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Guardando las distancias: Títeres para reivindicar la España vaciada

Abizanda es un ejemplo del valor de la cultura por encima de su rentabilidad

La era de la Casa de los Títeres de Abizanda.

La era de la Casa de los Títeres de Abizanda. / CASA DE LOS TÍTERES

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Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

ZARAGOZA

Hay proyectos que trascienden el ámbito del arte para convertirse en símbolos de resistencia. La Casa de los Títeres de Abizanda es uno de ellos. Levantada hace veinte años sobre las ruinas de tres casas en desuso, fruto de la tenacidad de los Titiriteros de Binéfar, este espacio ha demostrado que la cultura no solo entretiene: también habita, restaura y devuelve vida a lo que parecía condenado al silencio.

Abizanda, un pequeño municipio del Sobrarbe con apenas unas decenas de habitantes, encarnaba la imagen misma de la España vaciada: patrimonio en ruinas, futuro incierto, despoblación constante. En ese escenario, la llegada de un teatro, un museo de títeres y una era para las representaciones al aire libre parecía, más que un plan de gestión cultural, un acto de fe. Y lo fue. Una fe en que la tradición popular, la creatividad y la convivencia podían rehacer el tejido social de un lugar herido por el abandono.

Dos décadas después, la Casa de los Títeres puede mostrar cifras rotundas: más de 80.000 espectadores, cerca de 1.400 funciones, miles de niños y familias que han descubierto la magia de los muñecos y la palabra. Pero lo más importante no son los números: es haber convertido un rincón olvidado en epicentro cultural, en referente de dinamización territorial y en ejemplo de cómo el arte puede dar respuestas donde la política y la economía fracasan. Y de eso saben mucho Titiriteros de Binéfar.

Declaración de principios

El relanzamiento de la casa no se circunscribe solo a una serie de campañas con programaciones variadas. Es una declaración de principios. Cada nueva temporada, cada festival compartido, cada Fiesta del Recuerdo que pone en valor la memoria colectiva, reafirman que aquí no se trata de resistir por nostalgia, sino de avanzar con creatividad. Las últimas propuestas tanto de exhibición como de creación lo confirman: los títeres no son un arte menor, sino un espejo crítico de nuestra sociedad. Y ahí no hay muchas compañías que puedan competir (si es que en el arte deberíamos poder utilizar este verbo) con la creada por Paco Paricio y Pilar Amorós.

Por eso, es legítimo preguntarse qué pasaría si en cada pueblo abandonado hubiera una Casa de los Títeres, un laboratorio artístico, un proyecto comunitario. Seguramente cambiaría nuestra mirada sobre la llamada España vaciada. Porque lo que aquí se ha demostrado es que la cultura no es un lujo ni un gasto superfluo: es inversión en cohesión, identidad y futuro.

Motivo de celebración

La Casa de los Títeres de Abizanda merece celebrarse, pero también replicarse en otras partes cada una con su sello personal, por supuesto. Su éxito nos recuerda que la despoblación no se combate solo con carreteras o internet de alta velocidad, sino con experiencias que devuelvan sentido y orgullo al territorio. Allí donde hubo abandono, los títeres levantaron comunidad. Nos toca a todos estar a la altura de lo que aporta el proyecto.

Porque cuidar la Casa de los Títeres significa entender que iniciativas así no son intercambiables ni se improvisan de la nada. Son fruto de décadas de trabajo, de una comunidad tejida a fuego lento, de un compromiso que ha transformado un pueblo y ha inspirado a generaciones. Perderla sería volver al abandono, dejar que la intemperie cultural se impusiera otra vez. Por eso, más allá de disfrutar de sus funciones, tenemos la responsabilidad colectiva de protegerla, valorarla y asegurar que siga siendo un faro en el Sobrarbe durante las próximas décadas.

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