar un ritmo que, visto lo visto, no sé si va a volver. Y no era de opulencia, pero al menos sí de salas que se llenaban de vez en cuando, teatros llenos... ya saben, no les desvelo nada.

En algún momento se ha instalado en la sociedad que la cultura no está entre las prioridades, algo que puedo entender si se pone en la balanza contra comer, tener una casa, pagar la luz, la calefacción... Lo que vienen siendo las necesidades básicas. El problema es que, una vez superada esa realidad manifiesta, tengo la sensación de que la cultura ya no interesa demasiado... Bueno, llegado a este punto, hay que poner un matiz muy grande, los grandes eventos, espectáculos y conciertos está claro que siguen importando. Un ejemplo claro lo hemos vivido en Zaragoza hace unos días. Las entradas para el primer concierto de Joaquín Sabina que será el 6 de octubre en el pabellón Príncipe Felipe se agotaron en tres horas... y costaban entre 55 y 110 euros (más los ya permanentes gastos de gestión).

Esas grandes citas tienen el éxito garantizado pero, como ya se ha venido denunciado durante mucho tiempo, el problema de la cultura es la supervivencia de la base, sin la que, no hay que olvidarlo, nunca se llegará a tener los grandes eventos y conciertos.

La semana pasada decía que tenía la sensación de que el Bono Cultural Joven había fracasado (asumiendo que lo era dado que solo un 60% de los que podían solicitarlo lo habían hecho) porque se había empezado la casa por el tejado. Y creo que todo está relacionado con el problema del público cultural, se necesita un ambicioso plan en el que se combine de una vez la educación y la cultura para generar esa necesidad de cultura. Y, ojo, no lo digo, que sería el razonamiento sencillo de muchos, para imponer que la gente deba gastarse el dinero en cultura, sino para que la sociedad crezca comprendiendo que es necesario confrontarse a uno mismo y al ser humano a través de manifestaciones culturales por un lado, y, por otro, para que entienda que el entretenimiento que te proporciona la actividad cultural repercute en todos los aspectos de la vida.

Mientras esto llega, que ojalá sea más pronto que tarde, solo estaremos asistiendo a parches y estadísticas que dejan a Aragón en cabeza de muchas clasificaciones pero con prácticamente la mitad de público cultural que hace tres años.

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