Crítica de Javier Losilla: Auserón vibra en el laberinto del rebétiko
El aragonés actuó el sábado en el Monasterio de Rueda donde presentó 'Nerantzi'

Santiago Auserón con sus dos músicos y Anni B. Sweet en un momento del concierto. / J. L.

“El rebétiko es la iluminación de las cosas escondidas”, escribe el cantor itliano Viniio Capossela en 'Tefteri. El libro de las cuentas pendientes'. Quédense con esa frase porque ahora tengo que hablarles del Teseo del siglo XXI, que ha entrado en el laberinto enrevesado el rebétiko y ha salido de él airoso y más sabio sin necesidad de tirar del hilo de Ariadna: Santiago Auserón.
En 2022, Auserón publicó en la editorial Anagrama 'Arte Sonora. En las fuentes del pensamiento heleno', un texto largo, revelador y sustancioso, armado a partir de su tesis doctoral, en la que mostró su investigación sobre la música griega antigua y el origen de la filosofía. Un tiempo después, ahora mismo, Santiago vuelve a la música y al alma griegas a través de las canciones populares griegas: el rebétiko, esa música tabernaria y de pérdida, nacida del trasvase de población entre Grecia y Turquía (personas que vivían bien en Esmirna aparecieron como pobres en los suburbios de Atenas) a raíz de la Guerra greco-turca (1919-1922); y otras músicas de claro sabor mediterráneo, debidas al talento de compositores como Mikis Theodorakis. Auserón conoció en Atenas a dos músicos callejeros excepcionales (Theodoros Karellas (guitarra y voz) y Vaggelis Tzeretas. Con ellos, con colaboraciones de otros músicos griegos y la participación de Anni B. Sweet, registró 'Nerantzi' (Naranjo amargo), recientemente publicado.
Un trabajo notable
'Nerantzi', grabado casi sin reposo y en muy poco tiempo, recoge piezas escritas por Karellas y Tzeretas, algunas creaciones de grandes nombres del rebétiko, y la pieza que da título al álbum, escrita por Santiago, quien canta en español todas las canciones, tras la adaptación de los textos originales en griego. 'Nerantzi' es un trabajo notable, pero que, por lo ya comentado, adolece de cierta rigidez, sobre todo por el encaje del castellano en los patrones musicales griegos. Así que, tras su escucha, cuando el sábado acudí al Monasterio de Rueda al concierto de presentación no las tenía todas conmigo. Pero el talento, amigos, hace milagros, se desarrolle o no en un monasterio cisterciense desamortizado por Mendizábal.
El talento, decía. Y el trabajo. Ambos han logrado, a partir del disco y más allá, configurar un espectáculo que irá creciendo según vaya pisando escenarios, pero que ahora mismo es un gozoso muestrario del abrazo de sonoridades diversas, del intercambio cultural y de la audacia y el riesgo de un músico que ha revolucionado (revolucionado, sí), desde los años 80, la música popular de las españas. Las piezas del disco y otras no presentes en él conformaron un programa en el que la voz de Auserón brilló sin ambages, las músicas de Karellas (su sostén sonoro de acordes cerrados con la guitarra es de una solidez apabullante) y Tzeretas (un mago del bouzuki) llegaron instrumentalmente radiantes, emotivas y hechizantes, y Anni B. Sweet puso su delicado contrapunto en la parte final del concierto.
El repertorio
La apertura con 'El desdén' dio paso a 'Marea de alcohol', en la creí escuchar pespuntes de bolero. 'Fedra', de Theodorakis, resumió la tragedia en la que se inspira. 'Batalla por la vida', recordó inexorablemente a Leonard Cohen, mientras 'El color del alma' abundó en los efluvios orientales. 'El domingo nublado', una composición de Vasílis Tsitsánis, el Bach del rebétiko, nos meció con la voz poderosa de Karelas, de las misma forma que 'Tus pestañas centellean' nos acercó al timbre de Tzeretas. 'El Barquero', de Apostolos Hatzichristos, lo pintó Auserón con todos los colores de su voz y lo navegó con sinuosa dinámica. Tras 'La espera, Irenita', de Panagiotis Toundas, modelo (la canción) de los textos más realistas del rebétiko, despidió cierto aroma flamenco. En 'Marilia', de cadencias españolas, entró en juego la voz de Anni B. Sweet, y lo ibérico también se apreció en 'Alborada en tono menor', una muy conocida canción en Grecia.
'Si recordaras mi sueño', comenzada en griego por todos los músicos y rematada en castellano por Santiago y Anni, fue una preciosa traslación de la letra que Theodorakis escribió, obligado por el éxito de su pieza instrumental para película Honey Moon, y que hace muchos años sonó en España como Luna de miel, cantada por Gloria Lasso. Ahí tenía que terminar la cosa, pero… ¿Quién se escapa sin un bis? Fueron tres: 'Naranjo amargo', 'Los niños del Pireo', cantada en griego por todo el combo, pieza escrita por Mános Hatzidákis para la película 'Nunca en domingo', de Jules Dassin, y… 'Zorba el griego', una propina festiva para cerrar una actuación singular que reveló el pálpito de quienes entienden la música como un misterio que te atrapa mientras se desvela.
Y unas notas finales: aplauso especial para el técnico Álvaro Blanco, que puso orden en un espacio complicadísimo de sonorizar, y tirón de orejas para Pedro Olloqui (el concierto lo organizaba el Gobierno de Aragón), director general de Cultura, quien llamo piedras viejas (en lugar de piedras con memoria, por ejemplo) a los materiales de las construcciones patrimoniales, y volvió al mantra ya usado para Goya: o sea, que Santiago Auserón es lo que es por ser aragonés. La leche.
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