Crítica del concierto de Sílvia Pérez Cruz y Salvador Sobral: Plural como la península, sabroso como el jamón
La catalana y el portugués escucharon aplausos muy sentidos con su actuación del domingo en la sala Mozart

Sílvia Pérez Cruz y Salvador Sobral con sus músicos, el domingo, en el Auditorio de Zaragoza. / AUDITORIO DE ZARAGOZA

En el último bis del concierto del domingo, Sílvia y Salvador, frente a frente, abordaron un hermoso canto en el que los sonidos inarticulados sustituyen a las palabras, pero no a la emoción. Es la pieza 'Tempus fugit (Plor per Palestina)', escrita por Marco Mezquida, que unieron a ese himno identitario, compuesto por Labordeta, titulado 'Somos'. Pueden imaginar la respuesta del público, abundantísimo, que acudió al Auditorio para escuchar a esa pareja de jilgueros de la canción popular que han grabado juntos el disco 'Sílvia & Salvador'. Mas no crean que la sonora respuesta de los espectadores fue exclusivamente para celebrar ese final, no: durante todo el concierto se escucharon los aplausos más sentidos que uno haya escuchado en los últimos tiempos.

Sílvia Pérez Cruz, pletórica durante el concierto. / AUDITORIO DE ZARAGOZA
Sílvia Pérez Cruz y Salvador Sobral, catalana ella, portugués, él. Juntos y casi revueltos en un decorado íntimo, como de coqueto salón comedor, porque íntimo en casi toda su extensión es el álbum que presentaban, acompañados por tres excelentes instrumentistas: Darío Barroso (guitarra), Marta Roma (cello) y Sebastià Gris (guitarra, banjo y mandolina). Sílvia y Salvador, enrolados en un programa de canciones propias y ajenas, hermosas todas, en tres lenguas. Espléndidas como las voces de sus intérpretes, aunque muestren cierto ensimismamiento y manierismo.
Atmósfera que se rompe
Pero en ocasiones se rompe esa atmósfera, un poco onanista, con creaciones como 'El corazón por delante', firmada por el imprescindible Jorge Drexler, una animada mezcla de vals latino y ranchera. Y también para cambiar la dinámica, una celebrada composición instrumental de Darío Barroso, que llegó entre 'Someone To Sing Me To Sleep', y 'Todo amor', un elocuente blues ofrecido en solitario de Salvador. Y para compensar, Silvia también cantó sola y con brillantez 'Pequeño vals vienés', sin abusar de su canto melismático e interpretado con inusitada rasmia. Canciones como 'Este presente' y 'Mudando os ventos' prepararon el camino a 'Muerte chiquita', una especie de guajira en la que Sílvia introdujo guiños a Carlos Cano y, me pareció, a Maria del Mar Bonet, resuelta radiantemente.
Habíamos llegado así al final oficial, tras un prolijo y algo excesivo discurso de presentación de músicos e intenciones. Pero no, faltaban los bises, claro. Entre los dos primeros, antes del mencionado 'Tempus fugit', destacó una singular y vibrante recreación de la ranchera 'Mañana'. Todo había comenzado, también frente a frente, con 'Procuro olvidarte', la pieza que interpretaron Sílvia y Salvador en los Premios Goya. Y mientras un agotado Real Zaragoza salvaba los muebles y los asistentes a la Romareda se llevaban del estadio fósiles de glorias pasadas, en el Auditorio, ese que la alcaldesa se ha empeñado en bautizarlo con el nombre de una princesa en lugar de con el apellido de una artista, Sílvia Pérez Cruz y Salvador Sobral celebraban un envolvente ritual ibérico, plural como la península y sabroso como el jamón.
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