OPINIÓN

Guardando las distancias: ¿Y si hablamos de valores y no de dinero?

Relacionamos la actividad cultural con el tiempo de ocio sin entender su riqueza social

El festival Trayectos en su edición de 2023.

El festival Trayectos en su edición de 2023. / ÁNGEL DE CASTRO

Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

Los festivales en Aragón han ido evolucionando a lo largo de los años. Muchos ya no están, otros han crecido hasta hacerse inconmensurables, otros acaban de nacer y ya tienen sello de macrofestival, y otros van aguantando el temporal como se puede. Aragón siempre ha mirado a la programación cultural veraniega para tratar de atraer más turismo y para que zonas que, de otra manera, sería difícil que tuvieran una gran atracción, se convirtieran en un lugar de veraneo (con todos los matices que le queramos añadir).

Llega otro verano y la realidad es que más allá de los grandes nombres como puedan ser el Vive Latino, Pirineos Sur, Monegros Desert Festival (ahora mismo, el más multitudinario de la comunidad en un solo día)... y alguno otro más, la apuesta en la geografía de la comunidad es por las citas de pequeño formato que hasta ahora se han demostrado como una buena manera de atraer gente, de manera moderada, eso sí, pero funciona. Tampoco es que se disponga de una gran infraestructura que pudiera hacer frente a realizar un festival ni siquiera de tamaño medio en determinados lugares.

Miremos más allá

Una vez más, el tiempo de ocio se relaciona directamente con la actividad cultural y, lejos de resultarme algo de lo que quejarme, sí me lleva a pensar que algo se está haciendo mal. Ya no sé si por parte del público, de los programadores, de las instituciones... o de todos. ¿Cómo es posible que miremos a la cultura como esas actividades que son capaces de ofrecernos diversión, que nos convierte en verdaderos seres humanos y que queremos tener cerca en nuestro tiempo libre y, sin embargo, nos olvidemos de ella a la hora de comprender su valor educativo intrínseco a cualquier manifestación cultural?

Lo que pueda parecer una reflexión banal no lo es porque este comportamiento como sociedad de cara a la cultura tiene muchas más consecuencias de la que a priori pueda parecer. La primera, es que no somos capaces de valorar la labor cultural, y no solo hablo económicamente, que también, sino como aspecto fundamental del ser humano y de su vida en sociedad. Poder decidir cuándo nos interesa la cultura y cuándo no, recurrir a ella para un regalo o para sobrellevar una pandemia (¿a que no son ejemplos banales?), no es más que la constatación de una realidad que no la coloca en un lugar primordial de la vida y que, por lo tanto, le confiere un aspecto casual. Y eso nunca acarrea nada bueno.

Otro debate perverso en el que la cultura está entrando y se está enredando con difícil resolución es el de la rentabilidad económica. Que determinadas actividades culturales sean industria y aporten económicamente en la producción no es una mala noticia en ningún caso, pero no debería ser un rasgo exigible a la cultura y ni tan siquiera debería ser un nivel que sirva como medidor de algo. Porque si se entra en ese juego perverso es cuando se empiezan a legitimar los recortes de un determinado sector que solo entiende la cultura si no supone ningún gasto económico. O lo que es lo mismo, no se fija ni se defiende la rentabilidad social de la misma. Y todo, curiosamente, en un momento en el que se abre paso la responsabilidad social en las empresas.

Ay, quién entienda este mundo (o es que quizá se entiende demasiado bien), que me lo explique porque yo me bajo en la siguiente estación: Utopía.