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La crítica de Javier Losilla: Cuando desmontamos a Bach y bailamos kuduro

El combo portugués Sete Lágrimas actuó este jueves en la Ciudadela de Jaca dentro del Festival Internacional En el Camino de Santiago

El combo portugués Sete Lágrimas, este pasado jueves en la Ciudadela de Jaca.

El combo portugués Sete Lágrimas, este pasado jueves en la Ciudadela de Jaca. / FESTIVAL INTERNACIONAL EN EL CAMINO DE SANTIAGO

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Javier Losilla

Javier Losilla

Jaca

Para Anton Weber, compositor de la llamada Segunda Escuela de Viena, «todo ocurre en Bach». Y Michael Maul, musicólogo y director del Festival Bach de Leipsig, afirma: «No sé de ninguna música más intemporal e ilimitada que la de Bach». Uno y otro nos dan las claves para entender el espectáculo L3 Leipsig Lisboa Luanda (a partir de Bach), del combo portugués Sete Lágrimas, que se presentó el jueves en la Ciudadela de Jaca, dentro del Festival Internacional En el Camino de Santiago.

Especialista en conectar músicas antiguas y contemporáneas, Sete Lágrimas, formación creada en 1999 por Felipe Faria (voz, percusión y melódica) y Sérgio Peixoto (voz), oferta en su invención más reciente un viaje que enlaza Leipzig, la ciudad en la que Bach fue nombrado Thomaskantor y compositor de la corte de Augusto III de Polonia, en la que vivió 27 años y donde falleció; Lisboa, lugar donde se fundó el grupo lusitano, y Luanda, capital de la excolonia portuguesa Angola, marcada por la diáspora y que ha producido una de las danzas urbanas más poulares: el kuduro. Para ese viaje, Felipe Faria y Sérgio Peixoto estuvieron acompañados el jueves por Joao Hasselberg (contrabajo) José Caravalho (traverso, oboe barroco y otros instrumentos de viento) y Márcio Moikano (baile).

La base musical del programa incluyó un coro de La Passión según San Juan, varios corales procedentes de cantatas, como el cierre de Bisher habt ihr nichts in meinen Namen; la singular aria (uno de los platos fuertes de la velada) Erbarme dich, mein Gott, de La Pasión según San Mateo; la pieza contrapuntística Musikalische Opfer; otro coral de La Pasión según San Juan, y el Preludio en Do Mayor, de El clave bien temperado. Y no me resisto a resaltar el final del concierto, con una espectacular reinterpretación de Es bleibt dabel, das unser Herr der beste sei (Con todo, hay que dejar establecido que nuestro señor es el mejor), un recitado de la Cantata 212 o Campesina, del genio de Eisenach.

Bien, pues sobre esas gozosas composiciones Sete Lágrimas desmonta a Bach (lo deconstruye, como dirían los estructuralistas) con sutil brillantez para volver a montarlo con voces hermosas, puntillosa instrumentación (el contrabajo transita por los caminos de la música contemporánea, los vientos marcan el sendero y las percusiones aportan la pulsación de las raíces) y danza, una mezcla entre representación teatral, baile de salón palaciego y vigoroso kuduro.

Pero hay más: entre músicas, bailes y cantos surge el Siglo de Oro ibérico, especialmente el parnaso portugués, con textos de los poetas barrocos Francisco de Paula de Portugal e Castro, André de Barros y Manuel Maria Barbosa du Bocage. Quedan así unidas tres ciudades, tres culturas. Tres mundos y diferentes disciplinas artísticas. Un triángulo fundacional dibujado con talento y armonía por unos constructores de sueños. Bach escribió su música soli Deo gloria (solo a Dios la gloria), pero la inmensidad de sus composiciones permiten que varios siglos después sean interpretadas ad maiorem hominum gaudium (para mayor gozo de los hombres). Sin duda, Sete Lágrimas contribuye a eso en buena medida.

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