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Guardando las distancias: La cultura no muere, la matamos

A menudo, olvidamos hablar de lo que realmente construye nuestra identidad

La cultura se merece un lugar central en las conversaciones.

La cultura se merece un lugar central en las conversaciones. / EL PERIÓDICO

Daniel Monserrat

Daniel Monserrat

ZARAGOZA

A veces da la sensación de que la cultura solo aparece en las conversaciones cuando hay algún terremoto (desgraciadamente, casi siempre con consecuencias calculadas): cuando cierran un espacio, cuando estalla una polémica absurda o cuando alguien dice aquello de «en Zaragoza nunca pasa nada». Y claro, si solo hablamos de cultura cuando toca quejarse o cuando hay lío, al final parece que es un asunto menor, casi un capricho que se puede incluso utilizar como munición por los de siempre. Pero no es verdad. Lo que pasa es que, en los grandes círculos, hemos dejado de hablar de cultura como parte natural de la vida, y así, como todo lo que viene ajeno a nuestro cuerpo, parece que no pinta nada. En un futuro, se estudiará si esto es algo orquestado o algo natural, pero ese debate excede ya estas líneas.

La cultura es la manera en la que una comunidad se cuenta a sí misma. Está en un libro, en una obra de teatro o en una exposición, sí, pero también en cómo pensamos, qué referentes compartimos o cómo recordamos nuestra historia. Es lo que conecta el eco del Foro romano con un concierto en una sala de música de las muchas y buenas que tenemos en Aragon o con una presentación de libro en una librería (¡qué decir de las librerías aragonesas, referentes en España!). La cultura es esa conversación larga que un territorio mantiene consigo mismo. Y si dejamos de hablar de ella, dejamos de hablar de quiénes somos.

La conversación pública, esa carencia

El problema es que la conversación pública se ha ido estrechando. Entre la prisa, la rápida consulta y la sensación de que todo se tiene que reducir a un titular, la cultura queda apartada como si fuera un adorno simpático. Y no lo es. Cuando no hablamos de ella, dejamos sin aire a los espacios que sostienen la vida creativa: desde un pequeño teatro hasta un espacio de arte que lucha por renovar sus programaciones o un promotor musical que tiene que estrujarse cada vez más el cerebro porque hay que comer todos los meses.

Hablar de cultura también sirve para recordar que detrás de cada proyecto hay gente que se deja la piel: actrices que llenan salascomo, por ejemplo, el Teatro del Mercado, músicos que levantan conciertos sin saber si cubrirán gastos (la mayoría no lo hacen), libreros que resisten en tiempos de pantallas infinitas, artistas que se empeñan en que una ciudad tenga algo más que centros comerciales. Cuando hablamos de cultura estamos diciendo que ese esfuerzo importa, que no nos da igual que existan iniciativas que se mantienen simplemente porque hay personas que creen que una ciudad con cultura es una ciudad mejor.

Construir comunidad

Hablar de cultura es una manera de hacer comunidad. Cuando alguien te recomienda una obra que le ha removido algo, o cuando sales de una exposición y te quedas pensando en ella durante días, lo natural es contarlo. Compartirlo. No hace falta ponerse solemne: basta con decir «oye, esto merece la pena». Ese gesto, tan pequeño, es el que mantiene viva la cultura. No los informes ni las campañas institucionales: las conversaciones reales entre personas.

Por eso es importante volver a colocar la cultura en el centro, aunque sea poco a poco. Que no quede relegada . Que forme parte de lo que comentamos en el trabajo, en casa, en el tranvía o en una terraza. Que no dé vergüenza decir que algo nos ha emocionado. Porque eso, al final, es lo que nos hace humanos.

Hablar de cultura no es un lujo. Es una necesidad para entender dónde vivimos y para imaginar hacia dónde queremos ir. Y la imaginación, aunque no aparezca en los presupuestos, también sostiene una sociedad. Si dejamos de imaginar, dejamos de construir futuro. Por eso hay que seguir hablando de cultura: porque, si no lo hacemos, otros decidirán por nosotros qué vale la pena y qué no. Y ese silencio, ese sí, sería imperdonable.

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