Guardando las distancias: La cantidad no puede ser la única medida cultural
En la política cultural se cuentan actos, no emociones, dominados por los números

La multitud ‘cultural’ no debe ser medidor de (casi) nada. / EL PERIÓDICO

En los informes culturales todo se cuenta. Se cuentan los festivales celebrados, las actividades programadas, los visitantes que pasaron por un museo, los espectadores de una función, los 'clics' de una web. Se cuentan los actos, los talleres, los proyectos. Todo suma. Pero detrás de esas cifras tan redondas y 'tranquilizadoras' para justificar algunas cosas, a veces se esconde una pregunta incómoda: ¿qué queda cuando se apagan las luces, cuando el público se va y ya no hay que presentar memoria?
La cultura ha terminado atrapada en su propio sistema de indicadores. Como si valiera más llenar una agenda que dejar huella. Como si el objetivo fuera demostrar que «se hace mucho», no que se hace bien, y, sobre todo, que se llena mucho. El resultado es un paisaje donde la actividad es constante pero la conversación escasa, donde los actos se suceden como en una cinta transportadora. Una ciudad o una institución que programa sin pausa puede parecer viva, pero no necesariamente lo está.
No hay debate
Nadie se para a debatir sobre la creación cultural o sobre los derechos culturales que todos dicen preservar. La cantidad se ha convertido en la coartada perfecta: justifica presupuestos, titulares, balances de gestión. Es medible, comparable, presentable. Lo que no se mide, en cambio —la emoción, la conexión, la reflexión que despierta una obra o un encuentro—, se considera irrelevante. Y así, poco a poco, la cultura corre el riesgo de parecer un trámite más dentro del calendario administrativo.
No se trata de despreciar la programación sino de preguntarse qué sentido tiene. Si un festival deja al público indiferente, si una exposición no dialoga con su entorno, si un ciclo de conciertos no provoca más que selfis, entonces el número de asistentes importa poco. El impacto cultural no se mide en entradas vendidas, sino en preguntas abiertas.
En Aragón, como en tantos lugares, también existe ese falso debate que muchos creíamos ya superado sobre la asistencia del público y su traducción en si un acto ha sido bueno o no, en si ha hecho ciudad o no. Suele pasar que hay más comunicación que pensamiento. La lógica de la gestión cultural —tan preocupada por la visibilidad y los resultados— ha dejado poco espacio para el silencio, la duda, el error, la experiencia que no se puede fotografiar.
Reivindiquemos la lentitud
Quizá habría que reivindicar la lentitud cultural. La posibilidad de escuchar, de acompañar procesos, de apostar por proyectos que no garanticen retorno inmediato. Frente al ruido de la cantidad, la profundidad del gesto pequeño: un taller que cambia la mirada de un grupo de adolescentes, un libro que circula de mano en mano, una función que hace pensar a veinte personas. No serán cifras espectaculares, pero sí son cultura en el sentido más hondo.
El problema es que ese tipo de logros no luce en las estadísticas. No se puede poner en un 'power point' ni justificar en una memoria. Requiere confianza: en los creadores, en los públicos, en la idea de que la cultura no es un espectáculo de resultados, sino un espacio de encuentro. Esa confianza es la que más falta hace.
¿Y la comunidad?
La cantidad no construye comunidad. Lo que sostiene una vida cultural no son los números, sino las huellas: las conversaciones que continúan después, las lecturas que cambian una percepción, las experiencias que abren preguntas nuevas. Por eso, tal vez el mayor desafío hoy es hacer con sentido.
Porque si la cultura se mide solo por su volumen, acabará sonando hueca. Y si se mide solo por sus cifras, olvidará que su verdadera misión no es llenar calendarios, sino mover conciencias. Al final, lo que cuenta no es cuánto se hace, sino cuánto nos transforma lo que hacemos.
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