Entrevista
Máximo Huerta: "Vivimos momentos de mucho ‘like’ y poco gusto; hasta la admiración es momentánea"
"La felicidad está en la tranquilidad y si a eso contribuye tener algo material que ayuda, bienvenido sea; no lo asegura pero tal vez calma la tristeza"

Maximo Huerta, en una terraza de París. / JAVIER OCAÑA
María José Iglesias
"Las cosas del corazón se reducen a dos simples posibilidades: se ama o no». Con esta frase sintetiza Máximo Huerta (Utiel, Valencia, 1971), "París despertaba tarde», su nueva novela de la que hablará mañana a las 19.30 horas en el Club Prensa Asturiana de La Nueva España, del mismo grupo editorial, en un acto conducido por Chus Neira, periodista de este diario. Huerta, escritor y periodista, que tuvo un breve paso por el Gobierno de España como ministro de Cultura, ha publicado varias novelas y relatos, libros ilustrados y una colección de columnas periodísticas recogidas en "Intimidad improvisada". En 2023 cumplió uno de sus sueños de la infancia al inaugurar "La Librería de Doña Leo», que en poco tiempo se ha convertido en un maravilloso centro de convergencia literaria y cultural en Buñol, el pueblo valenciano en el que reside. El acto de esta tarde es de entrada libre hasta completar el aforo.
¿Qué cuenta en este libro?
Alice Humbert tiene el alma desgarrada. Erno Hessel, el amor de su vida, la ha dejado para irse a Nueva York. Estamos en París, en 1924, la ciudad se prepara para albergar los Juegos Olímpicos, fundados bajo el símbolo de la unión y la hermandad. Todo bulle: la culminación de la basílica del Sagrado Corazón, los movimientos artísticos, el anarquismo, su desconsuelo... Las calles estallan de júbilo y Alice se deja envolver poco a poco; trabaja como modista en su tienda mientras escribe cartas, cuida a sus hermanos y se apoya en la protección de sus amigas, especialmente en la vitalidad de la gran Kiki de Montparnasse, una mujer luminosa.
"París despertaba tarde" es el título de su novela, que refleja una forma de vida. Ahora da la impresión de que vivimos en una especie de letargo, ¿le parece?
Los años veinte han pasado a la historia por la creatividad. Fueron deslumbrantes, ingeniosos, insolentes. Hubo cambios en todos los aspectos y afectó a todas las esferas, desde la sexual a la artística, de la moda al comportamiento social. Ahora vivimos en una simulación de creatividad, mucha velocidad pero sin rumbo. Mucha noticia, pero sin información. Mucho "like" y poco gusto. Hasta la admiración es momentánea. Los años veinte del siglo pasado marcaron una huella eterna. Fue una revolución cultural llevada a cabo por hombres y mujeres visionarios. Las locuras de aquellos años eran las de un puñado de escritores, bailarines, artistas venidos de todo el mundo y que, dando la espalda a los buenos modales, se arrojaron a un mundo de color, fiesta y alegría.
Usted es francófono declarado, más bien parisino. ¿Queda algo de aquella ciudad que fue referencia en el mundo?
Queda el recuerdo. Queda la música, el baile, la fiesta, el encanto irresistible de esos años. Queda el espíritu dandy, el eco de Mistinguett, el ruido del can-can, el cine, el amor hacia la cultura. Y queda una ciudad que cuida sus referentes.
Sitúa la novela en los Juegos Olímpicos de 1924, justo cuando están a punto de comenzar otros, también en París, ¿su concepción de la historia es cíclica o lineal?
He querido enfrentarme a la historia desde un lugar similar. El centenario, el mismo evento, la cifra. Todo. Un espejo que desgraciadamente deforma para mal.
Si me lo permite, realmente estos años 20 poco tienen que ver con aquellos.
Nada. Aquellos años eran un ejército de novedades. Actitud libre, un refugio para extranjeros, un paraíso, nuevas siluetas, nuevas sonrisas. Bares donde se emborrachaban, trabajaban, se exhibían, ligaban. La locura. La excentricidad. Furor, diversión, libertad. Degenerados, apátridas, provocadores. Estrafalarios. Profesionales del escándalo, antisistema, antibelicistas.
¿Cómo serían en el mundo actual la modista Alice Humbert y Kiki de Montparnasse?
Puede que haya muchas Alice que viven con amargura un desengaño amoroso, que están al cargo de una tienda que arranca como puede, que tiene dos hermanos más jóvenes, que han perdido la esperanza. Estoy seguro. Pero Kikis hay pocas. Descarada y divertida, Kiki fue pura energía. Este personaje real, cantante, pintora y musa de múltiples artistas, encarnó la alegría a pesar de todo y frente a todo.
Representa la pasión por la vida...
Su forma de estar en el mundo es la de experimentarlo apasionadamente, de fiesta en fiesta, aunque sea consciente de todo lo que le rodea. Kiki no quiere sucumbir a sus decepciones.
¿Quién le habría gustado ser a usted en aquel París de entreguerras?
Un pintor con taller y silla en Le Dôme, sin duda.
Tiene una tienda preciosa en Buñol, de libros en este caso. ¿Las cosas materiales contribuyen a la felicidad?
La felicidad está en la tranquilidad. Y si a eso contribuye tener algo material que ayuda, bienvenido sea. No lo asegura, pero tal vez calma la tristeza. No tengo la receta. ¡Me gustaría!
¿Es posible expulsar a los fantasmas de la infancia, y a los de la vida adulta?
Tampoco tengo la receta. El tiempo es como el agua salada, cura. Lo decía Karen Blixen. La infancia dura mucho, hasta la vejez. La vida adulta es un horror porque empiezas a perder. Desde vista, amigos, agilidad… Los fantasmas siempre están. Mejor acostumbrarse a ellos.
Viene a Oviedo, ¿sabe que a esta ciudad la han llegado a comparar con París?
Oviedo es maravillosa. Ojalá pudiera tenerla más cerca. Me gusta su elegancia, su tono clásico, sus dulces.
Fue ministro de Cultura y dimitió. Le habrán dicho mil veces que la dignidad que demostró no es muy habitual.
–La vida recoloca poco a poco. A todos.
Dice usted: "Las cosas del corazón se reducen a dos simples posibilidades: se ama o no". ¿Se ahorrarían muchos quebraderos de cabeza si esto estuviese tan claro, no cree?
Los quebraderos pueden ser divertidos porque le dan sal a la vida. Una vida sosa no tiene interés.
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