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OPINIÓN

Guardando las distancias: Sin voluntad ni dinero no hay Cultura

Hablar de derechos e industria no es hacerlo de realidades diferentes

Gala joven de la Escuela de Circo Social.

Gala joven de la Escuela de Circo Social. / JAIME GALINDO

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Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

ZARAGOZA

En los últimos años, al amparo también de diferentes debates y ensayos que se están produciendo en Europa, se ha desarrollado una especie de antítesis artificial que vienen a confrontar la apuesta por los derechos culturales por un lado y la de las industrias culturales por otro. Es un debate falaz, no debería existir y no son compartimentos estancos.

Siento ser tan categórico pero la única realidad es que si bien son, a priori, dos maneras de encarar una realidad cultural autoimpuesta por el propio sistema en el que vivimos, no dejan de ser compartimentos comunicados, nunca estancos, y es clarísimo que cuantos más derechos culturales se tengan más se van a beneficiar de ellos las industrias culturales.

Retroalimentación clara

El problema (uno de ellos, la cultura tiene una lista amplísima que abordar) no es tanto si una cosa va a retroalimentar a la otra sino que para que existan los derechos culturales, para que ese acceso a la cultura sea realmente para todos en igualdad de condiciones hace falta más que un planteamiento teórico. Dicho de otra forma, se necesita un plan económico detrás que debe empezar por una legislación que se fije en los derechos y músculo financiero para poder desarrollar ese plan de manera fiable y rápida.

A día de hoy, en Aragón, no tenemos ni Ley de derechos culturales (en la pasada legislatura hubo un intento de desarrollarla pero no se dio el paso definitivo y acabó decayendo) ni tampoco tenemos potencia económica de apoyo a la Cultura. Esa es la realidad que tenemos, que no quiere decir que no se pueda cambiar ni que tenga que ser así para siempre.

Lo que necesita la sociedad

Por eso, es necesaria la concienciación de que los problemas de derechos culturales son los de todos y atañen a una sociedad que necesita de su participación en la cultura (no solo de la contemplación) para poder crecer y comprender el mundo que le rodea. Cuando se reclama un acceso libre y universal a las creaciones no es un capricho ni porque alguien quiera sacar partido económico de este hecho. Desde luego, si alguien ha entrado en la cultura para hacerse rico, creo que se ha equivocado de camino, pero esa es otra cuestión.

La cultura existió, existe y existirá haya alguien viéndola o no. El hecho creativo no necesita de nadie más que de uno mismo, pero no es asumible que en el siglo XXI, en una sociedad que se dice solidaria e integradora, no apueste por que esas exhibiciones artísticas puedan enriquecer la vida de todos los habitantes. Luego cada uno podrá decidir cuál le gusta más o menos, dónde pone él sus límites, o incluso si él quiere participar de la experiencia cultural desde la creación o no, pero no es de recibo que se le niegue alguien esa oportunidad por el simple hecho de no haber nacido donde otros o de no haber gozado de las mismas oportunidades en los diferentes ámbitos de su vida.

Financiación... y querencia

Y para que todo esto sea realidad se necesitan dos premisas muy importantes. La primera, que las administraciones quieran solucionar esta brecha; y, la segunda, no menos importante, financiación. No hay más caminos. Y menos en una sociedad neocapitalista como la que habitamos.

Por cierto, no me puedo resistir a hacer un pequeño añadido a mi artículo del domingo pasado por las noticias de los últimos días. El Ayuntamiento de Zaragoza y el Gobierno de Aragón han aportado 72 millones de euros entre los dos para la nueva Romareda ya que el Real Zaragoza, a día de hoy, no tiene dinero suficiente. El presupuesto en Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza en 2024 es de 20 millones de euros aproximadamente; el de Cultura del Gobierno de Aragón es de alrededor de 30 millones. No, no me digan que no hay dinero, es política. Y la Cultura, a día de hoy, parece que no está en la ecuación. 

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